Imagen es percepción
Los terremotos no se pueden predecir, pero sus consecuencias sí pueden anticiparse. Guatemala conoce el riesgo; falta saber si está preparada.


Algo está ocurriendo bajo nuestros pies, suficientemente cercano y repetitivo como para obligarnos a mirar hacia abajo. Durante las últimas semanas, mientras el mundo seguía pendiente de guerras, elecciones y crisis económicas, la Tierra se encargó de imponer su propia agenda.
En apenas dos meses, la Tierra se ha sacudido de un extremo al otro del planeta. Venezuela, 7.5; Filipinas, 7.8; Japón, 6.9 y 6.8; Indonesia, 7.7; Colombia, 7.4; China, 6.3; Rusia, 6.6; y frente a Chiapas, 7.3. Esta misma semana, una secuencia sísmica mantiene en alerta a Granada, España. Distintas fallas, distintos continentes, pero una misma estela de destrucción, muerte y miedo.
Guatemala tampoco ha permanecido ajena. Según registros del Insivumeh, solo hasta el 23 de julio se habían contabilizado cuatro mil 396 movimientos sísmicos durante 2026. La mayoría fueron imperceptibles, pero las constantes réplicas y los temblores sensibles recuerdan una realidad imposible de ignorar.
¿Se está moviendo el mundo más de lo normal? La ciencia exige prudencia. Estos terremotos responden a placas, fallas y zonas de subducción diferentes y no existe evidencia de una cadena sísmica global. Guatemala no está conectada directamente con ellos, pero su propia configuración tectónica la mantiene bajo una alta amenaza sísmica. Pero que no exista una conexión entre ellos no significa que debamos ignorar el mensaje.
Guatemala está asentada en la interacción de tres placas tectónicas: Norteamérica, Caribe y Cocos. La atraviesan sistemas como Motagua y Polochic, mientras frente al Pacífico permanece activa la zona de subducción. En 1976, la falla de Motagua produjo un terremoto de magnitud 7.5 que rompió unos 230 kilómetros de terreno y dejó más de 22 mil muertos. Cincuenta años después, las fallas siguen prácticamente donde estaban. Guatemala no.
Desde entonces, la capital se convirtió en una ciudad vertical. En las zonas 9, 10, 14 y 15, torres de 20 y 30 niveles sustituyeron antiguas viviendas; en algunas cuadras se concentran cuatro o cinco edificios. Miles de personas viven y trabajan hoy donde hace medio siglo existía una ciudad completamente distinta.
Eso no significa que los edificios provoquen terremotos ni que una torre moderna sea insegura. El verdadero problema es la exposición. Nunca habíamos concentrado tantas personas, vehículos, infraestructura y patrimonio en tan poco espacio.
Por eso, no basta saber si cada edificio cumple individualmente las normas antisísmicas. Hay que preguntarse si la ciudad en su conjunto está preparada. Qué ocurriría con miles de personas evacuando simultáneamente decenas de torres; cómo ingresarían ambulancias y bomberos por calles que un día cualquiera ya permanecen congestionadas; qué pasaría con hospitales, puentes, pasos a desnivel, energía, agua, comunicaciones y los innumerables edificios antiguos que conviven con las nuevas construcciones.
Japón lleva décadas preparándose y, aun así, permanece alerta. Guatemala no puede enfrentar una catástrofe de esa magnitud bajo la improvisación de un gobierno incapaz de resolver siquiera problemas básicos de infraestructura. Imaginar su respuesta ante un gran terremoto resulta inquietante. Nadie puede predecir cuándo ocurrirá, pero sí podemos contar desde ahora con protocolos claros, equipos de emergencia, hospitales preparados, cuerpos de rescate coordinados y un Estado capaz de responder cuando cada minuto puede significar una vida.
En 1976, el terremoto sorprendió a un país que desconocía lo que podía ocurrir. Cincuenta años después, conocemos los riesgos y zonas vulnerables; tenemos tecnología, ingeniería y experiencia. Si la historia vuelve a golpearnos, esta vez no podremos decir que no lo sabíamos.
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