‘Me emociona haber sido el obrero de este camino de piedra’: a los 30 años de su oro olímpico, Jefferson Pérez revive la hazaña que abrió la era dorada del deporte ecuatoriano

2026/07/26

Aquel viernes 26 de julio de 1996, cuando la mañana de Atlanta quemaba el asfalto con un calor sofocante, Ecuador se despertaba sin saber que su historia deportiva estaba a punto de cambiar.

A las 06:00, solo unas 150 o 200 personas en todo el país -los entrenadores, los familiares y los propios atletas de marcha- conocían a fondo la dureza de esa disciplina. A las 10:00 de ese día, millones de ecuatorianos habían descubierto la disciplina y celebraban el primer triunfo olímpico en la historia del país, como recordó Jefferson Pérez en una entrevista con EL UNIVERSO.

Dos días antes de la prueba, durante el reconocimiento oficial de la ruta, el marchista cuencano de 22 años se bajó del autobús para recorrer el trayecto a pie.

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Absorto en sus pensamientos, dejó ir el transporte. Cuando su entrenador, Enrique Peña, llegó angustiado a buscarlo y lo encontró, Jefferson tenía la mirada fija en un punto clave del circuito: un puente ubicado a solo un kilómetro de la meta.

A él le hizo una promesa con la certeza de quien no tiene margen para dudar: “Si llego acompañado a este puente, no me van a ganar. Estoy dispuesto a morir por mi país”.

El día de la competencia, cuando el pelotón cruzó esa precisa marca de hormigón, Pérez marchaba hombro a hombro con el ruso Ilia Markov y el mexicano Bernardo Segura.

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Para Jefferson Pérez, la marcha de élite no se compite únicamente con las piernas; se sostiene en tres planos mentales fundamentales: el lógico-matemático (donde se calcula fríamente el ritmo, el gasto de líquidos y el impacto de la temperatura), el emocional (el aliento de los recuerdos que sostiene al atleta cuando la musculatura colapsa) y el espiritual.

Al pisar el puente, a la mente de Jefferson no vinieron los números ni el cansancio, sino las palabras del padre de un amigo entrañable fallecido apenas tres semanas antes en Cuenca, quien tras el sepelio lo abrazó para decirle: “Jeff, cuando estés compitiendo en Atlanta, acuérdate de mi hijo. Él desde el cielo te va a ayudar”.

Fue en ese preciso instante cuando Jefferson apretó el paso, se despegó del grupo con la zancada firme y extenuante, y se dirigió en solitario al túnel del Estadio Olímpico Centenario.

Las piernas fatigadas y empapadas de sudor avanzaban con la fuerza de un país entero sobre los hombros. Al cruzar la penumbra del túnel e ingresar a la luz del estadio, un solo pensamiento inundó su mente: “Señor, no tengo nada más que ofrecerte que mi esfuerzo. Acepta mi ofrenda”.

Con un tiempo final de 1 hora, 20 minutos y 7 segundos, cruzar la meta no solo significó ganar la medalla de oro; significó romper el sello de lo “imposible” que durante décadas había pesimizado al deporte nacional.

Los 53 segundos de voluntad

Ganar aquella presea dorada hace tres décadas parecía una utopía. En una época sin avances tecnológicos, sin programas estatales de apoyo ni financiamiento privado, el entrenamiento era extremadamente duro.

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Incluso, hubo un momento en el que el peso de las carencias y el agotamiento extremo llevaron a Jefferson al borde de abandonar la marcha. La tentación de tirar la toalla y renunciar a un sistema que no ofrecía garantías era real. Sin embargo, decidió resistir.

“Si hoy es difícil ganar una medalla, hace 30 años la palabra ‘imposible’ rondaba en todo el sistema deportivo ecuatoriano”, recuerda Pérez.

Tres semanas antes de los Juegos Olímpicos de Atlanta, en pruebas bioquímicas y de esfuerzo realizadas en Guayaquil, los medidores marcaban valores tan insólitos que el médico del equipo, el Dr. Freddy Vivar, creyó que las máquinas se habían dañado. Al repetir los exámenes al día siguiente -tras el dolor de haber despedido a su amigo en Cuenca- los números volvieron a reflejar lo mismo. El cuerpo técnico lo comprendió: Jefferson estaba listo para subirse al podio.

Faltando siete días para la prueba, su médico le explicó en una cena que, según las variables de volumen de oxígeno, frecuencia cardiaca y química sanguínea, su capacidad física proyectaba un tiempo de 1 hora y 21 minutos, suficiente para asegurar una medalla. Sin embargo, para asegurar el oro, necesitaba recortar un 0,8 % adicional.

¿De dónde saco físicamente, doc? Ya me está pidiendo el 100 % de mi capacidad fisiológica”, cuestionó el marchista.

“Hay algo que la química sanguínea no puede medir -le respondió el médico-. Se llama voluntad. Eso no lo puedo medir, pero creo en ti”.

Pérez bajó la marca proyectada a 1 h 20 min 7 s: los 53 segundos de diferencia fueron pura voluntad.

“Esa es la voluntad ecuatoriana”, reflexiona hoy el héroe olímpico. “Es la misma que veo cuando Richard Carapaz pedalea tras perder a un familiar, cuando una madre se levanta de madrugada con su hijo enfermo a trabajar, o cuando la selección de fútbol se levanta de la adversidad para vencer a potencias mundiales”.

Un legado de piedra, oro y futuro

Tres décadas después de aquella hazaña, el 26 de julio no solo celebra el aniversario de la primera medalla olímpica, sino también el Día del Deportista Ecuatoriano, consagrado en honor a la gesta de Atlanta.

Tras la gloria en Atlanta, la carrera de Jefferson continuó sumando hitos, entre ellos el título y récord mundial en el Campeonato de París 2003 -un logro que el propio marchista confiesa haber vivido con una carga emotiva aún más intensa que la de 1996- y la medalla de plata en Pekín 2008.

Tres décadas después de aquel primer impacto en el asfalto estadounidense, esa chispa inicial terminó multiplicándose en el podio olímpico con las hazañas de Richard Carapaz, Neisi Dajomes, Tamara Salazar, Lucía Yépez, Angie Palacios, Glenda Morejón y Daniel Pintado.

Pérez evoca con especial cariño el encuentro que tuvo en París 2024 con Daniel Pintado tras su medalla de oro. En una conversación de más de tres horas en la villa olímpica, el primer campeón le abrió el corazón al nuevo monarca para contarle los errores, excesos e inexperiencias que vivió tras regresar de Atlanta 1996.

“La vida no me dio la oportunidad de corregir lo que hice mal, pero sí de compartirlo con alguien más para que no cometa los mismos errores”, señala.

Para el cuencano, haber soportado en los años noventa las burlas y agresiones que recibían los marchistas valió la pena: “Me emociona haber sido el obrero de construir este camino. No es un camino asfaltado, es de piedra y es duro, pero quienes se atreven a recorrerlo encuentran paz”.

El primer campeón olímpico aboga por un gran diálogo nacional que articule a municipios, educadores, federaciones, empresa privada, medios de comunicación en un frente común que transforme la actividad física en salud, seguridad e identidad.

Quien fuera aquel niño vendedor de periódicos inmortalizado en la placa del parque La Carolina, en Quito, mira hoy las diez medallas del país con la misma convicción que lo impulsó en el puente de Atlanta: si en 1996 se ganó una presea en medio de la incredulidad, en 2021 tres y en 2024 cinco, el Ecuador tiene la madera necesaria para aspirar a diez podios en Los Ángeles 2028; una meta que deja de ser utopía si el país decide, finalmente, construirla junto. (D)