La Cooperativa Fraile Pintado en Vinalito, provincia de Jujuy, tiene 14 años de trayectoria y está integrada por familias criollas descendientes de comunidades Kolla Guaraní. Trabajan sobre 1.874 hectáreas, donde históricamente desarrollaron actividades agrícolas tradicionales. Es una comunidad con necesidades, pero con mucho sentido de la resiliencia productiva. Valoran el bosque y por eso decidieron ponderarlo como la llave de su propio futuro.
Vinalito está en el departamento Santa Bárbara, Jujuy, en una zona de transición entre las yungas y el Gran Chaco Americano; se levanta sobre la Ruta Nacional 34, con un acceso de 24 km hacia el interior. Es una región que exhibe con crudeza las inclemencias climáticas y concentra algunos de los mayores procesos de deforestación del norte argentino.
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Parte de la solución frente al impacto climático en la zona la impulsaron ellas: un grupo de mujeres criollas que, ante la desocupación y un territorio con cada vez menos oportunidades, decidieron enfrentar la adversidad de su propio territorio y lo que la tierra les marcaba.

“Hace 20 años -recordaron- había abundancia: se cultivaba, había agua y el monte daba vida; había vida que alcanzaba para todos".
Infobae comprobó en el territorio de Vinalito, Cooperativa Fraile Pintado, cómo una salida a la crisis climática llegó desde la tierra: sembrar un cordón de algarrobos como cortina forestal, una decisión que devolvió la esperanza de vivir a toda una comunidad.
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El territorio se encuentra en Vinalito, sobre la Ruta Nacional 34, con un acceso de 24 km hacia el interior.
¿Puede la restauración convertirse en una herramienta transformadora frente a la crisis climática? En Vinalito, Jujuy, la respuesta que proponen estas mujeres es afirmativa.
La historia de cómo surgió la Cooperativa Fraile Pintado, en Vinalito, se explica también por los vaivenes de la industria insignia de la provincia de Jujuy: el ingenio azucarero Ledesma.

El Ingenio Ledesma es uno de los motores agroindustriales más importantes de Jujuy y uno de los complejos productivos más grandes de Argentina. Ubicado en Libertador General San Martín, no es ajeno a las fluctuaciones de la industria azucarera, y las localidades que lo rodean también se transformaron en los últimos años.
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Infobae y la periodista Daniela Blanco recibieron una beca internacional del Pulitzer Center, referente en apoyo al periodismo de investigación.
Estas narrativas en el Gran Chaco Americano forman parte del proyecto presentado al Pulitzer Center junto a Gabriela Oliván, líder y fundadora de Women’s International News Network (WINN), la red global que impulsa el liderazgo de mujeres periodistas y promueve un periodismo libre, innovador y sin sesgos.
Esta crónica, junto con el contenido audiovisual, es la tercera entrega de una serie de cuatro episodios que relatan cómo mujeres de comunidades indígenas diseñan su futuro con modelos de resiliencia productiva.
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Las mujeres de Vinalito apostaron por la restauración del bosque degradado en las yungas para construir una nueva vida para ellas y sus familias: crear una fila larga de algarrobos, una cortina forestal.
De esa experiencia surgieron dos preguntas que resuenan en la comunidad formada alrededor del ingenio azucarero Ledesma: ¿puede la conservación convertirse en una actividad económica? ¿Puede la restauración del bosque generar empleo e ingresos? En Vinalito, Jujuy, la respuesta al unísono de las mujeres trabajadoras es: “¡Sí en Vinalito!”.
La propuesta se apoya en restauración forestal, captura de carbono y conservación de bosque nativo, con soluciones basadas en la naturaleza impulsadas por comunidades rurales. Así, la regeneración del monte nativo surge como una estrategia productiva.
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En ese contexto, la Cooperativa Fraile Pintado tiene una particularidad: en los años 90 presentó un plan de cambio de uso de suelos para convertir esas tierras en un terreno totalmente agrícola.
Mientras el cambio climático altera bosques, agua y biodiversidad en el norte argentino, mujeres indígenas y rurales lideran respuestas económicas que combinan conservación, producción y saberes ancestrales. En Vinalito, el eje es una experiencia que impulsa la restauración y la conservación del monte nativo a través del manejo forestal sostenible y la valorización productiva del algarrobo.
En una de las regiones más afectadas por la deforestación del norte argentino, el Proyecto Bosque Vinalito busca restaurar 1.800 hectáreas de bosque nativo y generar ingresos para unas 70 familias rurales.
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La iniciativa sostiene que la recuperación de ecosistemas puede convertirse en una oportunidad económica mediante esquemas de captura de carbono y servicios ecosistémicos.
En los últimos años se desarrolló allí el Proyecto Bosque Vinalito, impulsado por la Asociación Cultural para el Desarrollo Integral (ACDI), la Cooperativa Fraile Pintado, Nativas y otros actores, con foco en restauración forestal, captura de carbono y generación de ingresos para comunidades rurales.
El Gran Chaco Americano (GCA) es el bosque subtropical más grande de América, después de la Amazonía. Ambos son dos de los principales sistemas naturales de la región en términos de biodiversidad, en un contexto marcado por la crisis climática.
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Un conjunto de problemas ambientales afectan la zona: la progresiva deforestación, la escasez de agua cada vez más evidente y la variabilidad climática, que impacta y persiste en el Noroeste (NOA) y Noreste argentino (NEA) desde hace varias décadas.
En Vinalito, Jujuy, la comunidad de Fraile Pintado impulsa una experiencia que busca restaurar y conservar el monte nativo a partir del manejo forestal sostenible y la valorización productiva del algarrobo.
Ante la pérdida de recursos y oportunidades productivas, comenzaron junto a ACDI un proceso de innovación orientado a la valorización del monte nativo. Actualmente, la cooperativa trabaja en restauración y conservación del bosque, manejo forestal sostenible, comercialización de activos ambientales y gestión del bosque mediante plataformas tecnológicas.
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En ese esquema, la producción de árboles y la coordinación de la planta de harina de algarroba están lideradas por mujeres. Además del trabajo de conservación y manejo forestal, Mara y Gregoria coordinan procesos de producción vinculados al agregado de valor del algarrobo.
La iniciativa forma parte de una estrategia denominada Producciones Nativas, orientada a convertir al algarrobo en una cadena productiva formal.
En ese marco, el proyecto sostiene que la conservación del bosque puede transformarse en una estrategia concreta de desarrollo económico y social, con empleo local, liderazgo de mujeres, recuperación de saberes e integración de tecnología y gestión ambiental.

—Gregoria, ¿por qué considerás importante preservar y cuidar el monte, teniendo en cuenta los efectos del clima, la deforestación y la intervención humana?
—Tengo 73 años y hace más de 30 que vivo aquí en la cooperativa. Cuando vinimos, todo era monte, empezamos a desmontar como podíamos. Mi esposo era embalador de profesión y nos vinimos porque él decía que, cuando llegara a la vejez, no le iban a dar trabajo. Entonces nos quedamos en este terreno. Tenemos cuatro hijos que se quedaron en Fraile: somos nativos de Fraile. Así empezamos a trabajar las cinco hectáreas que nos tocaban. En esos tiempos llovía en abundancia: se podía sembrar tomate, pimiento, lo que uno pusiera en la tierra, crecía. Semilla que tirabas, cosechabas. Con el tiempo se dejó de vender porque ya no llovía y la chaucha se hacía más cueruda: ya no servía para llevar a Buenos Aires.
—Si tuvieras que señalar el primer gran problema que enfrentaron, ¿sería la falta de agua o la ausencia de lluvias regulares?
—El agua, la lluvia, todo. Ahora hay agua para consumo, por las cañerías. Pero cuando llega agosto o septiembre, el agua se corta, y pasan semanas enteras que no tenemos agua. Nosotros llegamos a tener 25 vacas, tuve que venderlas porque mi esposo se enfermó, y ahora solo tengo cuatro.
—¿Hoy en día solo mantenés lo que podés, y ya no sembrás maíz?
—Ya no siembro maíz por razones familiares. A veces siembro por porcentaje con otra persona. Lo que se cosecha y queda, queda como pasto para las vacas. Ellas comen bien.

—¿Y todo lo que producen es sano, natural, sumado a que las vacas y los chanchos son criados en el lote y en el monte?
—Sí, las vacas comen lo que nosotros mismos cosechamos. Todo el tiempo están en los lotes y en el monte. Están bien alimentadas, igual que los chanchos. Antes, cuando desmontábamos, se vendía la leña. Ahora ya no, porque no tenemos permiso del bosque. Si seguimos desmontando, el agua sigue bajando. Los que saben dicen que, mientras más se desmonta, menos agua habrá. Por eso, dejamos las cinco hectáreas limpias y ya no desmontamos más.
—¿Hoy buscan reparar esos primeros desmontes? ¿Lo hacen plantando especies como los algarrobos?
—Sí, esos son los algarrobos.
Gregoria explicó a Infobae por qué eligieron esa especie: “Porque es para sacar la harina, para hacer harina de algarroba, y también para los chanchos y las vacas, que lo consumen mucho”.
En su mirada, el monte no es un telón de fondo: es una forma de arraigo. “Para mí sí, ahora que mi esposo y yo somos jubilados, el monte es vida para nosotros”.
—¿Sentís que el monte sigue siendo esencial para vos y tu familia, incluso hoy?
—Mi esposo no se quiere ir de aquí. Está enfermo, pero no se quiere ir. Aquí está bien.
—¿Qué te da el monte, cómo podrías describirlo?
—No puedo explicarlo con palabras, el monte es todo para uno. Es todo.

—¿El vínculo con el monte se profundizó con los recuerdos familiares?
—Es todo. Hace un año perdí a mi hijo mayor, de treinta y nueve años, en Córdoba. Mis dos hijos viven allá. Tengo cuatro hijos, dos hijas y dos hijos. Los varones, por trabajo, están en Córdoba. El menor, que vivía en Malagueño, falleció.
—¿Cómo atravesaste ese duelo y qué rol tuvo la fe en ese proceso?
—Es un dolor muy grande. Quedaron tres chicos. Empecé a ir a la iglesia cristiana porque quería sanar mi alma. Y poco a poco el dolor se va calmando. Nadie lo entiende hasta que no pierde un ser querido.
—Mirando a la comunidad, donde conviven niños, bebés y jóvenes, ¿cómo ves el futuro de Vinalito?
—Aquí en la comunidad hay pocos jóvenes. Algunos son nietos, los demás son adultos. No hay tantos jóvenes; muchos ya se han ido porque aquí no hay trabajo para ellos. Si no es en la siembra, no hay mucho futuro. Igual, ellos luchan y lo llevan adelante porque les gusta.

Mara Alancay es encargada del vivero de la Cooperativa Fraile Pintado, en Vinalito, Jujuy. En diálogo con Infobae, reconstruyó la historia de la comunidad, describió cómo el clima se volvió más extremo y explicó por qué la reforestación con algarrobos se convirtió en una apuesta de permanencia y trabajo. En su relato, el punto de inflexión fue el vivero: en 2017 y 2018 hicieron los primeros plantines de algarrobo y los llevaron al campo.
—Mara, ¿qué significa el monte para ustedes como comunidad? ¿Qué les da?
—Esto es la Cooperativa de Fraile Pintado, formada por 70 miembros. Se fundó en 1991. La mayoría de los socios provienen de Fraile Pintado, donde antes sembraban tomate y pagaban arriendo de la tierra, lo que les resultaba muy caro. Luego formaron esta cooperativa aquí en Vinalito. Por eso lleva ese nombre, porque la mayoría es de Fraile.
—La localidad de Fraile Pintado ya existía antes de la cooperativa, ¿cómo era la producción cuando llegaron y qué cambió con los años?
—Fraile Pintado ya existía. Los primeros criollos, cuando llegaron aquí, comenzaron a sembrar chaucha, maíz e incluso algodón. En los primeros años también ponían maní y chaucha en cantidad, porque llovía mucho y la zona era muy productiva. El temporal de lluvias era largo y en octubre ya sembraban maíz para cosechar en diciembre. Con el tiempo, fueron desmontando los alrededores y eso cambió el clima; hubo cambio climático.
—¿Ese cambio climático se expresó en fenómenos extremos?
—Sí, de a poco se fue volviendo extremo. Hoy en día llueve muy poco. Pasamos de lluvias copiosas e inundaciones a sequías extremas.

—¿Qué respuesta construyeron desde la cooperativa frente a esa variabilidad climática?
—En 2017 y 2018 hicimos los primeros plantines de algarrobo y los llevamos al campo; hoy ya están grandes y dan frutos. No son muchos, pero el algarrobo que se sembró en esa época es muy carnoso, sirve para alimentar a los animales y también aporta oxígeno.
—En este territorio de Vinalito conviven zonas agroindustriales y, en el medio, un sector de monte degradado donde ustedes han plantado árboles. ¿Cómo nació esta iniciativa de reforestación?
—La idea es tener algarrobos y sembrar debajo para evitar que crezcan malezas. Este año no se pudo porque llovió poco y fue un año de sequía, pero el objetivo es ese: sembrar y que no crezca maleza.
—¿Cómo enfrentan la escasez de agua, que es vital tanto para el monte como para la comunidad?
—Sufrimos mucho por el tema del agua, sobre todo para el consumo humano. Hay semanas en las que no tenemos agua de red y debemos salir a buscarla afuera. Ahora estamos reforestando para ver si mejora algo. Llevamos muchos plantines al campo, aún están pequeños, pero tengo fe de que crecerán y aportarán oxígeno y precipitaciones.
—¿Creés que la reforestación con algarrobos puede sostener el futuro de la cooperativa?
—Sí, es el futuro. La idea es poner cortinas de algarrobo para protegernos de los vientos fuertes y para favorecer las lluvias y el oxígeno. Alrededor de la cooperativa hay muchos campos desmontados y el viento es muy fuerte.
—Desde tu liderazgo y el trabajo con otras mujeres, ¿qué oportunidad productiva ven como horizonte?
—En cuanto al algarrobo, queremos llegar a producir harina de algarroba en el futuro cercano.

En el vivero y junto a la cisterna, Mara vinculó la restauración con una necesidad inmediata: gestionar agua para animales, huerta y plantines.
“Esta es una cisterna. La hicimos para juntar agua del techo para los animales, para la huerta y para regar los plantines”, explicó. En ese contexto, la reforestación surge como una forma de recuperar condiciones de vida ante un clima que, según describió, alterna lluvias e inundaciones en algunos momentos y, en otros, impone sequías y retrasa la siembra.
Durante la recorrida junto a Infobae, Mara comentó que, además de algarrobos, la cooperativa cosechó lapachos para plantar a la orilla del camino. El algarrobo tiene espinas y, con el viento, “caen las espinas y producen daños en los neumáticos de las motos o vehículos”. El lapacho, en cambio, “no tiene espinas”, brinda sombra para quienes caminan y aporta su floración.

También detalló cómo la variabilidad climática se tradujo en extremos y afectó el terreno: en las zonas bajas de la cooperativa “corre el agua como si fuera un canal, un río” y llega a entrar en algunas casas porque “viene de todos los campos desmontados”.
Como respuesta, dejan ramas de las desmalezadas para frenar el escurrimiento y evalúan canales para desviar el agua. Sobre el calendario climático, Mara identificó “las lluvias más peligrosas” entre marzo y abril y señaló que la sequía retrasa las siembras hacia enero; si las lluvias se corren, explicó, los cultivos quedan más acotados y aparece el riesgo de heladas hacia mayo.
El biólogo argentino Alejandro Brown, presidente de la Fundación ProYungas, expuso su enfoque sobre conservación y desarrollo productivo en su libro “Argentina sustentable. El Norte grande”.

“Hace 25 años fundé ProYungas con la idea de trabajar en la conservación de las yungas o selvas de montaña en las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy, que se extienden hacia el norte para cruzar América”, sostuvo.
En esa línea, planteó una premisa que, según él, ordena el debate ambiental en territorios productivos: “La producción necesita de la naturaleza, pero la naturaleza también necesita de la producción porque es la que se está haciendo cargo de protegerla”.
Brown afirmó además: “Creo que en el país hay más naturaleza resguardada en manos del sector productivo que en todo el sistema de Parques Nacionales y áreas protegidas provinciales”. Y agregó: “Nuestra tarea es ir reconociendo y poniéndolo en valor”.

Estimó que al 15% de la superficie silvestre protegida por el Estado habría que sumar “otro 15%, o más, bajo custodia de las empresas”. Con ese criterio, el país estaría cerca de cumplir la meta 30+30 propuesta por las Naciones Unidas para proteger el 30% de la superficie terrestre y oceánica del planeta para 2030.
En su libro “Un ecosistema vital para el desarrollo sostenible”, Brown define al Gran Chaco como una de las áreas más ricas en biodiversidad del mundo, por su rol como regulador del clima y proveedor de servicios ecosistémicos. Esa función puede contribuir a la mitigación del cambio climático, ayudando a captar carbono y regular los ciclos de agua.
El Gran Chaco es la ecorregión forestal más extensa de Argentina, con unos 25 millones de hectáreas y, según el libro, en las últimas décadas concentró entre “el 80% y el 90% de la expansión de la frontera agropecuaria. Entre 2000 y 2010, esa expansión avanzó a una tasa de más de 200.000 hectáreas por año”.

En otro tramo, el texto menciona la implementación de las Otras Medidas Eficaces de Conservación basadas en Áreas (OMEC) como herramienta de conservación que incorporó espacios gestionados por comunidades, organizaciones y sectores productivos, y resumió ese enfoque en una idea: “producir conservando”.
Fernando Semenza, técnico ambiental de ACDI, explicó a Infobae: “Acompañamos desde ACDI a la Cooperativa Fraile Pintado en diferentes procesos vinculados al manejo sostenible del bosque, la conservación del bosque nativo y la identificación de las principales causas asociadas al cambio climático“.
En su diagnóstico, un impacto visible en la comunidad de Vinalito es la variabilidad climática extrema. “Vivimos este territorio particularmente, se llama territorio de transición, ambientalmente el concepto es de transición. Es una transición entre un ambiente seco de Chaco y de yungas, de selva”, afirmó. En esa zona, añadió, “hace muchos años se vienen realizando deforestaciones por el uso de la madera y el cambio del uso del suelo”.

Semenza también destacó un aspecto de la historia productiva del lugar: “La cooperativa Fraile Pintado tiene una particularidad muy interesante, que en los años 90 presentó un plan de cambio de uso de suelo para convertir estas tierras en suelo totalmente agrícola”.
Sobre la estrategia actual, explicó que el acompañamiento técnico se apoya en una idea central: “Entendiendo que las soluciones están en el bosque y están basadas en la naturaleza”.
Detalló que trabajan en un plan integral comunitario con distintos subsistemas, entre ellos el aprovechamiento de productos forestales no madereros, como las chauchas de algarroba y su procesamiento para forraje, destinado a generar alimento de consumo humano.
En ese contexto, describió un cambio concreto en el paisaje percibido por la comunidad: “En lo cotidiano, la comunidad, en los últimos diez años, se fue encontrando con un monte distinto”. Lo definió en términos de composición ambiental: “En este territorio encontramos un monte que tiene elementos de yunga. El paisaje lo definen la vegetación, los árboles y también el suelo”.

A partir de ese diagnóstico, sostuvo: “Entender que el bosque en pie genera condiciones de vida y servicios ecosistémicos es fundamental”.
Sobre el vínculo entre comunidad y territorio, afirmó: “Porque las comunidades son el monte. El monte es una tierra viva que tiene componentes sociales, ambientales, agua, sol, viento, cultura y aprendizaje”.
Cada uno de los cuatro reportajes —estrenados el 13 de julio y publicados durante cuatro lunes consecutivos— profundiza en historias de mujeres de comunidades indígenas y un clima que cambia, a partir de un trabajo en el territorio del Gran Chaco Americano, una región estratégica para la biodiversidad de Sudamérica y especialmente expuesta a los efectos del cambio climático.

Como se detalló en la primera nota de la serie, las siguientes organizaciones de la sociedad civil fueron determinantes para la investigación de Infobae en el territorio: Redes Chaco e Impacto Verde (que articula a seis organizaciones: Fundación Pronorte, Pata Pila, ACDI Argentina, Fundación ProYungas, Fundación Gran Chaco y Avina).
Fundado en 2006 en Washington D.C., el Pulitzer Center es una organización sin fines de lucro que apoya el periodismo de calidad sobre desafíos globales mediante becas, alianzas con medios y programas educativos. Su foco está en investigaciones y coberturas de profundidad sobre cambio climático, salud, derechos humanos, migraciones, democracia, economía y desarrollo sostenible. Cada año selecciona proyectos de distintos países a través de convocatorias competitivas. Sus becas han respaldado trabajos publicados en medios de referencia y visibilizado historias que suelen quedar fuera de la agenda informativa tradicional.
*Fotos y realización en el territorio: Matías Arbotto
*Director de los episodios audiovisuales: Alejo García Sosa y equipo Media Lab Infobae
*Este artículo fue producido gracias al apoyo de Pulitzer Center