Alfonso J. Ussía: Las dos muertes del poeta

2026/10/12

Alfonso J. Ussía

13/10/2026

Actualizado a las 01:32h.

Rescato 'La dos muertes del poeta' (20 de agosto de 2026) porque noventa años después seguimos preguntando de qué bando era el muerto. No nos importa qué pasó sino quién te lo cuenta. No pensamos por qué los mataron sino contra quién murieron, y es obsceno que a estas alturas tratemos de diferenciar los dos asesinatos que son el mismo. Cada vez que esto sucede volvemos a matarlos. También con cada matiz en el que tratamos de diferenciar sus crímenes.

Se estrena 'La bola negra' y arrasa. Como arrasa también el manoseo de los que necesitan seguir enfrentándonos sin apenas mirarse en el espejo. Y es por eso que considero esta columna una forma de estar en España, en estos tiempos de lobos, en los que se profanan las figuras de dos grandes genios de nuestra literatura, y en la que los que nos mandan juegan a las trincheras que tanto sangraron después.

Publicado el 20 de agosto de 2026

Las dos muertes del poeta

Tenemos una costumbre miserable con los muertos de la Guerra Civil. Antes de sentir pena queremos saber quiénes eran sus amistades, el periódico que leían, a qué partido votaron y con quién cenaban. Han pasado noventa años y todavía interrogamos a los muertos antes de sentir compasión. Algunos nos vienen bien. Otros molestan. A unos les ponemos flores y los convertimos en una excusa. A otros los preferimos guardados en silencio porque estropean la versión de la Historia que preferimos contar. Federico García Lorca y Pedro Muñoz-Seca son las dos muertes del poeta.

Los dos escribían teatro y pertenecían a la conversación de la calle. Los dos conquistaban al público con su ingenio. Lorca, además, también conseguía el llanto de quienes leían su majestuosa poesía. Federico fue asesinado en Granada. Pocos meses más tarde, ejecutaron a Pedro en Paracuellos del Jarama. A cada uno lo mataron unos españoles convencidos de tener razones suficientes para hacerlo.

A Federico fueron a buscarlo a casa de los Rosales el 16 de agosto. En las ciudades pequeñas el miedo corre deprisa porque todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien. Los Rosales eran amigos suyos y falangistas, pero no fue suficiente para mantenerlo a salvo. El país ya había perdido la cabeza y muchos no soportaban que fuera homosexual, libre y amigo de personas de ideologías opuestas. En algún momento de la madrugada del 18 de agosto, unos criminales lo asesinaron y enterraron su cuerpo en una cuneta entre Víznar y Alfacar. Ahí sigue, callado y muerto noventa años después.

Ese mismo verano fue detenido en Barcelona Pedro Muñoz-Seca. Era monárquico y católico, razones suficientes parta que lo llevaran a la Modelo, después a San Antón y finalmente a una fosa en Paracuellos. También buscó el apoyo de colegas como Rafael Alberti, que prefirió mirar hacia otro lado mientras hacia la revolución desde el Palacio de Linares. Fue en una madrugada de noviembre cuando otros criminales dispararon y lo enterraron en el frío de Madrid. «Dinamita» consideró necesario arrancarle los bigotes antes de disparar. Ahí sigue, callado y muerto noventa años después.

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Los más triste de estas dos muertes no es solo su vulgaridad, sino la forma en la utilizamos sus crímenes para justificar una ideología. Cada vez que los sacamos de la tierra para utilizarlos contra alguien. Cada vez que una muerte necesita a la otra para justificarse o cada vez que una cuneta duele más que otra, matamos dos veces al poeta y con el mismo disparo a nuestro sentido común.

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Lorca no pertenece a la izquierda ni Muñoz-Seca a la derecha. Los dos fueron asesinados por criminales españoles que encontraron una razón política para hacerlo. Los dos son nuestros muertos. Y desgraciadamente, todavía quedan demasiados gilipollas empeñados en ponerles una bandera. El día que dejemos de preguntar de qué bando era el muerto saldremos por fin de la guerra. Hasta entonces seguiremos matando a los dos poetas.