
Los últimos descubrimientos en torno a la esclerosis múltiple han obligado a la medicina a mirar hacia dentro, a observar cómo el sistema inmunitario, diseñado para defender al organismo, puede convertirse en ocasiones en su propio adversario. Esa misma paradoja ha abierto una de las grandes fronteras de la investigación biomédica: aprender a modificar las defensas del cuerpo para dirigirlas contra cualquier amenaza.
Una recaída de esclerosis múltiple puede comenzar mucho antes de que el paciente perciba que algo ha cambiado. El día en que aparece una visión borrosa, un hormigueo persistente o una dificultad inesperada para caminar puede parecer el principio de un nuevo episodio, pero quizá no lo sea. Detrás de esos primeros síntomas podría existir una historia que empezó semanas antes, lejos de los ojos del paciente y todavía invisible para las pruebas clínicas habituales.
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Esos cambios en las células inmunitarias de la sangre podrían responder a la actividad de un virus bien conocido, el de Epstein-Barr (EBV), uno de los más comunes del mundoy principal causante de la mononucleosis infecciosa, popularmente conocida como “la enfermedad del beso”. Así lo apunta un equipo de investigadores de la Harvard Medical School y el Brigham and Women’s Hospital, en Boston, quienes han encontrado en estas señales del EBV un posible signo de este proceso silencioso hasta tres meses antes de una recaída de esclerosis múltiple.
El hallazgo, publicado en Nature Medicine, plantea una posibilidad de gran interés: detectar que una crisis se aproxima antes incluso de que aparezcan sus primeros síntomas. La esclerosis múltiple es una enfermedad inflamatoria del sistema nervioso central en la que el sistema inmunitario ataca por error estructuras del propio organismo, especialmente la mielina que recubre las fibras nerviosas. En su forma remitente-recurrente, los periodos de estabilidad se alternan con episodios de actividad de la enfermedad que pueden provocar alteraciones de la visión, problemas de movilidad, pérdida de sensibilidad o dificultades de coordinación.
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Predecir cuándo llegará uno de estos episodios sigue siendo uno de los grandes desafíos de la neurología. El nuevo estudio se ha fijado precisamente en ese intervalo invisible que precede a la recaída. Los investigadores analizaron muestras de sangre obtenidas de forma longitudinal de 114 personas con esclerosis múltiple remitente-recurrente y las compararon con muestras de 21 personas sanas. El trabajo aprovechó el seguimiento a largo plazo del estudio CLIMB, que acumula más de dos décadas de datos y muestras biológicas de pacientes.
Para reconstruir lo que sucede antes de una recaída, los científicos combinaron distintas técnicas de análisis molecular e inmunológico, examinaron la actividad de miles de genes en células individuales, estudiaron las diferentes poblaciones de células inmunitarias mediante citometría y buscaron señales relacionadas directamente con el virus de Epstein-Barr.
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El resultado fue una especie de huella biológica previa al brote. Semanas e incluso meses antes de la aparición de los síntomas, determinadas células inmunitarias de la sangre comenzaban a mostrar alteraciones. Entre ellas destacaban los monocitos y, especialmente, las células B, protagonistas de la respuesta inmunitaria y también uno de los principales reservorios del EBV en el organismo.
La firma molecular encontrada estaba enriquecida en genes asociados con la reactivación del virus. Además, aumentaba la presencia de una población concreta de células B, conocidas como células ABC y caracterizadas, entre otros rasgos, por expresar la proteína CD11c. Los investigadores detectaron también en estas células la proteína viral gp350, una señal compatible con una reactivación reciente del EBV.
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El hallazgo resulta especialmente interesante por lo que ya se conoce del virus. El Epstein-Barr es uno de los virus humanos más extendidos y, una vez adquirido, permanece en el organismo de forma latente. La infección es prácticamente universal entre las personas que desarrollan esclerosis múltiple, pero eso no significa que todas las personas infectadas vayan a padecer la enfermedad. La combinación entre infección, predisposición genética y otros factores parece ser determinante.
La novedad del estudio es que sitúa al EBV no solo en el origen de la esclerosis múltiple, sino también como posible participante en algunos de los episodios de reactivación de la enfermedad. Según los investigadores, la activación viral podría desencadenar o amplificar una respuesta inmunitaria periférica que, posteriormente, contribuya a la inflamación del sistema nervioso central.
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Sin embargo, la cautela es necesaria. Los resultados muestran una asociación temporal y molecular, pero no demuestran por sí solos que la reactivación del EBV sea la causa directa de una recaída. Es posible que intervengan otros procesos inmunitarios o lesiones neurológicas que todavía no pueden detectarse clínicamente.