Jade Natasha Lasso Lindao lloró cuando supo que tenía el mejor promedio de Guayaquil y de toda la Zona 8. Ella conocía que era la primera estudiante de la Unidad Educativa Fiscal José Mejía Lequerica, donde ha estudiado desde los 5 años, pero todavía desconocía que su 9,99625 encabezaba los registros remitidos.
La noticia llegó después y la tomó por sorpresa. “Yo siempre aspiré a ser la mejor, pero no a ese grado”, cuenta la joven de 17 años, que este año termina una etapa de 15 años en la misma institución educativa.
Para Jade, estudiar nunca estuvo relacionado únicamente con ocupar el primer puesto. Cuando una materia requería más tiempo, permanecía repasando, buscaba información por su cuenta y regresaba a aquello que todavía le generaba dudas.
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“No lo hacía por ser la mejor, porque no me gusta ser superior a otras personas. Lo hacía porque quería dar lo mejor de mí y yo sabía que podía dar más, que podía quedarme un ratito más para seguir estudiando, para comprender más ese tema, para autoeducarme”, explica.
Esa forma de estudiar se extendió a sus compañeros y a estudiantes menores, pues durante un tiempo dio tutorías a niños que necesitaban ponerse al día.
Este año es presidenta de su curso y anteriormente ocupó cargos como vocal y secretaria, espacios desde los que, cuenta, procuraba organizar las tareas para que cada integrante pudiera participar.
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Buena parte de esa disciplina la relaciona con lo que ha visto dentro de su casa. Su madre, Elena Lindao, es ama de casa y tiene un pequeño emprendimiento de decoración, Creaciones Maxi, en el que Jade suele ayudar los fines de semana cuando hay trabajos.
Durante sus años escolares, la vio quedarse despierta terminando encargos y buscar ingresos adicionales cuando debía cubrir materiales, trabajos o proyectos para sus hijas.
“Mi mamá siempre me ha dicho que dé lo mejor y que no sea conformista. Yo la veía a ella que se esforzaba, desvelándose, haciendo trabajos extras para poder darme dinero y que yo pudiera presentar mis proyectos a tiempo. Entonces, yo decía que tenía que esforzarme porque ella estaba haciendo todo eso por mí”, recuerda.
Su padre, Manuel Lasso, trabaja como bodeguero y desde pequeña le habló sobre la forma en que debía entender sus calificaciones. Para Jade, esa enseñanza adquirió mayor sentido ahora que termina el colegio ocupando el primer lugar.
Manuel le explicó que una nota, por sí sola, no determina quién es una persona y que el valor está en aquello que hace con sus conocimientos y en sus acciones hacia los demás. Por eso, cuando habla del reconocimiento, Jade insiste en que nunca buscó sentirse por encima de sus compañeros y que su exigencia académica estaba relacionada con cuánto sabía que podía dar de sí misma.
En casa son tres hermanas y Jade es la segunda. Su hermana mayor es licenciada en Enfermería y cumple su año rural en la Amazonía, una referencia cercana dentro del área a la que ella quiere dedicar su futuro.
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Su objetivo es estudiar Medicina en la Universidad de Guayaquil y posteriormente especializarse en pediatría. “Me gustan mucho los niños, siento que tengo paciencia con ellos y quisiera poder trabajar con ellos. Yo quiero estudiar Medicina y después especializarme en pediatría”, cuenta.
Elena, su mamá, recuerda que esa cercanía con los niños ha estado presente desde pequeña y que la experiencia de su hija mayor dentro del área de la salud ha permitido que Jade conozca más de cerca lo que implica seguir una carrera de este tipo.
Ingresar a Medicina ocupa ahora buena parte de sus planes. Jade se levanta alrededor de las 05:00 para ir al colegio y, al terminar las clases, regresa a casa para comer, cumplir con sus deberes y continuar por las tardes con clases de biología y química.
Se está preparando para buscar un cupo en la Universidad de Guayaquil o acceder a una beca. El presupuesto familiar limita la posibilidad de costear una carrera en una universidad privada, una realidad que ella conoce y que ha incorporado a sus planes sin apartarse de la carrera que escogió.
Sus padres no cursaron estudios universitarios y esa historia aparece cuando Jade explica qué representa para ella continuar estudiando. Su hermana mayor ya avanzó por ese camino y ahora ella quiere hacer lo propio.
“Quiero demostrarles que todo el esfuerzo que ellos han hecho por nosotras vale la pena. Ellos siempre han estado ahí, apoyándonos, dándonos lo que necesitamos para estudiar. Todos estos logros se los dedico a mi mamá y a mi papá, que siempre han estado ahí”, expresa.
Para Elena, acompañar este proceso ha significado ver cómo los años de tareas, trabajos escolares y horas de estudio de su hija desembocaron en el reconocimiento que recibirá al terminar el bachillerato.
“El colegio ocupa la mayor parte de mi vida y alejarme de él va a ser muy doloroso, porque la mayor parte del tiempo pasa estudiando, repasando, haciendo proyectos y verificando que todo esté correcto”, relata.
En esa misma familia queda Eliana, su hermana menor, quien continúa estudiando y mantiene buenas calificaciones. Elena ya piensa en lo que podría ocurrir el próximo año y resume su expectativa en una imagen ligada a sus dos hijas.
“Si Dios me permite vida, quisiera ver pasar la bandera de su hermana Jade a su hermana Eliana”, manifiesta. Por ahora será Jade quien cierre sus años de colegio con el pabellón nacional y luego concentre sus esfuerzos en el ingreso a la universidad.
Cuando piensa en ese siguiente paso, habla de medicina, pediatría, biología y química, pero al preguntarle qué haría si finalmente recibe la noticia de que consiguió el cupo, la estudiante de 17 años deja por un momento los planes académicos. “Dormiría, dormiría todo el día”, responde entre risas.
Después de eso, dice, comenzaría la carrera que lleva tiempo preparando y una nueva etapa fuera del colegio en el que ha pasado quince años de su vida. (I)