Editorial
Si este incremento internacional se prolonga por el resto del año, no habrá subsidio que alcance ni erario que resista.

A la pesada realidad de la carestía de combustibles, originada por el largo y estéril conflicto entre Estados Unidos e Irán, se suma —como complicación absurda— la inyección de conflictividad propugnada por grupúsculos de bloqueadores, de supuestos transportistas, taxistas y pilotos de buses. Estos furibundos piqueteros enarbolan un discurso de necesidad económica, pero, en realidad, parecieran contar con la fortuna de no tener que trabajar como para estar inactivos en las barricadas de tramos viales, en las cuales no dejan pasar ni siquiera ambulancias con sirena abierta.
Es como si tuvieran algún tipo de ingreso colateral asegurado, del cual obviamente no disponen decenas de miles de conductores de vehículos particulares y comerciales, camiones, autobuses y tráileres cuyo número les supera ampliamente pero que permanecen varados en ruta, a merced de su intransigencia ilegal que les arrebata el derecho de acción, de trabajo y de movilidad. Es llamativa la coincidencia de consignas de muchos de estos grupos con las de ciertos politiqueros que, en lugar de aportar racionalmente, tratan de sacar raja. Esto se ve confirmado por la obvia estrategia de ciertos perfiles de redes sociales con decenas de seguidores fantasma —que solo tienen unas cuantas fotos para aparentar realismo—, muchos de los cuales no tenían ninguna actividad desde 2023. De pronto cobraron vida y replican consignas cuasiconspirativas.
Por otra parte, el abordaje del Ejecutivo y el Legislativo al costo de los combustibles volvió a caer en el populismo de anunciar un subsidio, de monto arbitrario y con un fondo de otros Q2,500 millones, pagado por todos los ciudadanos, pero que solo beneficia a quienes tienen vehículo, y aún más a quienes poseen más de uno, incluyendo flotillas de taxis pirata.
La medida de imponer un costo fijo por galón de combustible resulta irreal, infundada y onerosa. El anterior subsidio al menos fluctuaba con el precio de cada embarque, mientras que con el precio tope subvencionado habría una ambigüedad sobre el costo real y crearía una falsa referencia empujada por el pesimismo de una situación a largo plazo. En todo caso, si este incremento internacional se prolonga por el resto del año, no habrá subsidio que alcance ni erario que resista.
Es innegable que el costo de los combustibles tiene un impacto en los precios de la canasta básica y en la escala de inflación, que solo en agosto llegó al 4%, lo cual azota la economía de los hogares, sobre todo en los niveles popular y rural. También incide en el costo del transporte público, pero se debe repetir que cuando estuvo vigente el anterior subsidio, de Q2 mil millones, ni los autobuseros ni los taxistas le redujeron nada al pasaje.
Así también, medio y fin no parecen coincidir: esta semana, al menos dos centenares de buses vacíos fueron movilizados en caravana para “protestar” contra el precio del diésel. ¿Cuánto combustible gastaron, pese al alto costo del impacto? Ciertas arengas, además, rebasan el reclamo de las gasolinas y se extrapolan a otro tipo de discurso, más parecido al de supuestos exmilitares, supuestos expatrulleros, supuestos salubristas y supuestos maestros que en otras ocasiones han atentado contra la libre locomoción de la mayoría, que, con sus impuestos y también con sus pérdidas, paga sus prepotencias. Mal hacen los diputados en querer darle salida electorera al desafío de los combustibles, ya sea impulsando subvención o vociferando populistas eliminaciones de impuestos, como lo hicieron con el IUSI. La localización de los bloqueos deja entrever vasos comunicantes y también la ausencia de propuestas serias de caudillos presidencialoides.
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