Personalmente no concebía otra realidad que no fuese adorar a Goku por encima de cualquier otro personaje de Dragon Ball, sólo utilizando a Gohan como segunda opción, pero lo cierto es que, como ya hemos visto con el caso de Vegeta, había fans para todos los gustos. Desde los que elegían a Piccolo como personaje favorito hasta los de Trunks, los expertos en psicología coinciden en que los que eligieron a Krilin tienen algo especial.
El eterno segundón, el personaje que contiene el cuestionable récord de ser el que más veces han tenido que resucitar en toda la saga, se convirtió para muchos en su favorito antes incluso de verle triunfar al casarse con el androide C-18. La psicología apunta que, quienes se acercaron a Krilin por ser ese vulnerable pelón sin nariz en un escenario plagado de dioses guerreros, tomaron una sabia elección que les da ventaja frente al resto.
La lección de Dragon Ball y la Teoría de la Comparación Social
Para entender el porqué no hay que ir a los inicios de la historia ideada por Akira Toriyama, toca acudir al año 1954 y al estudio del psicólogo Leon Festinger. Además de tener nombre de villano de Dragon Ball, al famoso profesor de la Universidad de Stanford le debemos la Teoría de la Comparación Social. Un concepto que tal vez hayas escuchado justo ahora por primera vez, pero que te lleva acompañando durante toda la vida.
Festinger mantenía que, a nivel psicológico, las personas evaluamos constantemente nuestra posición social mediante la comparación con quienes nos rodean. Gracias a ello no sólo entendemos hasta dónde llegan nuestras capacidades y dónde están nuestros límites, sino que también entramos en una dinámica de superación o relajación necesaria para vivir en sociedad.
La teoría, que fue creciendo de psicólogo en psicólogo, separaba esa comparación en dos grupos. Estaba la comparación descendente, la de mirar al resto por encima del hombro para asegurarnos que no estamos tan mal y que hay otros peor que nosotros, y la comparación ascendente. Seguro que ya sabes por dónde va esa, pero digamos que es la de la envidia de ver cómo el resto triunfa mientras nosotros nos quedamos atrás y, en cierto sentido, nos motiva a seguir adelante.
El problema es que ese sistema psicológico con el que vivía Krilin, luchando para intentar mejorar aunque supiese que nunca alcanzaría el nivel de un Super Saiyan guerrero del espacio, a día de hoy está completamente roto y ha dejado de tener sentido, pero sigue funcionando igual que antes.
Lo que servía para compararte entre quienes vivían en tu misma cueva, a nivel evolutivo ha dejado de tener sentido cuando la globalización de internet y las redes sociales hacen que te estés comparando constantemente con gente de todo el mundo. Entre ellas miles de vidas adornadas por filtros de Instagram y creadores de contenido que viven de la mentira que rompen por completo ese sistema.
Lo que Krilin nos enseñó sobre vivir entre multimillonarios y gymbros
En una época en la que somos plenamente conscientes de hasta qué punto hemos nacido con una lotería genética, de familia, de contactos, de dinero o de salud que muy probablemente no ha ganado el gordo en ninguna de las categorías, esa comparativa evolutiva ya no tiene sentido. Enfrentarse a la idea de que entrenando mucho puedes alcanzar a Goku, o al multimillonario que te restriega por la cara cómo el esfuerzo le ha llevado al éxito aunque lo haya heredado todo, hace que la respuesta emocional sea demoledora.
Si los seguidores de Krilin cuentan con una ventaja inesperada en esa comparativa es por lo que los psicólogos Geoff Kaufman y Lisa Libby presentaron como experience-taking, el fenómeno mediante el que, como espectadores, nos introducimos en la cabeza de los personajes.
La teoría mantenía que, frente a la exposición a ciertos personajes durante mucho tiempo, tendemos a hacer nuestras sus respuestas emocionales. Lo que vieron aquellos niños al sentarse maravillados ante la resiliencia de Krilin no fue sólo un espíritu de lucha también una aceptación que cada vez resulta más valiosa en estos tiempos que corren.
Son los que aprendieron que está bien con no ser el número uno de la clase, ni el que más dinero gana en la empresa, ni el que es el más guapo y rico de todas las redes sociales. Aquellos críos estaban interiorizando, sin saberlo, un amor propio en el que lo más valioso era respetar y ser respetado mientras disfrutabas de lo que te rodeaba.
En un entorno en el que el bombardeo del triunfo es constante, poniéndonos la miel en los labios una vez tras otra para que queramos ser como Goku pese a ser otro Krilin más, el adulto que aprendió de niño que el simpático calvo sin nariz era tan valioso como el resto para salvar la Tierra a pesar de sus limitaciones, hoy lidia muchísimo mejor con problemas como el síndrome del impostor, la envidia tóxica o los dramas de salud mental que las redes alimentan a paladas.
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