
Cambiar hábitos de vida puede frenar el daño cerebral asociado al envejecimiento, y un nuevo estudio científico lo demuestra con imágenes de resonancia magnética
La investigación reveló que una intervención estructurada sobre el estilo de vida, que actúa al mismo tiempo sobre el ejercicio físico, la alimentación, el entrenamiento mental y las relaciones sociales, frenó el deterioro de la sustancia blanca del cerebro en personas menores de 70 años.
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La sustancia blanca es la red de fibras que conecta distintas zonas del cerebro y, cuando se daña, la memoria y el pensamiento se resienten.

Los resultados plantean una pregunta práctica: ¿importa la edad a la que se empieza a cuidar el cerebro? Los datos sugieren que sí, y que actuar antes de los 70 años marca una diferencia real, de acuerdo con la nueva investigación publicada en la revista JAMA Network Open.
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El trabajo fue liderado por Pauline Maillard, de la Universidad de California en Davis, junto con investigadores de la Clínica Mayo en Minnesota, la Universidad de California en Berkeley, la Universidad de Brown en Rhode Island, la Asociación de Alzheimer en Chicago y la Universidad de Wake Forest en Carolina del Norte.
Cuando los vasos pequeños fallan

Los pequeños vasos sanguíneos del cerebro son muy vulnerables al paso del tiempo. Cuando se dañan, aparecen lesiones en la sustancia blanca llamadas hiperintensidades —zonas que brillan más en las resonancias magnéticas— y pequeñas hemorragias llamadas “microhemorragias”, ambas asociadas con pérdida de memoria y mayor riesgo de demencia.
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Los investigadores ya sabían que el agua libre cerebral —una medida del líquido que se acumula entre las células nerviosas cuando la estructura del cerebro se deteriora— aparece antes que esas lesiones visibles en las imágenes. Pero no estaba claro si cambiar el estilo de vida podía modificar ese marcador temprano.
En estudios previos sobre intervenciones en el estilo de vida se habían concentrado en medir cambios cognitivos —en la memoria o el pensamiento— y habían aportado muy pocos datos de imágenes cerebrales para entender qué ocurría dentro del cerebro.
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La investigación incluyó a 959 personas de entre 60 y 79 años con riesgo elevado de deterioro cognitivo, reclutadas en cinco centros de Estados Unidos.
Todas tenían al menos dos factores de riesgo: vida sedentaria, alimentación poco saludable, antecedentes familiares de problemas de memoria u otros factores cardiovasculares. Se dividieron al azar en dos grupos: uno recibió una intervención estructurada y el otro, materiales educativos auto-guiados.
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El grupo con intervención estructurada participó en ejercicio aeróbico, de fuerza y flexibilidad supervisado, un plan de alimentación basado en la dieta mediterránea adaptada para la salud cerebral, entrenamiento cognitivo, actividades sociales y sesiones de coaching en salud a lo largo de dos años.
A todos los participantes se les realizaron resonancias magnéticas al inicio, al año y a los dos años. De los seis indicadores cerebrales medidos, el agua libre cerebral fue el más sensible al cambio.
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En los menores de 70 años, el grupo con intervención estructurada mostró un aumento más lento de ese marcador frente al grupo auto-guiado. Tras el análisis de los resultados, los científicos escribieron que “las intervenciones en el estilo de vida pueden influir preferentemente en lesiones microvasculares cerebrales tempranas”.
En los mayores de 70 años, el agua libre cerebral aumentó en ambos grupos por igual, sin diferencias entre ellos. Para el resto de los marcadores (hiperintensidades, anisotropía fraccional, difusividad media e índice ALPS) no hubo diferencias entre grupos en ninguna franja de edad.
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El agua libre cerebral también resultó útil como predictor de daño futuro. La investigación concluyó que “el agua libre cerebral fue el marcador de resonancia magnética cerebrovascular más sensible a los efectos de la intervención estructurada en adultos de 60 a 70 años”.
Quienes tenían niveles altos de ese marcador al inicio tuvieron mayor probabilidad de desarrollar nuevas microhemorragias durante el seguimiento, con independencia del grupo al que pertenecían.
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Los investigadores señalaron que el seguimiento de dos años puede ser demasiado corto para detectar cambios en lesiones más avanzadas, como las hiperintensidades, que se acumulan de forma gradual a lo largo de muchos años.
También advirtieron que el subgrupo analizado con imágenes representa solo una parte de los participantes del ensayo principal, con una proporción ligeramente menor de mujeres y mayor prevalencia de factores de riesgo cardiovascular.

El grupo auto-guiado también recibió materiales educativos y tuvo cierto nivel de participación, por lo que las diferencias observadas reflejan el efecto adicional de una intervención más intensa, no la comparación con un grupo sin ningún tipo de apoyo.
Los investigadores apuntaron que los datos de seguimiento a largo plazo de la cohorte de imágenes POINTER “serán importantes para evaluar las trayectorias a más largo plazo de la resonancia magnética y los resultados cognitivos”.