Fabián Corral B.: Polemistas y humoristas | Columnistas | Opinión

2026/08/20

20 de agosto, 2026 - 07h30

Dos estilos riesgosos, si se carece de talento para hablar o escribir de ese modo, dos estilos que requieren grandes dosis de juicio crítico del autor y mucho sentido de la oportunidad y del humor, a riesgo de incurrir en el insulto o en la broma de mal gusto.

Juan Montalvo, polemista por excelencia, con su talento también incurrió en el insulto, en la ofensa desprovista de sentido crítico. Quienes hagan aproximaciones de esa índole deberían advertir que ese es terreno resbaloso, que puede provocar caídas en el ridículo o en la grosería. Polemista fue Velasco Ibarra. Incisivos fueron pocos, como Alejandro Carrión (también conocido como Juan Sin Cielo), y bromistas algunos que no recuerdo ahora.

Sea cual fuese el estilo, pienso que estamos incurriendo en el error de creer que quienes escribimos o hablamos somos dueños de la verdad, que nuestras opiniones no admiten réplica, que se puede ejercer la libertad sin pensar en la responsabilidad.

A veces, no matizamos los temas ni procuramos transmitir más ideas que pasiones, incluso, nos sentimos más allá del bien y el mal. Todo eso es perjudicial para la formación de la opinión pública, que, en definitiva, es el fundamento de la democracia.

Sin opinión pública ilustrada que enfrente al poder cuando sea necesario, y que le diga algunas verdades a la sociedad, no hay república; sin conceptos claros, sin lucidez, no hay cultura, no hay capacidad crítica, no hay literatura, y habrá folletín, no hay ensayo, habrá ideología y sectarismo, habrá fundamentalismo. De allí la necesidad de no perder de vista la necesidad y la obligación de ser autocríticos y rigurosos.

Puede resultar difícil evadir el insulto y preservar la utilidad de la polémica, difícil no caer en la burla, complicado evitar los calificativos y salvar la elegancia que no excluye la firmeza y la claridad. Fácil y frecuente enredar los argumentos en las palabras, y no distinguir el arrebato intolerante del talento “discutidor”. Es posible ceder a la tentación del aplauso, que es pecado de los políticos y que se contagia a sus críticos. De todos modos, y más aún si son temas complicados, y precisamente por serlo, estos son los retos que se le plantean al que escribe y al que opina. El problema es que a veces se quiere ostentar firmeza y se resbala hacia terrenos pantanosos en los que prevalece el folletín sobre la serenidad del juicio.

El panfleto es la tentación que estará presente siempre en quienes escribimos. El secreto está en polemizar sin incurrir en ese estilo, decir la verdad siempre y no callar, pero preservando el valor de las palabras, y sin olvidar que ellas deben ser la flecha que se clave limpiamente en el lomo del poder, y no recurso de otra índole. Que la palabra vuele y no se arrastre, que el adjetivo se elimine, que el juicio de realidad no se confunda con el juicio de valor, que nunca se pierda de vista la elegancia, incluso en las más arduas polémicas, de modo que el adversario aprenda tanto de la firmeza y claridad como la forma en que se sostiene la verdad.

De los humoristas por esta ocasión, me olvido. (O)