Imagen es percepción
El mapa del petróleo se está cerrando peligrosamente. Si sus principales arterias fallan, el mundo podría entrar en una recesión sin precedentes.


El mundo vuelve a mirar el precio del petróleo con una inquietud cada vez más difícil de ignorar. La posibilidad de que el barril alcance los 120 dólares ya no suena descabellada. Esta vez, además, el problema no es únicamente cuánto petróleo puede producirse, sino si podrá atravesar las arterias por donde se mueve buena parte de la energía mundial.
Dos estrechos y una ruta saudita concentran ahora la vulnerabilidad energética mundial. Ormuz lleva meses bajo presión y su funcionamiento limitado es ya parte del nuevo escenario. Lo preocupante es que las rutas creadas para aliviar esa dependencia comienzan también a quedar amenazadas.
La Agencia Internacional de Energía habla de una interrupción de suministro de dimensiones históricas. Pero Ormuz es solo parte del problema. Al otro extremo aparece Bab el-Mandeb, la Puerta de las Lágrimas, cuyo nombre resulta hoy inquietantemente profético, si esta arteria se paraliza, sus lágrimas podrían alcanzar al mundo entero. Con misiles, drones y ataques a embarcaciones, los hutíes, respaldados por Irán, ni siquiera necesitan cerrarla físicamente; basta convertirla en una ruta demasiado peligrosa para navegar.
Las navieras pueden entonces evitar la zona y rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. El viaje se alarga, aumenta el consumo de combustible, suben los seguros y los fletes. La geografía se convierte en inflación. Arabia Saudita tenía una salida. Su gigantesco oleoducto Este-Oeste permite mover crudo hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, evitando Ormuz. Pero esa válvula de escape fue atacada con drones y dos de sus estaciones de bombeo resultaron dañadas. Además, esta misma semana los hutíes anunciaron ataques contra instalaciones petroleras sauditas en ese mismo puerto.
Ormuz bajo presión, Bab el-Mandeb amenazado y la alternativa saudita golpeada. Tres piezas de una misma tormenta. Por eso, hablar de un petróleo a 120 dólares por barril ya no pertenece al terreno de la fantasía. No se trata solo de pagar más por llenar un tanque. Significa diésel y gasolina más caros, transporte, fertilizantes y alimentos más costosos, una nueva oleada inflacionaria que cruzaría fronteras. Allí aparece el verdadero peligro.
Los bancos centrales podrían verse forzados a mantener tasas de interés altas para combatir una inflación impulsada por la energía, justo cuando empresas y familias empiezan a recortar gastos. Crédito caro, costos elevados, menor consumo y crecimiento débil. Esa combinación puede empujar a la economía mundial hacia una recesión.
Guatemala no observa esta tormenta desde lejos. Con el diésel rondando los Q50 por galón, ya sentimos el primer golpe. Y frente a un escenario de esta magnitud, el presidente Bernardo Arévalo y los diputados del Congreso cargan con una responsabilidad clara. Prepararse, tomar decisiones a tiempo y no limitarse a reaccionar cuando el daño ya esté hecho. Desde los altos cargos del Estado, con sueldos muy superiores al promedio, el golpe no se siente igual que en un hogar donde cada quetzal cuenta.
Ha llegado el momento de abandonar los intereses personales, los cálculos políticos y cualquier práctica de corrupción para asumir la responsabilidad que exige el país. El presidente y los diputados tienen hoy la obligación de responderle a Guatemala, porque las consecuencias de sus decisiones —y también de su inacción— terminarán pagándolas millones de guatemaltecos.
Ahora corresponde a los guatemaltecos exigir respuestas concretas. Y si no llegan, la ciudadanía deberá hacerse escuchar, pacífica y legalmente, frente al Congreso y las instituciones responsables, nunca bloqueando las carreteras que sostienen nuestra economía.