
Las ardillas almacenan bellotas para disponer de alimento durante el invierno en los bosques templados, donde estos frutos de los robles se producen en gran cantidad durante el otoño.
Las bellotas aportan carbohidratos, lípidos y otros nutrientes. Esa composición permite a estos mamíferos acumular reservas corporales antes de la época en la que la comida escasea, según explica Geo.
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La dieta de las ardillas es diversa e incluye semillas, frutos secos, brotes, hongos y, en ocasiones, alimentos de origen animal. Sin embargo, la disponibilidad estacional de este alimento es una fuente importante de energía en los espacios donde predominan los robles.

Durante el otoño, las ardillas no consumen de inmediato todo lo que encuentran. Una parte importante de la recolección queda reservada para los meses posteriores, cuando las bajas temperaturas reducen la disponibilidad de comida.
Los biólogos denominan a esta estrategia almacenamiento disperso. En vez de concentrar toda la reserva en un único lugar, el animal oculta los granos de manera individual bajo hojas, dentro de la tierra, al pie de un árbol o en cavidades.
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Este método disminuye el riesgo de perder la totalidad de las provisiones si otro animal encuentra uno de los escondites. A lo largo de una temporada, algunas ardillas pueden crear cientos de pequeñas reservas distribuidas por el territorio.
Para localizarlas, utilizan la memoria espacial, es decir, la capacidad de recordar los lugares y las referencias de su entorno. El olfato también puede ayudarles, especialmente cuando las bellotas quedan cubiertas por hojas o por una capa fina de suelo.

Las bellotas contienen taninos, sustancias vegetales que generan un sabor áspero. Si se consumen en cantidades muy altas, esos compuestos pueden afectar la digestión de determinados animales.
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Las ardillas, sin embargo, están adaptadas al consumo de varios frutos forestales que contienen estas sustancias. Además, pueden elegir las bellotas según su grado de madurez, su estado y, posiblemente, su composición.
La revisión publicada en Proceedings of the Royal Society B señala que algunas plantas pueden favorecer que los animales escondan sus semillas mediante rasgos como un mayor tamaño, valor nutritivo, cáscaras duras o taninos.

De acuerdo con la investigación, estas características pueden hacer que consumir el fruto demande más tiempo y que resulte más conveniente guardarlo. Si una parte de esas reservas no es recuperada, las semillas tienen más posibilidades de mantenerse en el suelo y germinar.
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Aunque ante temperaturas muy bajas disminuyen su actividad, las especies arborícolas como la ardilla roja europea (Sciurus vulgaris) no hibernan realmente, una creencia extendida que el artículo también refuta.
En esos periodos, pueden permanecer durante largos intervalos en sus nidos, construidos en los árboles con ramas, hojas y otros materiales vegetales. Aun así, salen de forma regular para alimentarse de las reservas que habían escondido meses antes.

Un estudio publicado en 2026 en Integrative Zoology examinó cómo la ardilla zorro oriental (Sciurus niger), una especie introducida en los robledales de California, manipula las bellotas de dos especies de roble: Quercus agrifolia y Quercus lobata.
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Los investigadores colocaron frutos identificados en estaciones vigiladas con cámaras para registrar qué ocurría con cada uno tras ser recogido. El análisis evaluó el peso del fruto, los daños causados por insectos antes de su recolección y la distancia de traslado respecto del tronco más cercano, que funciona como refugio para estos animales.
Los resultados mostraron que las más pesadas eran transportadas a distancias mayores. Además, las semillas sin infestación fueron llevadas más lejos que aquellas afectadas por insectos.
La investigación también observó que las que eran consumidas por completo tendían a permanecer más cerca de los troncos, mientras que las no ingeridas y las sometidas a una extracción parcial del embrión aparecían a mayor distancia.
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Los autores relacionan esos patrones con la reducción del riesgo de robo de reservas y concluyen que el transporte selectivo de este alimento puede favorecer la regeneración y expansión de los robledales.
Si una bellota queda olvidada y las condiciones son favorables, puede germinar lejos del roble que la produjo. Así, las ardillas participan involuntariamente en la zoocoria, la dispersión de semillas por animales, y contribuyen a que nuevos ejemplares se establezcan en otros espacios.
El comportamiento alimentario de estos individuos participa en la renovación del bosque. La búsqueda de sustento para el invierno tiene, por tanto, consecuencias para la distribución futura de los árboles.
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Estos ejemplares no son los únicos involucrados en el proceso: los arrendajos también transportan y esconden numerosas bellotas, mientras que jabalíes, ciervos, corzos, pequeños roedores y diversas aves consumen estos frutos. Cada interacción determina cuáles son ingeridas, trasladadas, almacenadas o dejadas en el suelo.