Este fin de semana vimos nuevamente a Francia volver a su ethos, la revolución. Movimientos sociales de izquierda, combinados con la clásica violencia, que culminó con patrimoniales edificios ardiendo y más de 1.500 tiendas saqueadas por hordas de encapuchados. El origen del descontento ya no tiene importancia, ya que el fin, como siempre, era otro. Nuevas generaciones, el mismo guion que los mueve desde 1789. Se trata del germen socialista que valida la violencia como una forma de hacer política. Siempre las elites refundacionales han usado las frustraciones de diversas generaciones como pasto seco para incendiar la pradera y cosechar ellas en el río revuelto. Hoy son los estudiantes secundarios, en mayo del 1968, fueron los universitarios. Antes, los abogados, el objetivo siempre el mismo, reemplazar en el poder a una elite por otra, en nombre del pueblo, que rápidamente es olvidado y siempre queda peor.
Francia ha sido siempre revolucionaria. Fueron los jacobinos los maestros de todos los marxistas posteriores. Ellos dividieron a la sociedad en “pueblo”, los que pensaban como ellos y “no pueblo” quienes no pensaban como ellos. Limitaron el ser personal a quienes pensaban como ellos y a quienes disentían, los calificaron de enemigos y literalmente, los eliminaron. No fue un movimiento maravilloso como el relato que se ha querido construir. Se calcula que en todo el proceso revolucionario desde 1789 a 1802 habrían muerto 1.400.000 personas. En la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 murieron 98 personas. En las matanzas de septiembre de 1792 cerca de 1.500 personas fueron asesinadas en cinco días de turbas sólo en la ciudad de París. Durante el reinado de El Terror (1793-94) hubo entre 15 a 17 mil ejecuciones en la guillotina, según los registros oficiales. A esto se le suman unas 10 mil personas que murieron en prisión o sin juicio, unas 20 mil personas con ejecuciones sumarias (ahogamientos y fusilamientos). Esto da un estimado de entre 35 a 40 mil muertes en este periodo maldito, sin duda terrorífico.
Durante la Guerra de la Vendée (1793-96) que fue, sin duda, una masacre habrían muerto entre 170 a 200 mil civiles en la represión y revuelta de la región. A esto hay que sumarle las Guerras Revolucionarias Francesas (1792 a 1815) donde más de 700 mil soldados franceses perdieron la vida en el campo de batalla. La locura igualitaria repartió miseria y fue una negación de la fraternidad y de la libertad.
Tras la derrota de Napoleón se intentó volver a la restauración borbónica, pero en 1830 Francia volvió a estallar en revolución en lo que se conoció como la Revolución de Julio o “las tres Gloriosas”, donde se desataron 3 días de combates callejeros en París en respuesta a la supresión de las libertades civiles y la disolución del Parlamento por parte de Carlos X. El rey fue derrocado y exiliado. Se nombró a Luis Felipe I como rey de la “Monarquía de Julio”, una monarquía constitucional de corte liberal. Estos eventos cobraron entre 700 a 1000 muertos.
La estabilidad duró sólo 18 años, ya que en febrero de 1848 París volvía a la Revolución. El supuesto descontento por la corrupción, la crisis económica y las restricciones del voto levantaron una vez más a la capital de Francia en barricadas y forzaron a Luis Felipe de Orleans, el Rey burgués a abdicar. Esto implicó el fin de la monarquía y la proclamación de la Segunda República. Esta acción francesa fue lo que gatilló de la llamada “primavera de los pueblos”, protestas en todas partes de Europa. Era el año del Manifiesto Comunista y la radicalización, los vientos socialistas soplaban con fuerza incendiaria. Este movimiento de 1848 en febrero cobró 370 muertos en Paris, pero las jornadas de junio de ese mismo año terminaron con más de 3000.
Estos movimientos permitieron que Luis Napoleón Bonaparte fuese electo presidente, quien al poco andar logró establecer el Segundo Imperio Frances. Entendiendo la naturaleza tendiente a barricadas, su gobierno llevó a cabo la remodelación completa de la ciudad creando las anchas avenidas que permitiesen la entrada de artillería para disolver a los insurrectos. El siglo XIX terminaría con la llamada “Comuna de Paris”, un gobierno “obrero socialista”, comunista que sólo estuvo en el poder por dos meses. El movimiento fue aplastado en la llamada “Semana Sangrienta”, donde murieron entre 10 a 30 mil personas.
El siglo XX estuvo marcado por huelgas masivas del Frente Popular en 1936, donde integraban los comunistas por orden de la Internacional comunista. Esto no llegó a revolución a causa de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana. Las revueltas del 1958 terminaron con la Cuarta República y tras la nueva constitución nacería la Quinta República, que duraría hasta mayo de 1968.
La escuela critica de Frankfurt, marxismo reinventado, será la fuerza que envenenará las mentes de los estudiantes y marcará la politización de las universidades. El movimiento partirá en las aulas reclamando contra el autoritarismo académico y el conservadurismo social a lo que clásicamente se sumarán los sindicatos provocando la huelga general de más de 10 millones de trabajadores. Obviamente hubo barricadas en el barrio latino, enfrentamientos violentos y fábricas tomadas. De manual. Los comunistas negociaron y hubo cambios culturales y sociales. Herbert Marcuse fue la figura central de la revolución, su libro El Hombre Unidimensional de 1964 se convirtió en la Biblia de la Nueva Izquierda. Para él la clase obrera había sido domesticada por el bienestar y el capitalismo. Por eso, para él, la esperanza del cambio social estaba en grupos marginales, los estudiantes, las minorías raciales y los intelectuales precarios.
Junto con esto apareció el feminismo radical y se dibujó la nueva “lucha de clases” entre los nuevos “opresores y oprimidos”. Tras esto Rudi Dutschke habló de “ la larga marcha a través de las instituciones”, ya no se podía derribar al sistema sólo mediante barricadas, sino que había que entrar en el sistema formal, convertirse en profesores, jueces, periodistas y políticos del futuro. Era el modo de transformar, refundar la moral social, la estructura familiar, la educación y la cultura desde dentro, moldeando las democracias contemporáneas de occidente.
Eso es lo que vemos ahora, sólo que ahora movilizaron a los estudiantes secundarios que envenenados en sus mentes desde el aula e, incapaces de ver la realidad como algo objetivo, se convierten en la punta de una lanza, que otra vez ellos no manejan.
Los hechos de Francia fueron un claro Deja Vu para los chilenos. El guion y el modus operandi es el mismo ocupado en 2019 aquí en Chile. Los actores, los mismos, la ultraizquierda refundacional que no le importa destruir la propiedad pública y privada, ya que nunca han producido nada y no conocen el valor de las cosas. Que usan los descontentos de muchos y a los estudiantes para lograr el mismo objetivo hacerse del poder y no mejorar las vidas del “pueblo”, sino de ellos. Triste es ver que no se aprenda del pasado, que no sean capaces de entender que todo es un guión y que nunca ha llevado a la felicidad del pueblo, sino sólo de unos pocos que logran desde la violencia lo que jamás habrían logrado por las urnas. Totalmente antidemocrático.
Por Magdalena Merbilháa, historiadora y periodista.
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