19 de agosto, 2026 - 07h30
El monstruito de cartón y papel maché explotó en mil pedazos. De sus entrañas salieron expulsados chocolates, caramelos y juguetes. Por allí debían de estar volando los chupetes en forma de piecito, con polvo de magia agridulce, y las barras que llevaban el nombre de galaxia.
En un momento de distracción, su mirada se fijó en la niña que llevaba los ojos vendados y el palo de escoba en la mano.
Cuando volvió a mirar lo que estaba pasando, entendió que ya había perdido. El resto de los niños estaba en el suelo: puñetes, patadas y bolsillos llenos de las mejores golosinas. A él solo le quedó una menta glacial y un pito de plástico.
No fue la última vez que vio un espectáculo parecido. De hecho, le pareció que el patrón se repetía en prácticamente toda interacción social. Frente a los cajeros del supermercado, el coche vacío gana un espacio mientras el cómplice se interna a traer los productos para llenarlo.
En la misa, la abuelita, el agente de avanzada, lleva cinco carteras para ubicarlas una al lado de la otra en la banca y señalar que los puestos ya están tomados.
En la fila para entrar al avión, sus compatriotas se aglomeran en la puerta, todos con algún tipo de incapacidad inventada que les dé prioridad en el embarque y les permita reventar los compartimientos propios y ajenos con sus maletas.
En la pandemia, encontrar la forma de conseguir las pocas vacunas que llegan al país antes que el resto. Por todas partes y como principio de vida: puñete, patada, agarra rápido porque si no se te lo llevan, porque no hay tiempo para seguir reglas ni considerar al prójimo. Este mundo es de los sabidos.
Por eso, para él no fue una sorpresa muchos años después, en la sala de audiencia sin aire acondicionado, del edificio con las escaleras que van a ningún lado, mientras a su abogado se le derramaban las gotas de sudor sobre el código que estaba leyendo, ver que el semianalfabeto bañado en gomina al que le habían conferido la misión de administrar justicia en nombre del pueblo soberano y por autoridad de la Constitución y las leyes de la República le sonreía disimuladamente a su contraparte. Porque entonces entendió que, como había pasado años antes con el monstruito de cartón y papel maché, él ya había perdido. Hacía rato que, en la mesa del lobby de algún hotel, entre un sobre manila y un “Mire, doctor”, el destino de su juicio ya se había decidido.
¿Cómo se juega a la piñata en Alemania o en Suiza?
A menos que se trate de latinos, nadie juega a la piñata en esos países. Y si lo tuvieran que hacer, los niños se pondrían en una fila y agarrarían la misma cantidad de caramelos cada uno.
¿Qué tal si esta desconsideración diaria, si estas prácticas salvajes, si esta desesperación por tener dinero antes que el resto, si estos niveles obscenos de corrupción en la contratación pública y en la administración de justicia pueden encontrar su raíz en esta cultura de la piñata? Agarra porque se acaba, agarra porque alguien más se te lo lleva, y hazlo rápido y sin mirar las reglas, y pisa al resto: patada y puñete. (O)