
Si algo nos han enseñado los siglos es que los grandes imperios siempre han contado con grandes historiadores. Pompeyo Trogo, en este sentido, es el ejemplo perfecto. Este cronista imperial, nacido en la Galia Narbonense (justo por encima de los Pirineos del sur de Francia) en el siglo I a. C., destacó por su vasta cultura y su mirada analítica sobre las tierras que conformaban el vasto mapa dominado por Roma.
Su obra cumbre, titulada Historias Filípicas, pretendía ofrecer un ambicioso recorrido por la historia universal fuera del foco exclusivo de la capital romana. Aunque el texto original desgraciadamente se perdió en el tiempo, hoy conservamos sus fragmentos esenciales gracias al resumen elaborado siglos después por otros historiadores posteriores como Marco Juniano Justino.
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Entre las observaciones de este agudo cronista sobre Hispania, otra de las regiones del imperio, destaca una sentencia tajante que parece haber sido una constante en la historia de España. Trogo analiza la psicología colectiva de los habitantes de este territorio con una lucidez aplastante: “Los hispanos son guerreros y muy valientes, pero con un gran defecto: cuando no tienen un enemigo externo contra el que luchar ocupan su tiempo en pelearse entre ellos”.

Con este célebre dictamen, el historiador pretendía explicar la paradoja de unos pueblos capaces de poner en jaque al imperio más poderoso del mundo. Para Trogo, la legendaria fiereza de los guerreros hispanos no servía de nada si carecía de cohesión. El autor destacaba también que “su cuerpo está preparado para el trabajo y su ánimo para la muerte”, describiendo una austeridad y resistencia físicas admirables.
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Sin embargo, esa inmensa energía vital se convertía en una trampa mortal en momentos de paz exterior. Según la crónica, la ausencia de un rival común provocaba que las distintas tribus canalizaran su impulso bélico en sangrientas rencillas tribales. Trogo observó que prefirieron consumirse en guerras civiles locales antes que consolidar una estructura política sólida capaz de resistir las ambiciones de potencias extranjeras.
Esta falta de unidad dejaba al descubierto el mayor punto débil ibérico frente a la disciplinada maquinaria romana. Las constantes disputas fratricidas impedían tejer alianzas duraderas, lo que permitía a los generales romanos aplicar con éxito la vieja máxima de dividir para vencer. Esto se ha mantenido con el paso de los siglos, con ejemplos como la caída de los reinos visigodos y la conquista musulmana en el siglo VIII, la guerra de sucesión española en el XVIII o las guerras del Rif en el XX. Parece que España nunca se ha puesto de acuerdo, salvo cuando ha tenido un enemigo común sobre el que centrar todas sus fuerzas.
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El testimonio de Pompeyo Trogo cobra pleno sentido en el marco del cruento proceso de conquista romana, que se prolongó durante casi dos siglos. Desde la llegada de las legiones en la Segunda Guerra Púnica hasta la pacificación definitiva del norte peninsular, la Península Ibérica fue un mosaico fragmentado de celtíberos, lusitanos y vacceos que raramente coordinaron sus defensas de manera unificada.
Héroes legendarios como Viriato o el épico sitio de Numancia (siglo II a. C.) demostraron una resistencia feroz, pero siempre aislada e inconexa frente al rodillo romano. Incluso durante las guerras civiles del propio Imperio, con líderes como Sertorio, Hispania acabó convertida en un sangriento escenario para resolver querellas ajenas. La división interna facilitó la absorción gradual de un territorio sumamente rico pero eternamente atomizado en su liderazgo.
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El agudo diagnóstico de Pompeyo Trogo trasciende su época para convertirse en un aviso para navegantes sobre los peligros de la cainita discordia interna. La pintura de Goya de dos campesinos matándose en un Duelo a garrotazos es quizá la mejor representación de una historia particularmente fraticida, donde solo los grandes logros o las grandes amenazas han servido para unir a los hispanos. Cuando esto último ocurre, es mucho más difícil derrotarlo, y si no, que se lo digan a Napoleón y a su ejército francés en la guerra de Independencia, o a los propios romanos en las guerras cántabras.