Ubicada en la concurrida Vía Augusta barcelonesa, Villa Alegre, sede de la Fundación Photographic Social Vision, es una casita de estilo neoclásico que lleva más de un siglo resistiendo los embates del urbanismo salvaje. Este encantador lugar, con un jardín flanqueado por un ficus gigante y un delicado tilo, encarna la filosofía de esta fundación: preservar, ordenar y resistir. Y es que desde aquí se custodian los archivos fotográficos de grandes nombres de la fotografía española, como Oriol Maspons, Joana Biarnés, Ferran Freixa e Isabel Azkarate; una obra que la fundación mantiene viva con libros, exposiciones, venta de copias y licencias.
En un mundo de imágenes cada vez más homogéneas o falsas, la fundación trabaja asimismo para fomentar el fotoperiodismo y la alfabetización visual. La fotografía, aseguran, puede ser una herramienta de inclusión social. Una labor ambiciosa que desarrolla un equipo compuesto en su mayoría por mujeres, al frente del cual está su directora, Silvia Omedes, colaboradora de la Fundación World Press Photo. La conversación fluye con esta barcelonesa de voz suave, cuya cascada de ideas denota la absoluta pasión por lo que hace.
Fundación Photographic Social Vision custodia los archivos fotográficos de grandes nombres de la fotografía española
¿De dónde le viene el amor a la fotografía?
Mi madre, Ana Alegre, nos crió con una cámara colgada al cuello. Yo la veía como alguien muy poderoso porque dominaba un instrumento del que salían imágenes increíbles, mágicas, muy bellas. Ella lo registraba todo, y esa pulsión la reconozco en los fotógrafos y las fotógrafas que represento. Desde niña estoy muy vinculada a la fotografía; de hecho, en una época quise ser fotógrafa.
¿Por qué no lo hizo?
Porque vi que era muy difícil estar en los dos lados y que el potencial estaba en hacer una gestión cultural a favor de la fotografía. Tras estudiar Historia del Arte, pasé unos años trabajando en el Guggenheim de Nueva York, donde aprendí muchísimo. Luego volví a Barcelona e hice un posgrado de Fotoperiodismo en la Universitat Autònoma de Barcelona, donde era alumna de Pepe Baeza, una gran influencia. Por el posgrado han pasado otros fotógrafos como Paco Elvira, Joan Guerrero y Sandra Balsells, y veo que hay muchísimas historias que se han quedado en los cajones, que hay fotoperiodistas muy comprometidos a los que los medios de comunicación no tratan bien, y que todos tienen esa frustración y no hay nadie que los proteja.

Y así nació la fundación…
Sí, en el 2001 creamos Photographic Social Vision con la idea de defender la fotografía documental. Empezamos a trabajar con oenegés y fotógrafos, para que estos documentaran su trabajo sobre el terreno. Comisariamos exposiciones y conseguimos publicar reportajes, y Magazine fue un gran apoyo. Hoy la fundación tiene 70 fotoperiodistas activos a los que cuidamos: revisamos contratos, tarifas, se les pasan contactos, se les editan los trabajos para presentarse a concursos… Ya van dos años consecutivos que entre los ganadores del World Press Photo hay socios nuestros. ¡Cada vez hay más españoles!
¿España es un país fotogénico?
Sí y tiene grandes autores que saben captar esta fotogenia: somos muy buenos creadores y tenemos un contexto interesantísimo, aunque el franquismo no ayudó a hacer de nosotros personas alfabetizadas visualmente. En parte, por eso hay muy poco coleccionismo de fotografía, pero cuando salimos fuera con portfolios de fotógrafos españoles… ¡alucinan! Siempre digo que hoy un coleccionista francés, con medio millón de euros, podría hacer la colección de fotografía española del siglo XX más importante del mundo, porque todavía es muy barata.
Ustedes custodian el archivo de Joana Biarnés. ¿Cómo llegaron a ella?
Fue la primera fotoperiodista española. La descubrimos gracias a compañeros del sector: en el 2014, el periodista Jordi Rovira me habló de Joana, y aparecí en su casa en Terrassa y ella empezó a abrirme cajas y a enseñarme fotos. Vi a los Beatles, a Carmen Sevilla, a Polanski… Tenía un archivo de una intimidad y riqueza increíbles. De repente, España dejaba de ser gris, con todos sus matices. Las fotografías de Joana han enriquecido tremendamente nuestra historia reciente.
Ella les legó su archivo, ¿por qué?
Joana estaba agradecida, y nosotras estábamos impresionadas, trabajando a destajo durante cinco años, conscientes de que estaba diagnosticada [de cáncer] y podía morir. No tenía hijos, y nos dijo: “Estáis haciendo un trabajo increíble. Estoy yendo a festivales, me han dado premios, mis fotos de hace cuarenta años están saliendo la luz y vuelvo a sentir el valor de mi trayectoria”. Por eso nos dio el archivo; con la única condición de que continuáramos apoyando a otros fotógrafos, que para mí son como unas últimas voluntades. Falleció en diciembre del 2018, y en enero del 2019 ya creábamos la beca Joana Biarnés.

Después llegó la gestión de archivos como los de Oriol Maspons, Leopoldo Pomés y Ferran Freixa, propiedad de sus descendientes. ¿Cómo se maneja esto?
Con estos grandes legados fotográficos los hijos sienten muchísimo peso sobre sus hombros. Para muchos, es dificilísimo acceder a museos, galerías y aspectos más básicos, como preservar los negativos. Les ayudamos a todo eso y a introducirlos en el mercado, a hacer exposiciones, tener copias a la venta… Es un privilegio poder ayudarles.
¿Qué le hace más feliz de su trabajo?
Lo que más me gusta es visionar fotografías e investigar un archivo, como hicimos con Joana y ahora estamos haciendo con la fotógrafa vasca Isabel Azkarate, que es un nuevo regalo que me ha dado la vida. La conocí a sus 70 años y me dio acceso a su trabajo: empecé a visionar y enseguida vi que una obra con este valor de memoria histórica tiene que difundirse. Isabel es una fotógrafa 4x4: por la mañana está en un funeral de una víctima de ETA, por la tarde cubre una manifestación y por la noche va a un concierto o al festival de cine de San Sebastián. Es la primera fotoperiodista vasca… ¡Tenía que salir a la luz!
¿En pleno auge de las redes sociales y la IA, el fotoperiodismo tiene futuro?
El fotoperiodismo no puede estar en crisis, porque contarnos lo que pasa no puede estar en crisis. Pero sí se ha perdido el poder ser testigo sobre el terreno y trabajar para un medio que confía en ti. Hemos perdido matices y estamos consiguiendo un mundo de imágenes homogéneas. Una manera de remediarlo es potenciar la mirada local.
¿Se puede hablar de un fotoperiodismo español?
Sí, aquí hay grandes fotoperiodistas, muy comprometidos y muy valorados internacionalmente. De todos modos, este año he sido jurado del World Press Photo y he visionado 60.000 imágenes para la selección ganadora del concurso: ha sido mágico comprobar cómo influye la luz de donde vives en cómo ves y relatas visualmente. Hay luces mediterráneas, hay luces nórdicas, hay luces del este… Creo que la luz es parte de nuestra identidad