Martín Eandi: “Argentina mejora, pero la gente no lo siente en el bolsillo”

2026/10/03

La economía argentina atraviesa una paradoja: mientras algunos sectores vinculados con la energía, la minería y las exportaciones impulsan el crecimiento, el consumo masivo continúa sin recuperarse. Esa distancia entre los indicadores macroeconómicos y la vida cotidiana empieza a modificar las expectativas y el comportamiento de los consumidores. Martín Eandi, director de la consultora Moiguer, explicó que el fenómeno se refleja en las compras, en la planificación familiar y en la manera en que los argentinos administran sus ingresos. En una entrevista, describió el surgimiento de un consumidor que restringe gastos básicos, pero busca pequeños momentos de satisfacción, y analizó el impacto de ese escenario sobre el humor social y las expectativas políticas.

—El informe de la consultora lleva un título muy contundente: “Argentina mejora, yo no”. ¿Qué encontraron?
—El informe surge de un estudio que hacemos periódicamente como base para nuestros trabajos. Somos una consultora estratégica para marcas y nos nutrimos de esta información para entender qué le está pasando al consumidor y, a partir de ahí, desarrollar recomendaciones. Lo que estamos viendo en la Argentina es una macroeconomía que viene creciendo desde 2023, sobre todo impulsada por la minería, la energía, las exportaciones y el agro. En paralelo, por primera vez en el siglo XXI vemos que el consumo masivo, lo que son las ventas de supermercados y autoservicios, va en un sentido contrario. En vez de crecer al ritmo de esa economía, se desinfla. Sobre todo este año, cuando se esperaba un crecimiento un poco mayor del consumo, la tendencia sigue siendo levemente negativa, partiendo de un piso bajo que fue la caída de 2024. En esa división, en ese desacople, la gente empieza a entender que la mejora del país no va a llegar a su hogar, por lo menos en el corto plazo. Y ahí empieza a perderse cierta visión de futuro.

—¿Cómo se refleja esa pérdida de expectativas?
—Lo vemos en paralelo con la caída de las expectativas a futuro. El indicador que medimos mes a mes pregunta cómo creen que va a estar el país dentro de 12 meses. En el primer trimestre de 2025 teníamos un 52% de expectativas positivas y ahora cayó al 39%. Por el contrario, creció del 28% al 41% la idea de que va a empeorar. Por primera vez esas dos curvas se cruzan y ese futuro pierde fuerza como organizador del presente. Antes, durante estos últimos 30 meses, la idea era: “Me ajusto un poco, veo y la situación va a ir mejorando”. Ahora empieza a instalarse la certeza de que la plata o el poder adquisitivo no están rindiendo de acuerdo con lo que uno necesita para llegar bien a fin de mes. Aumentaron los gastos fijos con la quita de subsidios de los servicios y empieza a complicarse la economía cotidiana. La gente puede ver que hay cada vez más fracturas en Vaca Muerta y que estamos exportando más petróleo, pero en los focus groups lo que aparece es otra cosa: “La nafta me sigue subiendo, el gas me sigue subiendo”. No estoy viendo ese crecimiento en mi vida cotidiana. Todo el combustible que exportamos acá lo pago más caro, incluso que en otros lugares.

—¿Qué diferencia observan entre el crecimiento económico y el consumo?
—La clase media argentina está viendo que la macroeconomía no para de crecer, aunque este mes se haya estabilizado un poco. Se espera un crecimiento del 2% al 3% del PBI para este año. En cambio, para el consumo masivo se espera que esté en torno de cero o de menos 1% respecto de 2025, que tampoco fue un gran año.

—Durante mucho tiempo se habló de atravesar un desierto de sacrificios para llegar a un mañana mejor. ¿Ese relato quedó destrozado?
—Esa metáfora la conversamos mucho para entender qué estaba pasando en los focus groups y en las entrevistas que hacemos mensualmente con la gente. Pareciera que, lejos de quedarse quieta, la gente tomó la certeza de que la situación es la de ahora y, de alguna manera, empezó a vivir en ese desierto. Entonces despliega una serie de técnicas y estrategias para seguir disfrutando y poder cubrir los gastos que tiene el hogar. Llamativamente, en lugar de crecer lo que llamamos el consumidor restrictivo, creció mucho lo que denominamos el consumidor compensador. Nosotros tomamos dos indicadores: si tuvo que recortar gastos del presupuesto del hogar durante el último mes y si pudo hacer algún gasto suntuario, alguna compra por fuera de lo básico. El consumidor compensador es aquel que recorta gastos, pero se sigue dando gustos o mantiene algunos consumos que están fuera de lo básico.

—¿Cómo se manifiesta ese consumidor compensador?
—Con el cambio de los precios relativos aparecieron posibilidades de acceder a compras que antes eran mucho más caras porque estaban dolarizadas o no estaban permitidas. El caso paradigmático son Temu, Shein y las compras en el exterior. Por 30.000 pesos uno puede comprarse una remera y un pantalón. La gente empieza a comparar: por ahí no me voy a morir si compro una segunda marca, pero me guardo esa plata para hacerme esta compra o para comprar en el exterior. También aparecen los bazares chinos, que fueron proliferando en los últimos meses en todas las ciudades. Ahí uno puede llevarse tres o cuatro cosas lindas por 20.000 o 30.000 pesos. Como decía una mujer en uno de los grupos, es una manera de “ser feliz por un rato”.

—¿Y qué significa ese consumo en términos de satisfacción?
—Eso surge de las propias palabras de la gente. No sé si necesariamente es disfrutar, pero dicen: “Recorrí el bazar chino, compré dos cositas, fui feliz por un rato, me olvidé de mis problemas”. Otro punto interesante es que empiezan a cambiar las referencias de valor. Hicimos un ejercicio que comparaba qué podía comprar un salario promedio en 2022 y qué puede comprar en 2026. Ahí vemos grandes diferencias. Las cuestiones básicas se han vuelto más caras. En 2022, un salario promedio compraba 156 kilos de carne; hoy compra 95. Sin embargo, los productos dolarizados se abarataron. Un iPhone es más accesible y también un par de zapatillas de primera marca. En 2022, un salario promedio podía comprar 3,4 pares; hoy puede comprar más de diez. Entonces, los productos que antes eran importados y terminaban siendo bastante más caros se hacen más accesibles. Aparece este lugar de la compensación y el consumidor empieza a exigirle a las marcas y a los productos que cambien su ecuación de valor.

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—¿Qué hace que un gasto valga la pena para el consumidor?
—Empieza a comparar un tanque de nafta contra un par de zapatillas, una salida a comer de tres personas en un lugar de comidas rápidas o comprar una air fryer. Ahí empieza a cambiar la ecuación para el consumidor. Las marcas tienen que empezar a pelear ya no solamente contra sus competidores, sino por cada peso que tiene el consumidor en el bolsillo.

—¿Qué expectativas tiene la gente para los próximos meses? ¿Aparecen las vacaciones de verano entre los planes?
—En el marco de la caída de las expectativas y de la visión a futuro, se ha vuelto mucho más corta la planificación. Aparece gente que, dentro de este espacio de separar algo para consumos gratificantes o que dan lugar al deseo, empieza a pensar: “En el verano nos vamos a mover un poco”. Si uno mira los datos de CAME de los últimos fines de semana largos, e incluso de las vacaciones de invierno, la tendencia es que tenemos entre un 5% y un 6% más de movimiento de gente, pero cuando vamos al gasto promedio por viajante termina siendo más bajo. Sigo haciendo ciertos consumos, no termino de abandonarlos o incorporo consumos bastante económicos que me brindan satisfacción, pero la erogación termina siendo más baja. La tendencia es más viajes, pero más gasoleros, entre comillas.

—El informe señala que la caída de las expectativas no es homogénea y que la protagonizan quienes más habían sostenido el optimismo: los sectores de mayores ingresos y los jóvenes. ¿Puede modificarse ese escenario?
—Será una cuestión de ver cómo este segmento vuelve a ser reconquistado. Son los sectores que más empujaban al optimismo. Cuando se produjo el triunfo del Gobierno se hablaba de cómo los jóvenes habían motorizado ese resultado, con esta idea de que necesitábamos una visión de futuro. Esa idea empezaba a traer el Gobierno. Con este desinfle y el contexto actual, los jóvenes han profundizado de alguna manera su situación de vulnerabilidad. Lo vemos en los indicadores del mercado laboral, con altos niveles de informalidad y mayores niveles de desempleo que el resto de la población. También lo veíamos en los datos de deuda y mora: los jóvenes tenían un espacio importante en la mora en relación con las deudas. Va a ser un segmento que el Gobierno tendrá que reconquistar o retomar de cara a las próximas elecciones. Sigue siendo el que tiene mayor optimismo, más allá de esto, pero es el segmento que más ha perdido una masa de gente que se decepcionó o empezó a transitar un presente más difícil.

—¿Cuánto demoró en producirse este cambio en las expectativas? ¿Fue rápido o gradual?
—Dentro de la actual gestión encontramos el pico más positivo en los primeros meses de 2025. Desde ahí, con algunas subidas y bajadas, hubo una leve caída constante, pero empezó a profundizarse a partir del segundo trimestre de este año.

—¿Se instaló una nueva certeza: que el crecimiento del país no necesariamente se traduce en bienestar individual?
—Es un poco lo que empezaban a expresarnos los consumidores en los focus groups. La idea es: “Yo no puedo seguir esperando que el país, el bienestar del país o lo que pasa en la macroeconomía me llegue. No puedo quedarme quieto, tengo que empezar a transitar este presente con las dificultades que hay”. Y eso también está atado con lo que mencionabas en torno del Gobierno. No en todos los casos hay gente que termina siendo opositora. Es como decir: “Bueno, es lo que hay, es lo que toca vivir”. Por ahí está el voto cuando lleguen las próximas elecciones. No todo se traduce punto por punto en un castigo hacia el Gobierno. Depende de los sectores, obviamente, pero es un poco el clima que percibimos hacia este tercer trimestre: siguen viendo las noticias del crecimiento de la macroeconomía, pero eso no termina de redundar en su realidad cotidiana.