
“Yo a esta historia la voy a contar como sea”. Luisana Lopilato parece apoderarse por un instante de la determinación de Pepita La Pistolera y la frase retumba todavía más en la elegancia que proyecta un coqueto hotel de la Recoleta de Buenos Aires ambientado para la ocasión. La referencia es para la mujer nacida como Margarita Di Tullio, una leyenda de la criminología argentina, cuya vida forjada en la oscura Mar del Plata de mediados de los 80 se propuso retratar hace ya seis años. No hubo pandemia, ni problemas de derechos, ni cuestionamientos éticos, ni paqueterías que la hicieran dar marcha atrás con el proyecto. Lo tenía entre ceja y ceja con el respaldo de las convicciones más profundas. Quería pegar un volantazo en una carrera tan sólida que sentía que empezaba a aburrirse. Necesitaba volver a sentir la adrenalina y el temor que solo se palpitan antes de un salto al vacío.
A su lado, Lucía Puenzo asiente y aguarda el momento para contar su parte de la historia. Es un mediodía casi primaveral y, a solas con Teleshow, comparten de primera mano los secretos sobre cómo se construyó una de las películas del año. La directora siempre estuvo en el radar de la actriz devenida en productora desde que se propuso encarar esta aventura. Confió en su representante Javier Furgang —“el que me banca en todas mis locuras”— y emprendió junto a él un trabajo de arqueología para ver cómo se podía contar esta historia. Y así dieron con Lucas Jinkis, quien tenía los derechos para filmar la vida de Pepita La Pistolera, ligada a lo más intrincado del mapa delictivo de la Mar del Plata de finales del siglo pasado.
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Delincuente o justiciera, según quién cuente la historia, en su prontuario conviven la prostitución, la venta de drogas, los nexos con las altas esferas judiciales y políticas, la exposición mediática y todas las leyendas que puedan surgir en los submundos que supo transitar. Donde coinciden tanto admiradores como detractores es en que logró hacerse respetar en un mundo marginal en el que los hombres hacían y deshacían, y para ello tuvo que moldear su espíritu y su carácter; acaso el desafío mayor que enfrentaron la protagonista y la directora cuando se pusieron a trabajar.
Luisana siempre pensó en Lucía como la directora de esa obsesión que para ese momento ya había cobrado forma. No habían trabajado juntas, pero Luisana vio algunas señales que la guiaron definitivamente hacia ella, como si fueran dos espíritus artísticos que inevitablemente se iban a cruzar. “La llamé pensando que me iba a decir que no”, admite la actriz, ahora en su rol de productora. En cambio, obtuvo un sí casi inmediato. Y esa Pepita ya tuvo quien la moldeara. “Cuando se sumó, el proyecto tomó otra dimensión y todo mejoró: la historia, lo que se quería contar, la imagen de la película”, elogia Luisana. Y este relato visual se convirtió para la directora en su propia obsesión.
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Como mujer que creció en los 90, Lucía vivió la explosión mediática de Pepita la Pistolera en tiempo real, y lo construyó con su propio recorte. “Pepita fue muchas Pepitas”, sentencia y pasa a explicar cómo la pensó para retratarla: “Lo que a mí me interesaba era ese Mar del Plata portuario y frío de finales de los 80, esa Argentina donde los derechos de las trabajadoras sexuales estaban por el piso y las mafias policiales hacían con ellas lo que querían”, contextualiza.

Para ello, fue necesario un recorte, siempre anclado en la historia real, pero utilizando las herramientas discursivas que ofrece el cine. “Sin hacer spoilers, la película termina prácticamente en el nacimiento del mito. Y nos atraía mucho esa génesis: contar por qué surge este personaje que se anima a desafiar a todo, al punto que abre un boliche propio para sacar a las mujeres de la calle y protegerlas”. Para la directora, esto no hace más que ensalzar la complejidad que tiene una figura como la de Pepita: “Ella no es una heroína, pero sí alguien de quien el espectador puede enamorarse de una manera incómoda”.
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“Lo lindo del resultado es que, más allá de que muchos la conocen por los recortes policiales y por el mito, como decía Lu, se ve una mujer en el contexto que vivía, con las situaciones que vivía”, recapitula la protagonista. “Se ve una mujer fuerte, por momentos no tanto; a veces empoderada, a veces no tanto. Y en esa época dominada por los hombres se cargó todo al hombro, enfrentó a quienes tenía que enfrentar para hacer un refugio para las mujeres y sacarlas de la calle”.

Desde aquel primer llamado en modo productora, la actriz dejó en claro su entrega absoluta al proyecto: “Transformame en lo que quieras, estoy para dar el salto”, le dijo a Lucía. El problema era que Luisana Lopilato no se parecía en nada a Margarita Di Tullio —ni física, ni estética, ni espiritualmente— y no estaba segura de poder lograrlo actoralmente. Otra vez los miedos. Otra vez, el motor definitivo de esta historia.
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—¿Qué te pasaba internamente mientras te ibas transformando en Margarita?
Lopilato: —Fue un proceso que disfruté mucho, aunque tenía mucho miedo, que era exactamente lo que quería que me sucediera. A medida que avanzaban los ensayos, me iba encontrando más. Al principio le tenía miedo a Lucía también, porque no la conocía tanto, pero ella tiene algo que te hace sentir cómoda de inmediato: cualquier cosa que parezca incomodísima, ella viene y te lo resuelve con una sonrisa y lo terminás haciendo casi sin darte cuenta. A veces volvía al hotel después de un día largo de filmar y pensaba: “¿Qué hice? Esto no lo va a poder mirar mi mamá”. Pero cuando vi el resultado, ya no había vuelta atrás.
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—¿Y tu marido te dijo algo?
—Él estaba ahí mientras filmábamos y mi familia me acompaña siempre en todas las decisiones que tomo. Trabajo desde muy chica y las necesidades van cambiando a medida que voy creciendo como mujer, como mamá. Y me encontré en una etapa de contar algo diferente.
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La transformación de Luisana en Marga fue total y Lucía lo cuenta con admiración. “La forma de hablar la trabajamos mucho: no solo la prótesis le hace hablar distinto, sino que reaprendió a hablar, reaprendió a moverse. Le cambió toda la corporalidad: cómo fuma, cómo chupa”. Se trató de un entrenamiento y un trabajo muy detallista en el que Luisana recuerda que tuvo que aprender a disparar “todo tipo de armas, hasta ametralladoras”.
En simultáneo, se formaba el elenco con actores de diferentes formaciones y orígenes, como Charo López, Camila Peralta, Claudio Tolcachir, Marcelo Subiotto y Alberto Ajaka, que conformaron una troupe ecléctica y necesaria a la que se sumaron trabajadoras sexuales y actrices de la industria del porno convocadas desde el principio. “Si íbamos a contar esta historia, teníamos que contarla desde adentro; era una manera de que las trabajadoras sexuales no sigan estando marginadas, sino que trabajen con nosotras”, explica la directora.
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—¿Tuvieron diálogo con la familia de Margarita?
Puenzo: —Sí, todo tipo de contacto. Los hijos venían a visitarnos al set. Después nos contactaron familiares lejanos porque, ni bien se supo que estábamos filmando, empezamos a conocer todo tipo de historias.
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Lopilato: —Y ahí me terminé de empapar de quién era ella realmente porque a cada lugar que iba alguien tenía alguna historia para contar de Pepita. Desde una masajista que vino al set, hasta el taxista que me llevó a una locación. Todo el mundo decía: “Yo estuve con ella, una genia, me daba plata, me ayudaba, me fiaba, me hizo este favor”. Había poca gente con comentarios negativos, porque también los hubo.
—¿Cómo desarrollaron la investigación periodística para construir el guion?
Puenzo: —Lo escribimos con Andrés Gelós y Natacha Caravia y nos metimos de cabeza en la historia, investigamos múltiples posibilidades. A mí no me gustan los biopics clásicos que toman décadas enteras de la vida de alguien, y siempre supimos que no queríamos ir por ahí. Muy rápido supimos que el momento que nos interesaba era ese Mar del Plata de fin de los ochenta, invernal, y que detrás del supuesto mito del Loco de la Ruta que asesinaba trabajadoras sexuales se escondía una mafia policial, el desamparo estatal, cosas mucho más poderosas: esa era la película que me interesaba contar. Y enseguida nos pusimos de acuerdo con Luisana en que este era el corte que nos interesaba.

—Se ve en la película una decisión clara de evitar la parte más mediática y reconocida de Pepita.
Puenzo: —Absolutamente desde el primer momento. Cuando le propuse ese corte a Luisana, era jugado: de toda la historia de Pepita la Pistolera, vamos a contar nueve meses muy particulares: la mitad de un embarazo, un parto y los primeros meses de un bebé en medio de un policial oscuro.
Lopilato: —Lo que más me gustaba contar es lo que llamo la noche del accidente. Lo del embarazo al principio no estaba, y cuando Lucía lo propuso, todo sumó. Ver a una mujer embarazada pasando por todo lo que pasó es muy fuerte. Y cómo se defendió y de dónde sacó las herramientas para hacerlo.
Puenzo: —Hicimos traiciones a la cronología real, y no están muy ocultas. El mito del Loco de la Ruta ocurre en realidad años después. Claramente, esta es una ficción alimentada por hechos reales, y desde ese lugar está montada su estructura dramática.

—“Heroína, criminal o leyenda” se pregunta el avance de la película. ¿Cuál es la mirada de ustedes después de haber transitado todo este proceso?
Lopilato: —El guion pasó por momentos de no quererla, de medio quererla, de quererla mucho. Y creo que salís queriéndola, sabiendo lo que vivió, lo que le pasó y las herramientas que tuvo para resolverlo. La película no juzga ni condena, me parece que acompaña estos nueve meses.
Puenzo: —Tuvimos cuidado de no romantizarla. Pepita en el resto de su vida se fue poniendo cada vez más oscura, y cualquiera que investigue lo va a ver. Pero a mí me interesan los personajes complejos, las oscuridades; me gusta ver la gestación de algo que después dialoga con lo que está fuera de la película. Quien quiera saber qué pasa después de la imagen final puede ir a investigar.
Lopilato: —Hay algo de los hechos reales que me gusta y me atrae para ver. Quería contar esa famosa noche, que de alguna manera estuviera en la película. Después, no me imaginé en lo que terminó siendo la historia ni en mi propia transformación.
Puenzo: —Los personajes y las historias tienen que leerse desde su contexto y esta historia se entiende desde los finales de los 80 en Argentina, pero dialoga mucho con el presente. Hay algo de este personaje desprotegido, sin derechos laborales, que aun así se organiza y cuestiona las bases del amor y del sexo. Mujeres que dicen: “nos reinventamos, nos protegemos, nos organizamos”. Solo esas palabras ya son un montón en el contexto de fines de los 80 y creo que va a generar conversación con lo que ocurre en el 2026.