Lo que Messi le gritó al mundo lo aprendió de Julia Roberts - LA NACION

2026/07/11

Supongamos que usted no vio la película Notting Hill. Entonces A) se está perdiendo una piedra preciosa del mal llamado catálogo “películas románticas”; B) a su educación emocional básica le está faltando material de consulta obligatorio; y C) vaya, véala y vuelva, acá lo espero.

Asumamos ahora que usted ya invirtió dos horas y cuatro minutos de su valioso tiempo para disfrutar de ese film de 1999. Entonces A) ya sabe que se trata de la historia de una actriz célebre de Hollywood, interpretada por Julia Roberts, que viaja a Londres a filmar una película y en el mientras tanto se enamora de un hombre común, encarnado por Hugh Grant, dueño de una librería en un barrio elegante y bohemio llamado Notting Hill; B) le causó simpatía el personaje del amigo de Grant, un flacucho llamado Spike de vida errática y humor muy británico; y C) ahora mismo se está preguntando, si osó llegar hasta esta línea del texto: ¿qué tiene que ver Messi con todo esto?

Veamos.

Hay una escena de la película que resume sencilla y magistralmente buena parte del sentido de la vida, si se le permite a este cronista tal aberrante pretensión filosófica. Ocurre cuando Anna Scott -el personaje de Julia Roberts- aparece de repente en la librería para terminar con los cabildeos que rodeaban a una relación tan incipiente como compleja, propia del encuentro entre una superestrella de cine y un muchacho anónimo y promedio. Despojada de su ego, con la voz conmovida de quien elige arriesgarse, ella le dice al tal William Thacker: “No olvides que solo soy una chica, parada frente a un chico, pidiéndole que la ame”.

No hay red abajo en ese salto al vacío. Ni flashes, ni asistentes, ni sets. No hay nada de todo lo artificial que vertebra ese mundo de fantasía. Hay una mujer enamorada que acepta con valentía que todo lo demás no importa. O importa menos. Si al final, lo que la hace sentirse viva, cuando toda esa bambolla se marchita, es lo que vale la pena. Lo trascendente. Lo que le da valor a su existencia. Lo que la anima a desnudar así sus sentimientos más profundos. Scott no es resultadista: quiere ganar, claro, pero sobre todo no quiere fallarse a sí misma. Es auténtica.

El póster oficial de la película Notting Hill

Unos meses antes del Mundial, uno que tiene a Roberts entre sus actrices preferidas dijo algo que cobra más valor ahora, cuando el mundo lo ve llorar a mares en vivo y en directo, sin preocuparse por disimular sus emociones. Ni siquiera por taparse un poco la cara. Messi dijo, en una entrevista: “Amo jugar a la pelota y lo voy a hacer hasta que no pueda más”. Los periodistas, los sociólogos, los chamanes y también las ciencias duras llevamos dos décadas analizando cada recoveco de su trayectoria, con la estúpida pretensión de explicarlo mejor que otros. O al menos de encontrar razones que nos permitan hacer un abordaje inteligente de su obra. Quien escribe ha caído en esa tentación muchas veces. Esta es una más. Le concedo no seguir leyendo...

Quizás Messi ni siquiera tenga un propósito. Sí, quiere salir campeón, seguro. Le encanta hacer goles. Disfruta del sentido colectivo del fútbol, siempre por delante de lo individual, un aprendizaje que lo acompaña desde su graduación en La Masía, las divisiones juveniles de Barcelona. Acepta que la consecuencia de que eso que hace como nadie suele ser sembrar felicidad en millones de personas que no conocerá nunca. Pero no lo busca. Viene en el dorso de su talento, nada más. Ahora bien, y aquí la tesis: lo que verdaderamente lo vuelve loco y le transforma la cara es jugar a la pelota. Lo dice él mismo: esa frase es tan potente porque remite a la infancia, la verdadera patria. Pelota, no fútbol. Fútbol es otra cosa: responsabilidades, concentraciones, viajes, obligaciones comerciales, contratos, entrevistas, fotos con presidentes, bla bla bla.

Las lágrimas de un hombre conmovidoAníbal Greco / Enviado Especial - LA NACION

Messi quiere jugar a la pelota. Como cuando era chico, hasta que se haga de noche y ya no se vea nada. Como si todavía lo esperara la abuela Celia en la puerta de la cancha de tierra de Abanderado Grandoli, en Rosario. No hay más que eso. El amor desesperado por algo, la pasión. Lo que está en la esencia, lo que no cambian los años vividos ni el viaje de hijo a papá. Ni la gloria de Qatar, la foto del álbum por la que peregrinó por el mundo entero. Jugar a la pelota es la pureza, la verdad. Lo que queda cuando el star system deja de parpadear. Es Anna Scott abriendo la puerta de la librería.

Llora Messi y convierte hasta los que eran ateos de la selección, como escribió Francisco Schiavo en LA NACION. ¿Y por qué llora? “Porque sentía culpa por el penal errado”, dirá. Miente. Llora porque casi si queda sin su juguete. Son las últimas rondas del nene de 39 en ese eclipse cuatrienal llamado Mundial. Lo mata ser consciente de que en esa calesita a la que ya se subió seis veces no le quedan muchas vueltas. Y cada una puede ser la última. El martes contra Egipto, hoy contra Suiza, tal vez otra, con suerte en la final del domingo 19. Quién sabe. Pero se termina. ¿Y qué va a hacer después? No puede saberlo. No quiere pensarlo. Mejor estirarlo todo lo que se pueda, como esas remeras para dormir que ya no aguantan más. Pero a uno le gustan, y qué tiene de malo.

En los últimos años, la idea de qué será del fútbol sin Messi es una discusión que entusiasma en cualquier mesa. Ni hablar de un nombre más propio: qué será de la selección sin Messi. Es curioso, pero el tema atrasa 30 años. Ya una vez el fútbol argentino se preguntó lo mismo, y se llegó a postular la brillante idea de retirar la camiseta número 10 de Argentina porque nadie iba a honrarla como Maradona. Imagine usted si Messi hubiera tenido que usar la 11. Un chiste sin risas. Así que calma, el mundo seguirá girando y la selección será siempre un fuego identitario nacional. Y vaya a saber, tal vez los planetas vuelven a alinearse para darle a esta tierra un genio tan genio como aquellos.

Un mural del niño Leo en Rosario

El punto es otro. No tanto que vamos a hacer sin él, sino qué va a ser él sin nosotros. Que se entienda el atrevido uso del pronombre en plural: nosotros venimos a ser los depositarios de su obra. Aquellos que, por carácter transitivo, recibimos las regalías de su talento. ¿Qué hará Messi el día que definitivamente claudique el camino del héroe y entre en fase de reposo? ¿Cómo hará para sobrevivir sin la selección? ¿Y sin el fútbol? Malo sería que los que lo rodean no lleven años dedicados a estudiar qué herramientas necesitará entonces. Significaría que ese ejército de allegados no está haciendo bien su trabajo: protegerlo. Aunque le cabe un alivio: siempre le quedará jugar a la pelota.

Cuando Julia Roberts filmó Notting Hill, Messi tenía 12 años. Le faltaba uno para subirse a un avión con su papá rumbo a la aventura catalana. Una vez se encontraron en Madrid. Ella estaba en la ciudad filmando una película y en el mientras tanto fue a la cancha, invitada de honor en un palco del Santiago Bernabéu. Vivió una noche inolvidable de fútbol, que Messi coronó con un golazo en el último minuto, que le dio a Barcelona un épico triunfo contra Real Madrid. Más tarde, la dama se sacó una foto con las estrellas de los dos equipos. En la que está con Messi, los dos sonríen en serio, sin poses. “Conocí a una de mis actrices favoritas”, dijo él. “Sé perfectamente quién es. Mis hijos juegan al fútbol, así que la palabra Messi se usa mucho en mi casa”, dijo ella.

Nadie sabe si hablaron de la película. Se presume que no por una sencilla razón: ella no habla español, él no habla inglés. Pero no hizo falta. Porque, permítaseme la última burrada, Anna Scott y Lionel Messi sintonizan el mismo idioma. Uno que no necesita palabras pero en las paredes se dibuja con color rojo.