El Gobierno llegó con tres promesas y las tres están desgajadas a un año del cierre de su período. El ajuste se hizo, pero el crecimiento no llegó: salarios y empleo a la baja, seis caídas interanuales del consumo masivo y una mora de las familias que se cuadruplicó hasta 12,8%. La desinflación se detuvo y en junio se perdió el superávit primario: el ajuste destruye más base imponible de la que ahorra.
No es una acumulación de errores de ejecución sino un problema de diseño. La crisis argentina no es solo económica: es una crisis de proyecto. Es el proyecto lo que hay que discutir, con una agenda que construya en vez de destruir. Propongo cuatro líneas y una coalición que las sostenga.
Producir. El primer desafío es revertir el estancamiento de la productividad. Hay que producir más y ampliar la frontera de producción incorporando las transformaciones que redefinen la economía mundial –inteligencia artificial, robótica, ciencia de datos–: adoptarlas ya no es una opción sino una condición para crecer. Si crecemos al promedio de las últimas dos décadas, necesitamos 100 años para duplicar el PBI per cápita: esa es la tragedia macroeconómica argentina.
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Eso requiere dos cosas que hoy no están: inversión pública –al menos 3,5% del producto por año solo para sostener el capital existente: sin rutas, energía y logística ninguna empresa mejora su rendimiento– y una matriz que vaya más allá de la energía y la minería, con metalmecánica, alimentos con valor agregado y biotecnología; y servicios. La discusión no es si hay industria: es cuál.
Exportar. El mundo va en otra dirección: los que marcan la agenda protegen y subsidian su producción. Hay que patear para el otro arco, y no por ideología sino por estrategia. Esa estrategia debe estar centrada en: a) Fortalecer el Mercosur y la alianza con Brasil –principal destino de nuestras manufacturas–, b) Profundizar con China e India y c) Retomar los BRICS+. Encadenar proveedores en Vaca Muerta, petroquímica del gas, alimentos con valor agregado y servicios –software, biotecnología, medicina digital– que pueden duplicar exportaciones a 15.000 millones en cinco años. Hacia 2030 son 60.000 millones de dólares anuales que desplazan la restricción externa si alimentan las reservas.
Distribuir. La distribución se discute en un solo plano –el del salario– cuando opera en tres, y los tres funcionan hoy contra las mayorías.
El primero es la distribución primaria, entre salarios y ganancias. Ningún aumento de productividad se traduce automáticamente en salarios. Hoy el Gobierno fija una pauta y no homologa los acuerdos que la superan: la paritaria dejó de ser negociación para ser techo. Liberar la negociación colectiva es la medida distributiva más inmediata y no cuesta un peso del Tesoro.
El segundo es el que ejerce el Estado por el gasto y los impuestos. La tasa efectiva de IVA e Ingresos Brutos es del 26,9% en los hogares de menores ingresos y del 13,4% en los de mayores, y el gasto tributario llega al 6,5% del PBI. Eliminar esos privilegios y reintegrar el IVA de la canasta básica corrige los dos extremos del sistema. El ajuste también distribuye al revés: recortar jubilaciones, PAMI y universidades transfiere ingresos hacia quienes no usan esos servicios.
El tercero, el menos discutido, es la distribución del excedente entre empresas. Unas pocas controlan los insumos difundidos –acero, cemento, energía– y fijan precios dolarizados por encima de los que cobran al exportar: una transferencia regresiva previa a cualquier paritaria. Gobernar esos mercados es la condición del entramado pyme, base del país de clases medias.
Los tres planos son uno: el trabajador cobra mejor si la empresa tiene margen, la empresa lo tiene si no le extraen rentabilidad por los insumos y el Estado sostiene todo eso si recauda de quien puede pagar.
Cuidar. Nada de eso alcanza por sí solo. Un nuevo proyecto debe hacerse cargo de las condiciones que hacen posible crecer, criar y sentirse parte de una comunidad. La vivienda es el primer eslabón: sin un techo estable ningún proyecto familiar se sostiene. Hoy 2.700.000 hogares (17% del total) están en déficit habitacional y los inquilinos ya son el 20,5%, con ingresos que no alcanzan para sostener precios ni garantías.
La inversión en vivienda tiene que ir acompañada de servicios educativos y de salud. Las transferencias ya no alcanzan: hace falta una nueva generación de política social centrada en garantizar servicios, no solo en compensar su ausencia.
Producir, exportar, distribuir y cuidar no son políticas sueltas sino un mismo proyecto: sin producción no hay exportaciones, sin exportaciones no hay dólares, sin distribución no hay mercado interno y sin cuidado no hay comunidad que sostenga el esfuerzo. La Argentina no necesita otro ajuste: necesita decidir qué quiere ser. Esa discusión hay que darla ahora.
* Cofundador y director ejecutivo de Grupo Atenas.