Alejandro Zaera Polo: Veritas Prius Pace

2026/08/31

Alejandro Zaera Polo

31/08/2026

Actualizado 01/09/2026 - 01:22h.

Mi primer empleo como profesor de proyectos fue en la Architectural Association (AA) de Londres, en 1993. Los tutores discutíamos a bofetadas, nos insultábamos en el bar y nos tirábamos sillas en los comités de calificación. Cada unidad era una secta, y los alumnos trabajaban sin cesar para aplastar a los de la puerta de al lado. De aquel combate salía un trabajo extraordinario, y de aquellas aulas habían salido ya arquitectos como Chipperfield, Hadid, Koolhaas o Rogers… La AA no era una institución académica convencional: no había titularidad ni despachos. Si dejabas de interesarle a los alumnos, te echaban. Gracias a eso, la escuela había llevado al extremo la tradición de la academia adversarial, hoy sepultada bajo toneladas de corrección política: la confrontación como método, el conflicto como centro de la disciplina.

El rigor académico nació como combate. Sócrates refutaba; Platón escribía duelos; la disputatio medieval enfrentaba las tesis; el 'sic et non' de Abelardo contraponía autoridades y Tomás de Aquino levantó la 'Summa Theologica' a golpe de objeción. Pensar fue siempre pelear y la verdad era lo que quedaba en pie al final de la guerra. En el otro extremo está el 'esprit de corps': la corporación que protege al grupo antes que a la verdad. Bourdieu lo diseccionó en 'homo academicus': la titularidad que coopta al aspirante por dependencia y recompensa aplazada. La titularidad que blinda la libertad académica se gana con años de conformidad y, una vez obtenida, extingue el incentivo de pelear. El confort elimina la necesidad de la ofensa. La institución que reparte bienestar no necesita que sus miembros tengan razón; le basta con que no molesten. La AA, que promovía el conflicto como método, no tenía dónde esconder a un mediocre.

Me he acordado de la AA por Jason Arday. En 2023 Cambridge lo nombró catedrático de Sociología de la Educación: su profesor negro más joven, 37 años. La jefa de la Facultad, Hilary Cremin, le recibió ante las cámaras de la BBC como un acontecimiento moral. Nadie hizo la diligencia debida, porque aplicada al redimido, se convierte en agresión. La corporación paralizó su brazo adversarial y puso a pleno régimen el mecanismo de pensamiento grupal que Bourdieu describió hace medio siglo y que hoy firma con otras siglas: diversidad, equidad, inclusión.

Tras ser elevado a la estratosfera en Cambridge, empezó la revelación: Arday, el profesor estrella era en realidad un impostor que había plagiado su tesis doctoral, inflado su currículum, y carecía de la capacidad para investigar que se le suponía. Cambridge lo supo inmediatamente pero lo ocultó como pudo para mantener su estatus virtuoso y no ser tachada de racista. Cuando quedo expuesto, Arday dimitió y se quitó la vida. Es el ejemplo más triste, pero no el primero, de una secuencia siniestra de académicos negros crecidos a la sombra del Great Awokening, expuestos como impostores. En septiembre de 2023, el Center for Antiracist Research de Ibram X. Kendi, financiado con millones de dólares tras el asesinato de George Floyd, se desmanteló tras una producción académica irrisoria. En enero de 2024, Claudine Gay, primera presidenta negra de Harvard, dimitió tras una comparecencia desastrosa en el Congreso sobre el antisemitismo en el campus y tras descubrirse plagio en una obra tan escasa como blindada. Las instituciones elevaron a estos académicos muy por encima de sus capacidades, para redimir su culpa blanca y señalar su virtud moral.

Yo soy testigo del mecanismo. En la escuela de arquitectura de Princeton no había trifulcas, ni insultos, ni sillas por el aire. Había silencio, café y bollos y una lista de candidatos solo negros, todos con una experticia común: la negritud. En 2017, el comité que formaban el presidente, el provost y la decana de profesorado –entonces Deborah Prentice, quien es hoy vicecanciller de Cambridge– aprobó ofertas a tres candidatos negros de la lista en una facultad con trece miembros. Nadie cuestionó la decisión (yo incluido) porque hubiera implicado la exclusión inmediata por racismo. Si en la AA se entraba en el cuerpo a puñetazos; en Princeton –y ahora en Cambridge– el único escrutinio era la identidad del candidato.

La 'disputatio', en el caso Arday, vino de Nathan Cofnas, filósofo judío-norteamericano y 'race realist' confeso, quien había sido expulsado en 2024 del Emmanuel College de Cambridge por un post en su web, donde sostenía que los negros son de media menos inteligentes que otros grupos étnicos, y que, en una meritocracia real, «desaparecerían de casi todos los puestos de prestigio salvo el deporte y el entretenimiento». Estemos de acuerdo con su tesis o no, Cofnas estaba ejerciendo su derecho a la libertad académica. Realojado en la Universidad de Gante, Cofnas hizo en 2026 lo que Cambridge llevaba años evitando: leerse el trabajo de Arday. Documentó que tramos enteros de su tesis de 2015 reproducían casi literalmente otra de 2009, erratas de imprenta incluidas. Lo que destapó era un secreto a voces que la institución había protegido. El claustro que excluye la ofensa y promueve el coreo no prepara a sus miembros para la defensa. El 'agón' que la universidad expulsó por ofender regresó desde fuera, en la prensa y en las redes. Pero Arday no fue víctima de Cofnas sino de un sistema que le construyó sin fricción, como un talismán de virtud, y le dejó indefenso.

El último acto de esta fantasía de la academia identitaria lo protagoniza la rectora de la Universidad de Gante, Petra De Sutter –ginecóloga transexual y ex viceprimera ministra del partido los Verdes– abriendo una investigación contra Cofnas por si hubiera «discriminado» contra Arday; es decir, por haberlo escrutado. Una violación en toda regla de la libertad académica. Paradójicamente, De Sutter es mucho más entusiasta sobre la eugenesia y los bebes de diseño que el propio Cofnas.

De Sutter es la encarnación perfecta del fenómeno que Helen Andrews ha teorizado en 'The Great Feminization', donde el 'wokismo' es un epifenómeno de la feminización demográfica de las instituciones. Heather Mac Donald lleva años criticando la universidad feminizada que trata al alumno como un sujeto a proteger y no como un adversario a templar. Camille Paglia, ya en los noventa, reivindicó el riesgo, el conflicto y lo agonístico contra el feminismo quejumbroso en la academia. Detalle importante: solo las mujeres, como grupo «oprimido», pueden permitirse esta crítica. El tabú ya no juzga el enunciado, sino al emisor.

La cancelación tiene una gramática distinta a la del puñetazo: exclusión, daño reputacional, todo menos el choque frontal. Pero proscribir la ofensa es proscribir el escrutinio y el espíritu inquisitivo. La universidad woke ha degradado el conflicto. La AA de 1993 sería hoy objeto de un expediente disciplinario. Un caso de clima laboral hostil, de elitismo y discriminación. Pero la sala sin fricción de Princeton y el claustro baboso de Cambridge solo han producido fraude disimulado, y al final, un cadáver. El conflicto y la ofensa son la única manera de construir un trabajo riguroso y unos individuos sólidos. Y finalmente, es menos letal que la adulación.

Como escribió Unamuno, Veritas Prius Pace.

Alejandro Zaera Polo

Es arquitecto