‘Posesión Infernal: En Llamas’ es un refrescante salpicón de sangre que se asegura de perforar cada parte del cuerpo en la que temas hacerte daño, pero no es digna de su saga

2026/07/14

Tengo que reconocer abiertamente que después de las tres primeras entregas de 'Posesión infernal' de Sam Raimi, todo lo que ha venido después me ha parecido la definición perfecta de mantener una marca zombi, perdiendo todas las señas de identidad y dejando tan solo la sangre y los elementos más icónicos. Aunque es de agradecer el nivel de originalidad y de dolor en el saja-raja de una película como 'Posesión infernal: en llamas', lo cierto es que, a la hora de la verdad, todo parece ya visto antes. Solo que no en una película dirigida por Sam Raimi.

Pos na, pos esion

Lo que Raimi, como productor, está intentando hacer con la saga adaptada a los tiempos modernos es más que lógico: dar la misma oportunidad a directores de terror más o menos noveles para que den un paso en el mainstream que tuvo él. Si en 'Posesión infernal: El despertar' fue Lee Cronin el encargado de hacernos pasar miedo, ahora es el turno del francés Sébastien Vaniček, que ha decidido hacerse notar con más estilo que el anterior tirando del arte sangriento del nuevo extremismo francés.

Lo mejor de esta 'Posesión infernal: En llamas' es, precisamente, su capacidad de atacar a todas las partes del cuerpo que temas ver agujereadas, estiradas, atravesadas o aplastadas con todo tipo de objetos. Hay cabezas atravesadas por reposacabezas, manos con los dedos cortados por una puerta y hasta oídos perforados en una limpieza digna del otorrino más severo. Es, en el fondo, una clase maestra en el arte de la aprensión (o, dicho en términos comunes, en el arte de "dar cosica") que nunca deja de entretener en su desfile del terror físico, pero que no es capaz de ir más allá.

La estrella fetiche de Sam Raimi no es Bruce Campbell, sino un coche de 1973 que ha aparecido en prácticamente todas sus películas

La historia de esta nueva entrega de la franquicia, que pretende explorar traumas familiares y relaciones abusivas, se queda muy corta en sus intenciones y termina siendo una excusa para el mata-mata demoniaco, lo suficientemente grotesco como para captar nuestra atención de manera constante, pero no tanto como para no ser "una más". Y es una pena, porque si algo no es 'Posesión infernal' es "una más". A esta entrega le falta cierto goce, un humor más acertado (casi todo se centra en la abuela con demencia) y mucha autenticidad, justo aquello de lo que Sam Raimi estaba sobrado.

Arde, quema, duele

Ver esta nueva entrega, la sexta en total (sin contar 'Ash vs Evil Dead'), es una experiencia agridulce. Por un lado, Vaniček consigue crear una experiencia muy intensa, un divertido slasher demoniaco en el que no queda parte del cuerpo por herir ni lugar donde esconderse de los Deadites. Sin embargo, la montaña rusa no lo es todo, y está envuelta en un guion vacío y algo facilón al que le falta garra: es injusto que escenas así de impactantes desfallezcan por culpa de unos personajes estereotipados que solo existen para sufrir. Por más que se disfrace de extremismo francés, el slasher clásico subyace.

Al menos, aunque el guion no consiga sostenerse sobre sí mismo, Vaniček tiene una estética propia, y arriesga con fantásticas composiciones de plano y efectos prácticos de los que ya casi no se ven en el cine de terror actual, marcando otro tanto este año para el cine de género. Si solo quieres ver escenas grotescas, sangre a borbotones, extremidades cortadas y perros demoniacos con ganas de merendar, esta es tu película. Ahora, si quieres rascar un poco más, me temo que encontrarás un vacío difícil de pasar por alto.

Como refrescante salpicón de sangre veraniego, 'Posesión infernal: En llamas' cumple su función, aunque le pesa haberse estrenado tan pegada a 'Obsession' y 'Backrooms', las dos grandes obsesiones del género en 2026. Ahora bien, le pesa un título que acarrea consigo una leyenda que en ningún momento llega siquiera a rozar. Eliminar casi por completo la comedia y reducir la jocosidad a unas cuantas escenas repletas de hemoglobina es una decisión que paga caro muy rápidamente: buen intento, pero es inevitable echar de menos una película un poquito más, por así decirlo... "groovy"

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