Nelsa Curbelo: Silvia y los puentes | Columnistas | Opinión

2026/09/02

2 de septiembre, 2026 - 07h00

Aparentemente, Silvia Buendía y yo no estábamos destinadas a entendernos, a ser amigas. Y lo fuimos.

La amistad es esa realidad entrañable que hace que respetar al otro profundamente, admirarlo, no excluya discrepar y a veces disentir. Es aceptar cuestionamientos que nos sacan de nuestras certezas y abren horizontes. Es saber que siempre contarás con un hombro donde recostarte, un silencio compartido en profunda comunión cuando palabras no logran expresar lo que sientes.

Ella, abogada, pequeña, elegante, sobria, burbujeante, cuestionadora, parecía hecha para la confrontación. Luchaba por los derechos humanos, por los derechos de las mujeres, por la comunidad LGTB, por la necesidad de plantear el aborto desde las realidades sociales más complejas que incluían la violación y los embarazos de niñas y adolescentes. Lo hacía desde una profunda compasión, incluso desde una noción de Dios que no es verdugo ni juez, sino amor y vida.

Yo tenía –y tengo– fama de pacificadora, de buscar el diálogo, de intentar acercar posiciones. Pero las apariencias engañan. Con el tiempo descubrí algo que me hizo sonreír: Silvia tendía muchos más puentes que yo. Y yo confrontaba mucho más de lo que mi imagen pública podría hacer pensar.

Hablamos mucho de mediación. Ella, formada en leyes; yo, en educación. Ambas buscando vínculos, equidad, desde el respeto a diferencias y el conocimiento de nuestros limites reales. Coincidimos en algo fundamental: mediar no es una profesión exclusiva de abogados. Quizás sea una tarea para personas capaces de escuchar de verdad, de comprender lo que hay detrás de las palabras y de imaginar salidas nuevas para problemas viejos.

Silvia era apasionada con esa idea. Y terminamos encontrándonos precisamente en el territorio que ella eligió para construir. El de los puentes.

Ahora comprendo que algunos puentes no se construyen para que los demás crucen. Sino para nosotros mismos.

Comenzó a gestar un centro de mediación. Buscó personas. Eligió cuidadosamente a quienes podían compartir esa mirada. Dio talleres que dejaban a la gente ilusionada. Mostraba que el conflicto no era una puerta cerrada, sino un lugar desde donde podían abrirse otras posibilidades. Y el centro que soñó comenzó a caminar.

La mediación es una herramienta para alcanzar acuerdos, pero no es la única. Si la convertimos en un procedimiento, podemos terminar administrando conflictos sin resolverlos. La mediación es aceptar ser ayudado por otros. Es confiar en miradas externas que pueden hallar caminos donde solo se ven dificultades. Es escuchar cuando sería más fácil responder. Es un destello de posibilidades donde aparentemente no cabe ninguna. Es intentar entendernos, aunque debamos separarnos. Es atreverse a buscar posibilidades cuando todo parece atrapado entre el sí y el no. Es, en definitiva, tender puentes y atravesarlos, sin marearse por los acantilados y los precipicios.

Quizás por eso, cuando pienso en Silvia, pienso en los puentes que dejó tendidos. Algunos podremos cruzarlos; otros tendremos que aprender a construirlos. Y quizás ese sea el modo hermoso de que su legado continué existiendo. (O)