
Marcelo Rohr es médico cirujano con especialización en Economía de la Salud. Desde hace varios años dirige el Centro Hirsch, entidad surgida hace 8 décadas como una institución filantrópica de la comunidad judía que asistía a los inmigrantes de Europa central que huían del nazismo. Inicialmente escuela y hogar para niños, progresivamente se fue especializando en la atención a adultos mayores y en ese marco desarrolló asistencia en salud y tratamientos de rehabilitación.
En el 97 se convierte en una institución gerontológica abierta a toda la comunidad. Hoy, el Centro Hirsch tiene en su sede de Belgrano el edificio destinado a rehabilitación de alta complejidad, mientras que en San Miguel tiene una residencia con capacidad para 120 personas.
PUBLICIDAD
Actualmente esta asociación civil sin fines de lucro cuenta con un equipo interdisciplinario de unas 600 personas que incluye cuidadores, enfermeros, médicos clínicos, terapistas ocupacionales, kinesiólogos, fisiatras y psicólogos.
En base a la experiencia acumulada en estos años, Rohr quiere instalar en la esfera pública una agenda que abarque la problemática de las personas mayores, cada vez más numerosas y con una creciente expectativa de vida, pero cuya realidad y necesidades no están lo suficientemente pensadas ni atendidas. Pone el acento en la necesidad de desarrollar mecanismos de apoyo y cuidado que prolonguen por el mayor tiempo posible la autonomía de la persona, limitando las internaciones, tanto residenciales como hospitalarias.
PUBLICIDAD
Asegura que todo lo que propone en esta materia lo ha experimentado en su gestión al frente del Centro Hirsch. Rohr siente orgullo por las realizaciones de la institución que dirige y a la vez se muestra ansioso por compartir un savoir faire que es resultado de teoría y práctica, de reflexión sobre las cosas hechas y de ideas que han pasado la prueba de la realidad.

— Ustedes están preparando para el mes de noviembre, junto con CEABA, la Iglesia Evangélica Alemana, una jornada sobre la longevidad y sus desafíos. ¿Qué experiencia piensan compartir en ese encuentro?
— Nosotros nos damos el gustazo de trabajar en la persona mayor de hoy, pero no desde un marco teórico. Empezamos sí con algunas conceptualizaciones teóricas muy básicas. La primera: vejez no es enfermedad. En ningún manual, cuando yo estudié Medicina, hace muchísimos años, había una enfermedad que se llamara vejez. Vejez es una etapa de la vida, como la niñez o la adolescencia. Esto no es solamente discursivo, porque si considero a la vejez enfermedad, estoy enfermando a una persona que no lo está, y además estoy sobreexigiendo a un sistema que funciona, porque si la vejez es enfermedad, los viejos tienen que estar en un hospital. Y la verdad es que por más que lo critiquemos, nuestro sistema hospitalario es muy bueno en comparación con muchos del mundo. Tuve la suerte de trabajar en otros países y la verdad es que no tenemos nada que envidiarles. Pero si consideramos que la persona mayor es una persona enferma, sobresaturamos el sistema y claro que no va a dar abasto. A partir de eso también diseñamos otros conceptos. Antes de la atención está el cuidado y antes del cuidado, los apoyos. Entonces, si nosotros generamos autonomía con apoyos y cuidados, descomprimimos los sistemas asistenciales. Van a lucir lo buenos que son.
PUBLICIDAD
— ¿Qué sería un apoyo?
— Por ejemplo, el otro día una pareja de amigos me dice: “Estamos reformando la casa porque se fueron los hijos”, cosa frecuente a nuestra edad. “Primero, sacamos la bañera y la dejamos a plano. Ya pusimos un inodoro más elevado, porque…” Les digo: “Los felicito”. Esos son sistemas de apoyo.
— Acondicionar la casa para poder vivir allí reduciendo los riesgos de accidentes.
— También, como un servicio al alta de las personas mayores, porque no todos se quedan a vivir aquí, tenemos terapia ocupacional, otra de las disciplinas que desarrollamos. No nos alcanzan lso recursos para visitar a todos. Entonces, a través de un video, con la ayuda de una kinesióloga, damos recomendaciones. Esos son apoyos. Vivo solo y soy autónomo; vos que sos mi vecino, mi hijo, mi nuera, mi nieto, me llamás cinco minutos por día y me preguntás cómo estoy. Eso es un sistema de apoyo.
PUBLICIDAD
— Sería pasar a un enfoque más preventivo, que evite la residencia o la internación.
— Sí. Estuve trabajando un tiempito en Israel y un colega me dice: “¿Sabés qué pasa con ustedes los argentinos? Cuando se presenta un problema, ustedes piensan en la solución y en realidad hay que pensar en el problema. Si aumenta el número de personas mayores, para ustedes aumentan las fracturas de cadera. Entonces construyen más quirófanos y compran prótesis a granel. Nosotros nos concentramos en tratar que no se caigan”.
— Más prevención.
— Lo entendí en el ejemplo práctico. Si los sistemas de apoyo y los sistemas de cuidado funcionan, probablemente los sistemas asistenciales sean menos utilizados. Primero, porque las personas no están enfermas y no irán porque sí al hospital. Y lo segundo, porque prevenimos un montón de otras dificultades. Es el concepto de autonomía.
PUBLICIDAD
— ¿Consiguen personal fácilmente?
— No. Y no es un tema de pago, nada de eso. Pagamos lo que corresponde, premiamos, tenemos un montón de beneficios al personal. Pero, si hay más personas mayores y menos jóvenes, vamos a tener menos personas que apoyen y cuiden. Por otro lado, si de estos menos, son menos los que estudian oficios del lazo entonces no se cubrirá la demanda.

— ¿Qué son los oficios del lazo?
— Es un concepto de la educadora Graciela Frigerio, para definir los oficios que se relacionan con tres verbos: acompañar, curar, educar.
— ¿Hay menos interés en estudiar, por ejemplo, enfermería?
— Hay menos interés.
— ¿Por qué?
— Es multifactorial. Un factor es que la salud como actividad no paga bien. Ahora, hay un montón de otras actividades que tampoco pagan bien y, sin embargo, tienen adeptos. Y acá viene algo más profundo. El sujeto al cual se dirigen los oficios y las profesiones del cuidado es un sujeto que no está valorado.
PUBLICIDAD
— Los ancianos, los enfermos, los discapacitados…
— Sí. Si el sujeto al que tiene que cuidar el enfermero no está valorado, porque es viejo, porque es discapacitado, porque es enfermo, entonces tampoco va a estar valorado el oficio. Pero no podemos ponernos en actitud apocalíptica. Como institución vemos qué virtud encontramos para poder salir de esto. Y nos encontramos con que la red de apoyos informales es enorme. Si uno le pagase a cada persona que en este momento está cuidando o apoyando a un adulto mayor lo que vale ese trabajo, representaría el 1,5 o el 2% del PBI. Estos invisibles —familiares, hijos, amigos, vecinos— están ahí, quizás sin ningún conocimiento, con todas las ganas pero sin la formación necesaria y generalmente sin remuneración o muy mal pagos. Entonces, ¿cómo aprovechamos esa enorme masa de gente y la ponemos al servicio de un conjunto de profesionales? Hay dos alternativas. Descartarlos porque no tienen formación específica, o formarlos y guiarlos. Para esta segunda opción, hicimos un acuerdo de colaboración con un aplicativo de celular, que se encargaba de búsqueda de cuidadores, y le agregamos otras funcionalidades: cursos para cuidadores, para familiares e incluso para las personas mayores que están siendo cuidadas. Por otro lado, algo que diseñamos y está funcionando muy bien y es de muy bajo costo, pero de muy alto valor agregado, es el gestor de cuidados.
PUBLICIDAD
— ¿Qué sería exactamente?
— Es una persona que está en contacto permanente con este aplicativo, Hirsch Online, una persona formada, que tiene su oficina en San Miguel, y que hace de guía para que las cosas sucedan. Entonces, uno que es abogado, maestro mayor de obra o empleado de supermercado, y dejó a su madre al cuidado de alguien y no tiene suficientes conocimientos, puede hacerse orientar por esta persona que hace una guía estructurada de este cuidado. Y si hace una formación con nosotros, luego el gestor lo supervisa. Es una manera de aprovechar toda esta fuerza invisible de cuidados.
PUBLICIDAD

— ¿Y dentro de las instituciones cómo se trabaja con esos ciuidadores?
— Cuando estuve en Israel, vi que en un piso de un centro de Alzheimer había un solo enfermero y muchos auxiliares. El enfermero estaba en una situación de plano de comando, como dirigiendo un avión, con computadora, monitores. “¿Son todos enfermeros?” “No, son cuidadores”. Se realza así la función del enfermero y se utiliza estructuradamente a los que en nuestro país son todavía invisibles en su rol. En Países Bajos, donde también tuve la oportunidad de trabajar en un centro de personas con demencia, me decían que a los cuidadores informales los transformaron en técnicos de cuidados con una formación de tres años. Es visibilizar lo invisible para poder aprovechar lo que se viene. Porque el mundo de la institucionalización se va a ir achicando. Cada vez hacen falta menos camas de geriatría, pero la gente va a requerir apoyos y cuidados en su casa o donde se encuentre, en un gimnasio, en un cine, en un restaurant o en la vereda. Y la tecnología nos puede ayudar. Nunca va a reemplazar el cuidado amoroso de las personas, pero podemos utilizarla como vehículo de ese cuidado.
— Un dispositivo que funciona bien es la pulsera, que les permite comunicarse ante cualquier dificultad.
— En San Miguel usamos eso desde hace quince años. Estamos viendo de actualizarlo. Es un ejemplo de lo que es un apoyo. Antes a las personas mayores las cuidaba un hijo, pero hoy en día los hijos trabajan así como sus parejas y a veces no viven en la Argentina. Tenemos que transicionar a sistemas de cuidados que van a ser mucho más eficientes cuando yo sea viejo. Yo acabo de cumplir 60. No me puedo imaginar vivir en una institución geriátrica. Eso no existe más. Tenemos que empezar a diseñar la vejez del mundo que viene mientras sostenemos a los viejos transicionales.
— ¿Bajó el promedio de años que la gente pasa en un geriátrico? ¿A qué se debe?
— Lo primero es que se prolongó la vida, somos viejos durante más años. Pero esa vejez, gracias a muchos elementos vinculados al autocuidado, y a aspectos económicos y financieros, prolongó su autonomía. Antes, las personas mayores eran objetos “decididos”. Pongo a mi mamá en el geriátrico. Se juntaban tres hijos y decidían. Hoy la persona mayor es sujeto de decisión. Lo veo todos los días. Tercer dato, los que no son autónomos necesitan muchos apoyos. Entonces, la intervención geriátrica se complejizó, hubo que agregar muchísima dotación para sostenerla y se hizo mucho más cara. Resumiendo, por un lado, la autonomía se prolonga, y por el otro, los costos se incrementan. Ante una persona que tiene trastorno de la deglución, hay dos alternativas: le ponés una sonda en la nariz para alimentarla, o ponés un asistente geriátrico al lado, con la cuchara, bien entrenado, hasta que coma. Nosotros, entre doscientas personas en San Miguel, no tenemos ninguna con una sonda de alimentación. Sí tenemos asistentes geriátricos. Esto mejora la calidad de vida. También disminuye la tasa de neumonías por ejemplo. Pero eso requiere más personal. Una persona no puede darle de comer a dos al mismo tiempo. Esto encarece mucho la actividad. Por eso el geriátrico está cada vez más reducido a menos personas. Lo que tenemos que armar es la estructura para el segmento que hoy no se institucionaliza. Apoyos, cuidados y cohousing, la vivienda asistida, en cuyo desarrollo estamos trabajando. Porque hablamos de cuidado, apoyo y asistencia, pero nos falta una pata que es la vinculación social. La persona mayor aislada puede que viva lo mismo o menos, no sabemos. Pero sí sabemos que no va a vivir tan bien. Otra pata es el propósito de vida.

— ¿No habría que pensar en crear tecnicaturas intermedias ligadas a la enfermería y al cuidado?
— Nosotros formamos nuestros propios asistentes geriátricos. Que no es una tecnicatura, porque no somos una universidad, no podemos dar título, pero los formamos nosotros, en un año, para trabajar bajo supervisión directa. Ahora, para trabajar sin supervisión directa, por ejemplo en la casa de alguien, un solo año no alcanza. Y el trabajo de cuidado es el trabajo menos probable de ser reemplazado por las tecnologías. Hay negocios que ya no tienen cajeros humanos. Pasás por la autopista y la barrera se abre. Autos autónomos están reemplazando a los taxistas, deliveries autónomos reemplazando a los repartidores. Ahora, ¿puede alguien reemplazar el cuidado amoroso de las personas? Claramente no. Entonces, es uno de los trabajos del futuro. No creo en un androide que sea capaz de mirar a los ojos y entender lo que le está pasando a alguien.
— Esperemos que no.
— No, no. El otro día lo discutí con un contador público: “¿Al lado de cuánta gente muriente estuviste?” “De ninguna”. Yo puedo hablar de centenas, por mi profesión. Tomarle la mano y mirar a los ojos a esa persona; no veo ningún androide capaz de empatizar con una persona muriente o sufriente. No, no lo creo. O no lo quiero creer.
— Habría que propagandizar ese tipo de oficios. Mucha gente joven no sabe qué estudiar, o no sabe que existen estas alternativas.
— Creo que el primer paso se está dando. El hacer visible esto de la nueva longevidad. Lo que buscamos desde nuestra institución es contar que existen apoyos, que existen formaciones, etc., en lo que concierne al cuidado de las personas mayores. Uno no le presta atención hasta que no tiene la necesidad. Intentamos poner en agenda estos temas. Yo soy contrario al forever younguismo, eso de “somos jóvenes para siempre”. No soy del antiaging, soy el proaging.
— Hay mucho optimismo sin fundamento.
— Hay mucho negocio. Es decir, cumplí sesenta y me tenés que dar una crema antiaging. No, ¿sabés lo que me tenés que dar? Un propósito de vida, no una crema antiaging.
— La crema también, si existiera… [risas].
— No, no existe. Yo tengo el sueño de retirarme a los 72. Retirarme de las 8 a 20 horas trabajadas, no dejar de trabajar. Pero para eso tengo que tener sustento económico financiero, porque de los 72, si llegara a vivir cien, me quedan un montón. Después, encontrar un propósito, hoy el mío es esto. Ya no atiendo a los pacientes, Jorge Kritzer se ocupa muy bien de la dirección médica acá. Carolina Díaz, la geriatra, se ocupa fantásticamente de la dirección médica de San Miguel. Mi propósito hoy es la agenda, pero no teórica sino práctica, porque todo lo que digo es lo que hago. “Digo lo que hago, hago lo que digo”. Hirsch no dice lo que habría que hacer. Dice lo que está haciendo hoy, pero en tanto no esté en agenda, las personas que cuidan van a ser invisibles y los viejos van a ser enfermos.

— El tema de la nueva longevidad la gente más o menos ya lo tiene en la cabeza. Lo que no está tan difundido es lo del cuidado. De que se van a abrir una serie de ocupaciones en torno a esto. Eso es silver economy también.
— Eso es silver economy. Pero hay que ampliar. La gente, por lo general, asocia lo silver a cuántos huevos y cuántas paltas tengo que comer por día para mantenerme joven. Y qué canciones silbar mientras camina. Pero lo que queremos poner en agenda es cómo prolongamos nuestra autonomía. Cuáles son los sistemas de apoyos y de cuidados capaces de prolongar nuestra autonomía. No con los recursos que quisiéramos tener, sino con los recursos de que disponemos y de los que vamos a disponer en el futuro. Somos una institución casi centenaria y nos creemos validados para discutir la agenda, queremos decir estas son las cosas en las que hay que pensar. Juntémonos para pensarlas.
— Volviendo a la formación de cuidadores, ¿están promoviendo la creación de tecnicaturas, de formaciones intermedias?
— Estamos empezando. Todavía no tenemos resultados. Porque para una tecnicatura tiene que intervenir una institución académica. Por eso empezamos a hablar con universidades para desarrollar esa carrera, porque estamos convencidos de que es una de las carreras del futuro. Por ahora es una ocurrencia. Será una idea cuando una universidad diga “esto me gustó”. Y será un programa cuando tengamos las fechas y las secuencias.
— ¿Atrae a estudiantes la especialidad médica en geriatría?
— Pocos. Siempre les digo a los que se están por recibir de médicos: “Muchachos, en el futuro van a hacer falta más geriatras que pediatras”.
— Reumatólogos también. [risas] ¿Cómo llegó usted a este tema?
— Yo soy médico de la UBA. Hice dos residencias de cirugía general, cirugía vascular periférica. Y luego, casi por hobby, estudié una tecnicatura en auditoría médica. Lo hacía para distraerme, la verdad. Tuve como docentes a economistas de la salud y me gustó mucho el tema. Luego surgió una beca para hacer una maestría de Economía de la Salud en España, en la Pompeu Fabra. Después hice otra en Economía del Medicamento, Farmacoeconomía. De a poquito empecé a trabajar en gestión de salud, prepagas, obras sociales y con Jorge Kritzer y otro grupo de gente hicimos el Sanatorio Finochietto en la calle Córdoba. Cuando cumplí 50 años, dije: algo me falta. Y justo me llaman de acá: había que terminar de construir esto y yo tenía la experiencia de haber hecho sanatorios. Me entusiasmó que es una asociación sin fines de lucro, de la comunidad judía, pero abierta a todos. Y que tenían un geriátrico. “Este es el lugar”, me dije. A partir de llegar acá, primero empecé a observar, después a estudiar. Y con un equipo, de geriatras, gerontólogos, psicólogos, terapeutas ocupacionales, todos vinculados con el mundo silver, desarrollamos lo que primero fueron ocurrencias y hoy son programas. Como Hirsch Online. Y el gestor de cuidado; hay asociaciones civiles a las cuales les regalamos el servicio.

— ¿Qué están haciendo en materia de cohousing?
— Estamos planificando, por ahora hemos pasado de la ocurrencia a la idea. Estamos trabajando en un cohousing, un modelo no médico asistencial, es decir, no es un geriátrico disfrazado.
— El cohousing es para gente autónoma.
— Autónoma. Es un modelo socio relacional. En un entorno de naturaleza, no en un entorno edilicio, porque nuestra experiencia… Si van a San Miguel son cuatro hectáreas de parque, jardines, robles, piscina, glorietas…
— Sería como un country…
— Sí. El tema que tienen hoy las asociaciones sin fines de lucro es el funding. Porque antes las donaciones existían. Si yo te ayudé a venir de Alemania en pleno Holocausto y acá te fue bárbaro, la mitad de lo que tenías lo donabas en agradecimiento. Los hijos, los nietos, ya no saben de qué estamos hablando y ya estamos en la generación de los nietos.
— Todavía no hay mucho desarrollo de cohousing en Argentina.
— Hay, no mucho, pero hay, no tanto como hace falta.
— La gente ni siquiera tiene la idea en la cabeza; acá la opción es la casa o el geriátrico. Estos modelos intermedios no están tan difundidos.
— Estos modelos no son para hoy. Son para dentro de diez años. El envejecimiento de la sociedad se va a profundizar. Hay más mayores de 75 años que menores de catorce. Esto va a tener un montón de dimensiones. Una es la del sistema previsional.
— Mucha gente que se jubila hoy sigue trabajando, con frecuencia por necesidad.
— Sí. Vamos a vivir como mínimo cien años. Me refiero a la población que todavía no se jubiló. Se retira a los 65, le quedan 35 años por delante. ¿Cómo vivís 35 años sin ingresos? O con un ingreso jubilatorio magro. El sistema de reparto está condenado al fracaso. Otros países lo entendieron, lo resolvieron, nosotros todavía no sé si lo tenemos en agenda. En los sistemas previsionales de reparto, si menos aportan y más consumen, claramente no va a alcanzar. En los años 90 Suecia estaba como nosotros en jubilaciones y en inflación. Hicieron un sistema de capitalización de reparto. Cada uno aporta durante su vida laboral pero ese aporte queda nominalmente en cabeza de esa persona. Todos los años le comunican: “Hasta acá juntaste tanta plata. Y si te retirás a los 65, vas a cobrar tanto por mes. A los 67, tanto más. A los 70, a los 75…” Te van a pagar de acuerdo a la expectativa de vida que quede en el momento del retiro. Todo lo que supere la expectativa de vida lo va a poner el Estado tomando lo de quienes no lograron dicha expectativa de vida. Y la actualización no es por inflación, sino por el crecimiento del PBI.
— Son cambios muy grandes los que habrá que hacer.
— Así como la revolución industrial con las máquinas cambió la forma de vida, ahora también va a cambiar. Porque ¿quién dice que tenemos que trabajar diez horas por día para obtener el sustento? Esto lo hacemos de la revolución industrial para acá, pero ¿por qué tiene que seguir siendo así? ¿Quién dice que el sistema jubilatorio tiene que basarse en el aporte de los jóvenes cuando no vaya a haber tantos? Tenemos que diseñar una nueva sociedad. Siempre digo que nos hemos pasado todo el siglo XX viendo cómo prolongar la vida. Ahora que lo logramos, no sabemos cómo gestionar esa prolongación de la vida. Invertimos mucho en los avances médicos, pero no la pusimos en desarrollar el mundo que sostenga la longevidad. Es decir, tenemos el mayor logro de la humanidad, que es prolongar la vida, y en vez de tomarlo como un éxito, casi lo estamos viendo como un fracaso.

— Como una carga.
— Sí, tengo amigos que me dicen “che, me voy a jubilar. ¿Y voy a vivir con la jubilación?” Y encima voy a vivir treinta años con cuatrocientos setenta mil pesos por mes. ¿Cómo hago? No pude ahorrar, por esto, por aquello. ¿Por qué no me hablaron de educación financiera cuando tenía veinte? Porque ahora que tengo 65, no tengo solución”. Por eso digo que lo vivimos como un fracaso. La alegría de haberlo logrado se empaña con la incertidumbre de cómo lo vamos a transitar. Y lo que tenemos que hacer es mínimamente poner una agenda y no dejar que la agenda sea la crema antiage y cómo hacer para ser más jóvenes. Tenemos que concentrarnos en prolongar los niveles de autonomía con apoyo. La pedagoga María Montessori tiene una frase magnífica: “Siempre hacemos foco en la imposibilidad de las personas, cuando en realidad tenemos que hacer foco en las posibilidades que tienen para potenciarlas”. Autonomía es decidir qué quiero hacer y poder hacerlo. Para eso seguramente necesite apoyo, sí. Lo que no necesito es que me anules, porque si no, mi autonomía se va a perder más rápido. La autonomía se pierde pero de forma paulatina, y se la puede prolongar con los apoyos adecuados.
[FOTOS: Adrián Escandar y archivo]