
A primera vista, Guam parecía apenas un pequeño punto perdido en la inmensidad del océano Pacífico. Sin embargo, en el verano de 1944 aquella isla tropical se había convertido en una de las piezas más codiciadas del tablero militar. Quien la controlara tendría una plataforma ideal para acercarse al archipiélago japonés y golpear directamente el corazón del Imperio.
Por eso, cuando amaneció el 21 de julio de 1944, miles de infantes de marina y soldados estadounidenses comenzaron a descender de lanchas de desembarco frente a las costas occidentales de Guam. Antes de que el primer hombre pisara la arena, acorazados, cruceros y destructores habían bombardeado durante días las posiciones japonesas, mientras equipos especiales abrían brechas entre los arrecifes de coral que protegían naturalmente la isla. Aun así, nadie esperaba una operación sencilla.
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Lo que estaba por comenzar era una de las batallas más importantes de la campaña del Pacífico. Y también una de las más sangrientas.

Guam era la mayor de las Islas Marianas. Estados Unidos la había incorporado a su territorio en 1898, tras derrotar a España en la Guerra Hispano-Estadounidense. Durante décadas funcionó como estación naval y punto de apoyo para la presencia norteamericana en el Pacífico occidental. Todo eso cambió pocos días después del ataque japonés contra Pearl Harbor.
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El 10 de diciembre de 1941 -11 de diciembre según el huso horario local de Guam- fuerzas del Imperio japonés desembarcaron en la isla. La pequeña guarnición estadounidense apenas pudo resistir unas horas antes de capitular. Comenzaba una ocupación que se extendería durante casi treinta y un meses.
Para los habitantes chamorros, pueblo originario de Guam, aquellos años estuvieron marcados por una dura administración militar. Las autoridades japonesas impusieron su idioma, modificaron las estructuras administrativas y sometieron a la población a trabajos forzados, restricciones y castigos que se hicieron más severos a medida que la guerra empezaba a volverse desfavorable para Tokio.
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Mientras tanto, el conflicto cambiaba de rumbo. Después de las victorias estadounidenses en Midway, Guadalcanal y las Islas Salomón, el almirante Chester Nimitz –comandante estadounidense, máximo artífice de la victoria naval de los Aliados contra Japón en el Frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial- impulsó una estrategia que pasaría a la historia como “island hopping”, el “salto de islas”. El plan consistía en evitar algunos bastiones japoneses demasiado costosos de conquistar y concentrar los esfuerzos sobre aquellas islas cuya captura permitiera instalar puertos, aeródromos y bases logísticas cada vez más cerca del territorio japonés.
Dentro de esa estrategia, las Marianas adquirían un valor extraordinario. No solo por su ubicación. También porque desde allí podían operar los nuevos bombarderos B-29 Superfortress, capaces de realizar vuelos de ida y vuelta hasta las principales ciudades japonesas. Hasta entonces, semejante objetivo resultaba prácticamente imposible.
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Originalmente, el desembarco en Guam estaba previsto para junio de 1944, pocos días después del inicio de la invasión de Saipán –la isla más grande de las Islas Marianas del Norte-. Pero los acontecimientos obligaron a modificar los planes. La resistencia japonesa allí fue mucho mayor de la prevista y, al mismo tiempo, la poderosa flota imperial intentó responder con una gran ofensiva naval que desembocaría en la Batalla del Mar de Filipinas. Hasta asegurarse el dominio absoluto del mar y del aire, los comandantes estadounidenses decidieron aplazar la operación sobre Guam.
Ese retraso permitió intensificar el bombardeo previo. Durante aproximadamente dos semanas, la aviación embarcada y la artillería naval castigaron sin descanso las posiciones defensivas japonesas. Paralelamente, los equipos de demolición submarina trabajaron bajo fuego enemigo para abrir corredores entre los arrecifes de coral que rodeaban gran parte de la isla, un obstáculo natural que complicaba seriamente cualquier desembarco anfibio.
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El amanecer del 21 de julio determinó el día señalado y el operativo fue gigantesco. Decenas de miles de hombres pertenecientes al III Cuerpo Anfibio de Marines, reforzados posteriormente por la 77.ª División de Infantería del Ejército estadounidense, iniciaron el desembarco en dos sectores separados de la costa occidental de Guam. El objetivo era consolidar dos cabezas de playa, avanzar hacia el interior y cortar la isla en dos para aislar a las fuerzas japonesas.
Del lado japonés aguardaban alrededor de 18.000 defensores, dirigidos por el teniente general Takashina Takeshi –comandante del Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial, conocido por dirigir la defensa de la isla de Guam-. Sabían que la superioridad material estadounidense era abrumadora. Frente a ellos se desplegaba una fuerza invasora que terminaría superando ampliamente los cincuenta mil hombres durante la campaña. Aun así, la orden era inequívoca: Resistir. No existía un plan de retirada ni una posibilidad real de recibir refuerzos. En la doctrina militar japonesa de la época, rendirse era inconcebible.
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La batalla acababa de comenzar. El desembarco estadounidense del 21 de julio de 1944 había conseguido su primer objetivo: establecer dos cabezas de playa en la costa occidental de Guam. Pero conquistar la arena era apenas el comienzo. Detrás de esas posiciones iniciales esperaba una fuerza japonesa decidida a resistir hasta el final.
Los defensores sabían que la situación era prácticamente desesperada. La superioridad estadounidense en hombres, barcos, aviones y artillería era abrumadora. No tenían posibilidades reales de recibir refuerzos ni de recuperar el control del aire o del mar. Sin embargo, la doctrina militar del Imperio japonés no contemplaba la rendición. Para los soldados del emperador Hirohito, morir combatiendo era preferible a caer prisioneros.
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Durante los primeros días, los marines estadounidenses avanzaron lentamente hacia el interior de la isla. El plan inicial consistía en unir las dos zonas de desembarco y cortar Guam en dos, impidiendo que las tropas japonesas pudieran desplazarse con libertad. Pero el terreno dificultaba cada movimiento.
Guam combinaba zonas costeras abiertas con una densa vegetación tropical, barrancos, cuevas naturales y elevaciones que podían convertirse en posiciones defensivas. Los japoneses aprovecharon esas características para organizar una resistencia basada en emboscadas, francotiradores y ataques sorpresa. Durante las noches, pequeñas unidades japonesas se infiltraban entre las posiciones estadounidenses para lanzar ataques contra los campamentos, destruir suministros e intentar causar el mayor número posible de bajas.
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La táctica buscaba compensar una diferencia imposible de revertir: mientras Estados Unidos podía enviar constantemente refuerzos, municiones y equipos desde sus barcos, los japoneses estaban aislados y con recursos cada vez más escasos. A medida que avanzaba la batalla, la situación de la guarnición japonesa empeoraba.
El comandante de las fuerzas imperiales en Guam, el teniente general Takeshi Takashina, murió durante los combates. Tras su muerte, asumió el mando el general Hideyoshi Obata, quien dirigía el 32.º Ejército japonés en las Marianas y que había llegado a Guam antes de la invasión. Obata sabía que la derrota era inevitable, pero continuó organizando la defensa. La orden era resistir.
La potencia de fuego estadounidense terminó inclinando definitivamente la balanza. Los buques de guerra continuaron bombardeando posiciones japonesas, mientras la artillería desplegada en tierra permitía atacar refugios y puntos estratégicos. Los soldados estadounidenses avanzaban con apoyo de tanques, vehículos blindados y aviación.
La defensa japonesa se concentró finalmente en la zona norte de Guam. Allí, sin posibilidad de recibir ayuda y con los suministros agotándose, los hombres de Obata prepararon su última resistencia. El general japonés envió un mensaje final anunciando que continuaría luchando hasta el último hombre. El 10 de agosto de 1944, Estados Unidos declaró oficialmente asegurada la isla. Pero la batalla no había terminado completamente.
Aunque la resistencia organizada japonesa había sido destruida, pequeños grupos de soldados continuaron ocultos en la selva. Algunos murieron en enfrentamientos posteriores. Otros permanecieron escondidos durante meses e incluso años, convencidos de que la guerra todavía continuaba o de que cualquier mensaje sobre la derrota japonesa era una mentira del enemigo.

Este fenómeno no fue exclusivo de Guam. En distintas islas del Pacífico aparecieron décadas después soldados japoneses que habían permanecido aislados, incapaces de aceptar la rendición del Imperio. El caso más famoso sería el de Shōichi Yokoi. Pero antes de llegar a esa historia, Guam ya había adquirido una importancia estratégica que cambiaría el curso final de la Segunda Guerra Mundial.
La conquista de las Islas Marianas representó un cambio decisivo en la guerra del Pacífico. Guam, junto con Saipán y Tinian, ofrecía algo que Estados Unidos necesitaba desesperadamente: bases aéreas suficientemente cercanas para que los nuevos bombarderos de largo alcance pudieran atacar directamente Japón.
Allí comenzaron a construirse enormes instalaciones militares. La más importante sería North Field, en Tinian, mientras que Guam también albergaría importantes bases desde donde operarían los bombarderos B-29 Superfortress. Aquellos aviones serían protagonistas de la fase final de la guerra. Desde las Marianas despegarían misiones contra ciudades japonesas, incluyendo los ataques incendiarios que devastaron Tokio y otras zonas urbanas. También desde esa región saldrían los bombarderos lanzando bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.
La captura de Guam, por lo tanto, no fue simplemente una victoria territorial, sino una pieza fundamental en la estrategia que llevaría a Estados Unidos cada vez más cerca de la derrota definitiva del Imperio japonés.
Como ocurrió en muchas batallas del Pacífico, la victoria estadounidense tuvo un enorme costo humano. Miles de soldados japoneses murieron durante la defensa de la isla. La mayoría no se rindió y combatió hasta el final. Los estadounidenses también sufrieron importantes bajas durante los enfrentamientos. Pero quienes más sufrieron fueron, como en tantas ocasiones, los civiles.

Casi tres décadas después de la batalla, cuando el planeta ya había dejado atrás la Segunda Guerra Mundial y Japón era una potencia económica en ascenso, Guam volvió a ocupar las páginas de los diarios por una historia extraordinaria.
En enero de 1972, dos cazadores chamorros encontraron a un hombre viviendo oculto en la selva cerca del río Talofofo. Era Shōichi Yokoi. Había sido soldado del Ejército Imperial Japonés y llegado a Guam durante la ocupación. Cuando la isla cayó en manos estadounidenses, se negó a entregarse y se refugió en la selva.
Durante 28 años sobrevivió fabricando herramientas rudimentarias, pescando, cazando y cultivando pequeñas cantidades de alimentos. Yokoi había encontrado documentos y escuchado rumores sobre el final de la guerra, pero no podía aceptar la idea de que Japón se hubiera rendido. Para él, abandonar la lucha significaba traicionar el honor militar.
Cuando fue llevado nuevamente a la civilización, pronunció una frase que quedó grabada en la memoria colectiva japonesa: “Es vergonzoso regresar vivo”. La frase resumía una mentalidad que había marcado a toda una generación de soldados japoneses: la idea de que la rendición era una deshonra mayor que la muerte. Sin embargo, Japón lo recibió como un héroe. Su regreso se convirtió en un acontecimiento nacional y simbolizó la enorme distancia entre el país que había ido a la guerra en 1941 y la nación moderna que existía en 1972. Yokoi volvió a Japón, se casó y dedicó sus últimos años a contar su experiencia y transmitir un mensaje de paz. Murió en 1997.