Las mujeres: trabajar más, ganar menos; por qué cargan con el peso invisible de la crisis laboral | El Dia

2026/07/12

Las jornadas laborales de ocho horas, seguidas por tiempo para el descanso, el ocio y la vida familiar, parecen haber quedado como un recuerdo de otra época. En un contexto marcado por la pérdida del poder adquisitivo, la expansión del empleo informal y la necesidad de generar múltiples fuentes de ingresos, el trabajo se extiende mucho más allá del horario formal y atraviesa todos los espacios de la vida cotidiana. Sin embargo, ese fenómeno no afecta a todos por igual: las mujeres cargan con una doble -e incluso triple- jornada que profundiza las desigualdades de género.

Así lo sostiene Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (FaHCE-UNLP), investigadora del CONICET e integrante del Laboratorio de Estudios de Sociología y Economía del Trabajo (LESET), cuyos últimos estudios muestran cómo la precarización laboral y la hiperconectividad digital impactan especialmente sobre las mujeres.

“Los tiempos de trabajo y la modalidad de hiperconexión actual afectan de manera desigual a las mujeres que a los hombres. Eso se debe a que, para que la economía funcione, es necesario tener garantizadas ciertas actividades que aún hoy son invisibles: las actividades de cuidado. Estas actividades recaen principalmente en las mujeres”, explica la especialista.

Las actividades de cuidado recaen principalmente en las mujeres. Pasan más horas en ello

Las cifras respaldan ese diagnóstico. Según el informe elaborado por el LESET junto a la Prosecretaría de Géneros y Políticas Feministas, las mujeres destinan en promedio 6 horas y 31 minutos diarios al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los varones dedican apenas 3 horas y 40 minutos. Además, el 91,7% de las mujeres realiza estas tareas frente al 75,1% de los hombres.

Pero detrás de cocinar, limpiar o cuidar niños y personas mayores existe otra dimensión menos visible.

“Cocinar, limpiar, cuidar a niños y adultos mayores, pero también un sinfín de actividades que remiten a lo que llamamos la ‘carga mental’ ocupan más tiempos de mujeres que de hombres. Ese conjunto de actividades permite garantizar lo que algunas autoras denominan la ‘sostenibilidad de la vida’”, señala Busso.

La investigadora sostiene que estas tareas son indispensables para el funcionamiento de la economía, aunque históricamente hayan permanecido invisibilizadas y fuera de cualquier remuneración.

UNA ECONOMÍA QUE OBLIGA A TRABAJAR MÁS

En los últimos años, la necesidad de complementar ingresos modificó profundamente la organización del trabajo en Argentina.

“La caída del poder adquisitivo de los salarios, vivenciada con profundidad desde la salida de la pandemia, junto con la caída del trabajo asalariado, incrementaron la necesidad de auto-generar fuentes de ingresos, multiplicando situaciones de multiactividad laboral”, explica Busso.

El fenómeno también aparece reflejado en la investigación del LESET. Entre 2016 y 2025 disminuyó la proporción de trabajadores asalariados, aumentó el empleo sin aportes jubilatorios y creció el trabajo por cuenta propia. Al mismo tiempo, los salarios reales registraron fuertes caídas, especialmente entre los trabajadores informales.

Como consecuencia, cada vez más personas combinan un empleo formal con ventas por internet, trabajos freelance, aplicaciones digitales o pequeños emprendimientos que ocupan las horas que antes estaban destinadas al descanso.

La caída del poder adquisitivo y del trabajo asalariado generó la búsqueda de nuevos ingresos

“Las personas que cuentan con un solo empleo, que permite obtener los ingresos económicos para vivir, y que trabajan ocho horas, cuentan con ocho para el ocio y otras ocho para descansar, son hoy una rara excepción. Hasta fines del siglo pasado las jornadas de 8-8-8 eran una situación habitual para trabajadores asalariados”, afirma.

Hoy, en cambio, “cada vez son más los y las argentinas que al finalizar lo que habitualmente consideraban su jornada laboral deben continuar trabajando, generando otras fuentes de ingresos para poder sobrevivir”.

CUANDO EL CELULAR NUNCA SE APAGA

La expansión de las plataformas digitales y de las herramientas tecnológicas cambió también la relación entre el trabajo y la vida privada.

“Quienes trabajan con aplicaciones, ventas online o cualquier actividad realizada mediante dispositivos no solo reducen sus tiempos de ocio sino que incluso llegan a transformar los tiempos de descanso en tiempos de vigilia, de estar alertas a una consulta o a una venta”, describe Busso.

La posibilidad de responder mensajes, concretar ventas o atender clientes desde cualquier lugar genera la sensación de una mayor flexibilidad, pero en la práctica termina extendiendo la jornada laboral durante todo el día.

“La precarización laboral, principalmente por la caída de los salarios, junto a la hiperconexión por el uso de herramientas digitales, multiplica las horas dedicadas al trabajo. La posibilidad de trabajar en cualquier lado, incluso en tiempos y espacios domésticos, da cierta sensación de facilidad de articulación entre trabajo y familia, pero termina profundizando la carga mental, justamente por la dificultad para establecer límites entre trabajo y vida familiar.”

En ese escenario, las mujeres son quienes experimentan con mayor intensidad esa superposición de tareas, ya que al empleo remunerado se suman las responsabilidades domésticas y de cuidado.

LAS DESIGUALDADES PERSISTEN

El informe del LESET muestra que las brechas de género no solo permanecen, sino que se profundizan en distintos indicadores.

La informalidad laboral alcanza al 44,5% de las mujeres, frente al 41,8% de los varones, mientras que la brecha salarial continúa siendo más amplia en el empleo informal, donde llega al 40%, frente al 25,2% del trabajo registrado. Como resultado, las mujeres representan el 64,2% de las personas con menores ingresos.

A esto se suma la persistente segregación ocupacional. Las mujeres concentran su participación en sectores históricamente feminizados como salud, educación y trabajo doméstico, mientras continúan subrepresentadas en actividades como la construcción y el transporte. También acceden con menor frecuencia a puestos jerárquicos: apenas el 4,7% ocupa cargos de dirección o jefatura, frente al 8,5% de los varones.

Las mayores dificultades aparecen en los hogares monomarentales. Ocho de cada diez hogares con un solo adulto responsable están encabezados por mujeres, quienes dedican casi diez horas diarias al trabajo no remunerado y presentan niveles superiores de informalidad y pluriempleo respecto de otros grupos.

EL DESAFÍO DE HACER VISIBLE LO INVISIBLE

Para Busso, la solución no pasa únicamente por mejorar los ingresos, aunque reconoce que ese es un aspecto central.

“Los bajos niveles salariales resultan el principal factor explicativo de la multiplicación de actividades y la extensión extenuante de las jornadas de trabajo.”

Sin embargo, sostiene que también es necesario avanzar sobre la organización social de los cuidados.

“La conformación de redes de apoyo para las actividades de cuidado permite construir estrategias colectivas que alivianan la carga. Sin embargo, la concientización y visibilización de la cantidad de actividades que hacen a la sostenibilidad de la vida resulta indispensable para colaborar en la disminución de las desigualdades de género.”

En un mercado laboral donde las fronteras entre trabajar, descansar y vivir son cada vez más difusas, el estudio del LESET pone en evidencia que la crisis no solo se mide en salarios o empleo. También se expresa en el tiempo. Y ese tiempo continúa distribuyéndose de manera profundamente desigual entre mujeres y varones.

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