Solo ha habido y habrá un Chiquito

2026/10/06

Rebeca Argudo

07/10/2026

Actualizado a las 01:51h.

Nos recuerdo diminutos y chiquiteando. 'Fistro', 'candemor', 'no puedor'. Poníamos así las manitas, dos pasitos y un salto, gritito y media vuelta. Las madres se volvían locas, aplaudían, lloraban de la risa e insistían en que diésemos otro mordisco al bocadillo antes de salir corriendo o seguir haciendo el memo. Era cuando no había tablets ni tiktokers y, entre la salida del cole y los deberes, nos merendábamos el bocata de Nocilla (sí, amigos, nos criamos entre azúcares y carbohidratos en lugar de entre algodones) correteando con otros críos mientras nuestras madres se contaban cosas sentadas en algún banco de la plaza y no en un grupo de WhatsApp. A la fuente, de la que nunca vimos salir agua, no nos dejaban acercarnos porque allí era donde los yonkis del barrio (alguno era el hermano mayor de un compañerito, pero hacíamos como que no nos dábamos cuenta) tiraban las jeringuillas. Lo que sí podíamos era abrirnos la crisma contra la piedra que había justo debajo del arco aquel oxidado del que nos colgábamos boca abajo. Pocos puntos en la frente nos llevamos para los que pudieron ser, que los suelos amortiguadores, los materiales homologados y las normativas de seguridad llegarían más tarde. Nos gritábamos 'jander', y 'clander', y por la gloria de mi madre. Años después, me contaba un amigo que volvió por entonces a Madrid tras meses fuera de España y, al llegar al aeropuerto, escuchó tanto 'jarl' y tanto 'fistro' que pensaba que se hablaba en otro idioma. Se había perdido el advenimiento de Chiquito de la Calzada y no entendía nada. ¿Por qué la gente hablaba raro? ¿Y cómo podía ser que se entendiesen? Como para explicarle quién era Crispín Klander o Lucas Grijander.

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Recordaba aquello porque en Movistar Plus+ está disponible 'El otro Chiquito', un documental sobre Chiquito de la Calzada. Más que sobre Chiquito, sobre el pleito surrealista en el que se vio envuelto para defender un personaje y una forma de hablar y moverse que, pese a pertenecerle, ya le había, para entonces, trascendido. Ya era de todos. De los chiquillos que correteábamos por la plaza, de nuestras pacientes madres, de la gente en los aeropuertos, de Carlos Moyá y hasta de Mario Conde. Lo he disfrutado, pero me quedo con la sensación de que no termina de adentrarse en profundidad en lo que promete el título, ni en las razones que pudiera tener don Gregorio Esteban Sánchez para tratar de reclamar por la vía judicial lo que consideraba que le pertenecía, ni en las de la parte contraria para negarlo; ni en los vericuetos legales, ni en los morales, ni en el folclore del caso o los conceptos siquiera. ¿Es lo mismo inspiración que plagio? ¿Plagio que homenaje? ¿Apropiación que copia? ¿Es lo mismo imitar que robar? ¿La sátira y la réplica?

Y quizá no lo consigue porque el propio juicio (demandó a Telecinco y a la productora de Pepe Navarro por un personaje que le imitaba) parecería un chiste del propio Chiquito si no fuera por el sufrimiento que le acarreó (tal vez por estar mal aconsejado a saber por quién). Por eso es más interesante toda la parte, en realidad mayoría y la más conseguida, en la que se aborda el fenómeno Chiquito a través de diferentes voces (algunas sorprendentes, con acertadas anécdotas e impagables recuerdos; otras sorprendentes pero por inanes). Lo que emana de ahí es ese universo único que logró lo imposible: unirnos. Transformó la manera de comunicarse de todo un país y nos hizo reír juntos a los más grandes y los más chicos, izquierda y derecha, pobres y ricos. Incluso nos puso tristes a la vez el desgraciado día en que nos faltó el más grande, y el único, pecador de la pradera.