
Más de 500 millones de personas que viven en zonas costeras de baja altitud experimentan un aumento del nivel del mar casi tres veces superior al promedio mundial, según un nuevo estudio publicado en Nature Communications. La investigación, realizada por científicos de la Universidad Técnica de Múnich (TUM) y la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, identifica al hundimiento del suelo como el principal factor que amplifica el impacto del cambio climático en las costas más pobladas del planeta.
El trabajo mide lo que los especialistas denominan “nivel del mar relativo”: la combinación del ascenso del océano con el descenso del terreno en el que viven las comunidades. Mientras el aumento absoluto del nivel del mar impulsado por el clima ronda los 3,15 milímetros por año, los residentes de zonas costeras densamente pobladas registran un alza promedio de 6 milímetros anuales. La diferencia la explica, en gran medida, la subsidencia, es decir, el lento hundimiento del suelo.
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Tailandia, Bangladés, Nigeria, Egipto, China e Indonesia se encuentran entre los países con los índices más altos de ascenso relativo del mar, con promedios ponderados por población que van de 7 a 10 milímetros por año. Estados Unidos, Países Bajos e Italia también superan la media global, con tasas de entre 4 y 5 milímetros anuales.
A nivel de ciudades, los focos más críticos son Yakarta (13,7 mm/año), Tianjin (13,5 mm/año), Bangkok (8,5 mm/año), Lagos (6,7 mm/año) y Alejandría (4 mm/año). Las diferencias pueden ser abruptas incluso dentro de una misma urbe: en Yakarta, algunos puntos se hunden a razón de 42 milímetros por año, mientras que otras zonas de la propia ciudad ganan altura al mismo tiempo.
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No todas las costas retroceden. En Suecia y Finlandia, el rebote postglacial —el lento ascenso de la corteza terrestre tras la desaparición de los hielos de la última era glacial— supera la velocidad a la que sube el mar, lo que genera un descenso relativo del nivel marino en tramos de esas costas.

Las causas de la subsidencia son diversas y, con frecuencia, actúan de forma simultánea. La extracción intensiva de agua subterránea y la explotación de petróleo y gas figuran entre los factores más determinantes en áreas urbanas. A estos se suman la compresión de sedimentos jóvenes en los deltas fluviales, el peso de las construcciones sobre suelos blandos y procesos geológicos de largo plazo como los movimientos tectónicos.
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“Si queremos entender el ascenso del nivel del mar en las costas y responder de manera efectiva, no solo debemos observar el océano, sino también el suelo”, advirtió Julius Oelsmann, investigador del Instituto Geodésico Alemán de Investigación de TUM (DGFI-TUM) y autor principal del estudio, en declaraciones recogidas por la Universidad Técnica de Múnich.
“En las regiones costeras más densamente pobladas, las actividades humanas provocan que el terreno se hunda con mayor intensidad, a menudo por la extracción excesiva de agua y recursos que antes estabilizaban el subsuelo", agregó.

Aunque una parte de la subsidencia obedece a procesos naturales, la extracción de agua subterránea es un factor sobre el que los gobiernos pueden actuar. Florian Seitz, profesor de Geodinámica Geodésica y director del DGFI-TUM, señaló ante la universidad que “una mejor gestión del agua subterránea, regulaciones más estrictas sobre las extracciones o la recarga dirigida de los acuíferos pueden al menos desacelerar la subsidencia y, en algunos casos, detenerla en gran medida”.
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Tokio es el ejemplo más citado de recuperación exitosa. La ciudad llegó a hundirse más de 10 centímetros por año, con los puntos más afectados perdiendo hasta 24 centímetros anuales. La intervención del gobierno japonés y el desarrollo de fuentes alternativas de abastecimiento hídrico lograron reducir esas tasas de forma drástica.
Un proceso similar ocurrió en la región de Harris-Galveston, en Texas, donde la extracción masiva de agua subterránea era la causa principal del hundimiento. Las autoridades crearon en 1975 el Distrito de Subsidencia Harris-Galveston para regular el uso del agua, promover fuentes alternativas y fomentar la conservación del recurso.
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