Fundamentos
Es importante que el fallo de la corte internacional tenga lugar pronto, dadas las implicaciones territoriales, insulares y marítimas.


A los lectores los invito ahora a que busquen en su dispositivo telefónico un mapa de Guatemala que incluya los limites y bordes de los distintos departamentos que configuran nuestra geografía. A primera vista, lo único que puede llamar la atención es la diferencia de tamaños entre varios departamentos de la República. Pero, para el ojo avizor, no escapa un par de detalles que son muy significativos. Puede que parezca poca cosa, pero no lo es. La configuración geográfica puede decirnos mucho acerca de la política, del poder, de los recursos territoriales y de las grandes decisiones de Estado.
Comienzo por señalar dos casos curiosos. Quetzaltenango —el segundo departamento en peso poblacional, económico y cultural— tiene un diseño geográfico muy particular. Con una industria importante y una historia política algo convulsa, pareciera ser el único departamento de la zona de la bocacosta al que no se le concedió una salida propia al mar. Pareciera como si, a través de una decisión política, se dibujó su contorno de manera tal que se le cerró el corredor natural que el mapa podría sugerir. Algunos afirman que fue el gobierno conservador de Carrera que, al establecer los límites departamentales, se cercioró de que los rivales del antiguo Estado de Los Altos no tuvieran esta concesión.
Por otro lado, Alta Verapaz, otro departamento con un alto componente industrial, con presencia de cultivos claves y recursos estratégicos, tiene vedado el acceso directo a la frontera mexicana por un curioso trazo que se le otorga a su departamento vecino, Quiché. Esa franja territorial quichelense, una especie de curiosa y angosta prolongación, aísla y separa a la Verapaz del país del norte. Puede que haya explicaciones etnográficas y sociales que justifiquen ese diseño, pero uno no puede dejar de pensar en las implicaciones de control que un dibujo así podría sugerir, si es que tuviéramos, por ejemplo, una estructura federal.
Esta historia sería meramente anecdótica si no fuera por el lado más trágico que presenta nuestro mapa. Las fronteras de Guatemala, esos trazos tanto verticales como horizontales, así como los ángulos rectos que parecen más cicatrices que límites territoriales, denotan que han sido los bocados y los mordiscos políticos los que han configurado nuestros bordes. Hay pocos países en América Latina que tienen esos cortes fronterizos, casi de cuchillo, tan evidentes. Acá no han sido los valles, las montañas, los ríos o incluso los asentamientos humanos los que definen nuestro territorio, sino los arbitrajes, las negociaciones secretas, las cesiones y las guerras.
Nos aprestamos como país a pasar por un nuevo proceso de definición territorial. Se trata del caso que se ventila en la Corte Internacional de Justicia por el diferendo territorial entre Guatemala y Belice. Sin embargo, y a pesar de que desde 2018 está resuelto que el tema, debería dirimirse a través de un fallo del Tribunal de La Haya; los procedimientos siguen a paso de procesión. “Las cosas de palacio siempre caminan despacio”, decían nuestros antepasados.
Esta nueva configuración del mapa es importante que tenga lugar pronto, dadas las implicaciones territoriales, insulares y marítimas de ambos involucrados. Es importante que las historias asociadas al mapa sean de certeza jurídica y no de conflicto. Que sean de trazos firmes y no de líneas punteadas. Solo así cerraremos ese último capítulo de nuestro cicatrizado mapa.
ESCRITO POR:
