
El 8 de septiembre de 1941 comenzó el asedio de Leningrado, el bloqueo a la ciudad que había sido la capital del Imperio ruso. Se trató de un sitio despiadado iniciado por las fuerzas alemanas comandadas por Wilhelm von Leeb, destinado a someter a los tres millones de ciudadanos soviéticos que la habitaban mediante el hambre, la sed y un constante y pertinaz bombardeo. Ese día, 725.000 soldados alemanes, finlandeses y españoles bloquearon los puntos de acceso a la ciudad y atacaron implacablemente los depósitos de alimentos. Los rusos pudieron evacuar a más de 650.000 habitantes, pero en el intento por huir murieron casi 400.000 personas, víctimas de los ataques de la Luftwaffe y la artillería alemana.
La lucha se tornó encarnizada y el general von Leeb no fue ajeno a las órdenes de arrasar Leningrado, siguiendo los deseos de Hitler. Tres días antes, von Leeb había recibido 250.000 reichsmarks de manos del Führer y otros regalos, como una lujosa casa de campo, por su colaboración con “la limpieza racial” de la Unión Soviética. Sin embargo, después de la guerra, durante los juicios de Núremberg, el general solo fue condenado a tres años de prisión.
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La defensa de la ciudad estuvo inicialmente al mando del general Markián Popov, quien fue sobrepasado por el rápido avance alemán. Todo era confusión del lado soviético hasta que la Flota del Báltico pudo evacuar a parte de la población y frenar el avance de los nazis con sus 338 poderosos cañones.
El nombramiento del general Gueorgui Zhúkov como encargado de la defensa marcó la diferencia en la estrategia soviética. Zhúkov era un raro ejemplo de soldado raso que, desde la Primera Guerra, había escalado posiciones hasta el generalato. Enérgico comandante, hecho a la dureza de las batallas, su primera orden fue que cualquier soldado sorprendido retirándose del frente sin permiso fuera fusilado en el acto. Al final de la guerra se convirtió en Héroe de la Unión Soviética, encargado de dirigir el Desfile de la Victoria en Moscú.
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La defensa de Leningrado no solo fue una proeza militar; también se luchó contra el hambre, el tifus, el escorbuto y la sed. Implicó el coraje de soldados y marinos, los desesperados intentos de cruzar el lago Ládoga congelado en el invierno para enviar suministros, los vuelos de «las Brujas de la Noche», escuadrón de mujeres piloto que combatían a los Messerschmitt alemanes, y también la lucha por mantener el espíritu patriótico del millón de combatientes que sostenían las defensas de la ciudad.
Entre los defensores de Leningrado se destacó la figura de Dmitri Shostakóvich, uno de los músicos más conocidos de Rusia, quien se resistió a abandonar la ciudad. En la tradición de músicos de inspiración nacionalista rusa como Rimski-Kórsakov o Modest Músorgski, Shostakóvich se concentró en la composición de su Séptima Sinfonía, opus 60 —llamada “Leningrado”—, con la intención de inmortalizar la gesta de sus defensores. En esa época, Shostakóvich se desempeñaba como bombero voluntario, una tarea no carente de riesgos en una ciudad continuamente bombardeada.
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En 1942, la obra se interpretó en el recinto de la Filarmónica, construida en tiempos en que la ciudad se llamaba San Petersburgo. Estaban en lo peor del sitio, cuando los ejemplares de la valiosa biblioteca pública, que atesoraba incunables, debieron quemarse para calefaccionar a la población. Hasta las ratas habían desaparecido de la ciudad, comidas por humanos que, a falta de alimento, practicaban el canibalismo. Los sobrevivientes de la orquesta —solo quedaban 14— fueron convocados para este ensayo. Algunos de los músicos no tenían fuerza para ejecutar sus instrumentos; es más, uno de ellos murió en esa práctica, que duró quince minutos. Pero ese lapso se convirtió en el símbolo de la resistencia. Allí estaba la plana mayor del Ejército y las autoridades del Partido.

La música se transmitió por radio y altavoces distribuidos por la ciudad. Para evitar un ataque directo al teatro, la artillería soviética había barrido los puestos alemanes a fin de que no interrumpieran la ejecución de esta obra, que enardeció el espíritu patriótico de los defensores. La sinfonía, en su versión definitiva, se estrenó en Kuibyshev, ciudad que se había convertido en la capital temporal de la Unión Soviética mientras se peleaba la batalla de Moscú. Los encargados de ejecutarla fueron los músicos de la orquesta del Bolshói, bajo la dirección de Samuíl Samosúd (1884-1964). En Nueva York, donde se la estrenó fuera de la URSS, fue conducida por Arturo Toscanini. La obra tuvo un gran impacto, convertida en el símbolo de la lucha contra el nazismo. Solo ese año, en Estados Unidos, se la ejecutó en más de mil oportunidades.
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Pero corrían tiempos sensibles a los asuntos políticos bajo el criterio despótico de Stalin. La conducción soviética quería estrenar una obra triunfal para celebrar las victorias en Stalingrado, la batalla de Kursk y el ataque frontal a Alemania y, a tal fin, le encomendó una nueva sinfonía a Shostakóvich. Las autoridades soviéticas encontraron a esta Octava Sinfonía demasiado melancólica, lejos del ánimo triunfalista que deseaban transmitir. El mismo Gobierno la llamó “Stalingrado, un réquiem por los muertos en la defensa de esa ciudad que frenó el avance alemán hacia los pozos petroleros del Cáucaso”.
Al final, la obra fue declarada «decadente» y su ejecución, prohibida de manera no oficial. Hasta la muerte de Stalin, Shostakóvich debió guardar un discreto segundo plano, alejado de la mirada del público. Las únicas declaraciones que se le conocen de esa época eran alabanzas al régimen estalinista y hasta llegó a pedir disculpas públicamente por escribir música formalista, que no era “proletaria“. Con la muerte de Stalin, la figura de Shostakóvich tuvo más difusión y el músico llegó a ser diputado del Soviet Supremo. Dmitri murió de cáncer de pulmón en agosto de 1975.
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Los muertos en la defensa de Leningrado hoy viven en los acordes de esta Séptima Sinfonía y en poemas como el de Olivier Guez, quien declara: “Cada dos o tres generaciones, cuando se agota la memoria y desaparecen los últimos testigos de las masacres anteriores, la razón se eclipsa y otros hombres vuelven a propagar el mal”.