La visita del papa León XIV a la Argentina reaviva el interés en el papel internacional de la Santa Sede y su visión sobre los conflictos contemporáneos. Aunque la Iglesia carece de poder militar, la figura del papa ejerce influencia global mediante su autoridad moral, la diplomacia y la defensa del derecho humanitario. La historia reciente ofrece ejemplos de esa intervención, desde la actuación de Juan Pablo II durante la crisis del Beagle hasta las mediaciones impulsadas por Francisco en Colombia y Cuba. En ese marco, el pontífice busca proyectar una reflexión propia sobre la construcción de la paz en un mundo atravesado por guerras persistentes y cada vez más complejas.
León XIV sostiene que el siglo XXI se caracteriza por una multiplicidad de conflictos conectados entre sí. Las guerras no producen únicamente consecuencias militares, sino también efectos alimentarios, ambientales, migratorios y económicos que afectan regiones enteras. Por eso retoma la idea de una “tercera guerra mundial en pedazos”, visible en escenarios tan diversos como Ucrania, Gaza o el Sahel. Frente a este panorama, sostiene que la paz debe ocupar un lugar central en la misión de la Iglesia y en la política internacional.
Según León XIV, la paz debe predicarse con verdad y buscarse con justicia. La verdad necesita estar acompañada por la caridad, mientras que la justicia requiere del perdón. Solo así pueden alcanzarse soluciones duraderas basadas en negociaciones genuinas. Esta perspectiva se sintetiza en una fórmula característica de su pontificado: la construcción de una paz desarmada y desarmante.
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La primera dimensión, la paz desarmada, cuestiona la confianza excesiva en la acumulación de armas como garantía de seguridad. El Papa advierte que muchos Estados respondieron a las tensiones internacionales incrementando sus presupuestos de defensa, una estrategia que puede alimentar nuevas dinámicas de confrontación. A su juicio, la lógica de la amenaza permanente termina reemplazando la racionalidad propia de la defensa legítima. También expresa preocupación por el uso de tecnologías avanzadas en los conflictos armados, ya que facilitan la despersonalización del adversario y pueden diluir responsabilidades frente a las atrocidades cometidas. Por ello insiste en revisar críticamente las tragedias del siglo XX para evitar repetir errores.
La segunda dimensión, la paz desarmante, se sitúa en un plano más profundo. No se concentra solamente en reducir arsenales, sino en transformar la manera en que las personas y las sociedades perciben a quienes consideran diferentes. Parte de la convicción de que la reconciliación es posible y de que la esperanza resulta indispensable para alcanzarla. Al mismo tiempo, rechaza la instrumentalización política de la religión cuando se utiliza para justificar la violencia o demonizar adversarios. En el ámbito internacional, destaca la importancia del respeto a los acuerdos, las mediaciones y el derecho internacional como bases para la confianza entre las naciones.
León XIV no propone una visión ingenua. Reconoce el derecho a la legítima defensa frente a agresiones concretas y acepta la necesidad de reglas que limiten la violencia cuando la guerra no puede evitarse. Sin embargo, considera que ninguna de esas medidas basta para lograr una paz estable. Su propuesta final es más ambiciosa: desarmar no solo los arsenales, sino también las mentalidades. La humildad, la empatía, la solidaridad y el diálogo aparecen como condiciones indispensables para superar la lógica de la confrontación. La paz duradera exige reconocer la dignidad del otro, combatir los discursos de odio y evitar la polarización. Más que una receta inmediata, León XIV ofrece una orientación de largo plazo para reemplazar la desconfianza por el encuentro y la hostilidad por la cooperación.
*Doctor en Relaciones Internacionales. Director de las Carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Austral.