Luis de la Fuente se presenta puntual ante los medios de comunicación de medio mundo, más de 700 periodistas que escuchan como el seleccionador valora estar en la final por encima de ganarla en un claro mensaje de reconocimiento al trabajo realizado ya en este Mundial. El trofeo de la Copa del Mundo se mimetizaba por instantes con el rostro seguro y paciente de Luis de la Fuente, la calva reluciente, gafas traslucidas que muestran la sonrisa en la mirada del seleccionador. Pedía el técnico que “Lamine sea Lamine” porque sabe el seleccionador que si intenta imitar a Messi se diluye su magia. Necesita España que Lamine haga de Lamine, que abra espacios, que atraiga a dos o tres jugadores, que no se obsesione con marcar aunque lo intente, que vaya al estadio con la gorra de NY y sus colgantes de oro macizo y brillantes. Sólo “trabajando, trabajando y trabajando” se alcanza una final de un Mundial y el seleccionador quiere que sus futbolistas la disfruten. Porque delante tendrá España a la campeona del mundo “un equipo dirigido por un amigo mío por el que tengo admiración y reconocimiento”.
Había llegado el seleccionador español hasta Manhattan en helicóptero y esto es lo que más temía de todo el Mundial, volver a New Jersey en el dichoso helicóptero, que es muy útil, más cuando entre rueda de prensa de España y Argentina se había inventado la FIFA un lucrativo evento-show donde no faltó Messi y donde los dos seleccionadores se abrazaron. No fue un abrazo de circunstancia, ni tan solo de amigo. Era un abrazo de padre a hijo, un abrazo de verdad, con respeto y devoción.
Scaloni confiesa que al surrealista evento con Tom Brady, Djokovic y Kevin Durant sólo ha ido “porque sabía que venía Luis”. A él no le van estos shows hacia donde va el fútbol de Infantino.
Son muy amigos aunque no se cuenten las cosas del fútbol. Los dos son profundamente creyentes, católicos practicantes.
Scaloni descifra el enigma de las lágrimas en cada partido, que muchos no las entienden porque en Qatar ya ganaron, porque llevan cuatro finales ganadas consecutivas entre Copas América, Copa del Mundo y Finalissima. Ché, y tanta lágrima... le preguntan. Y él habla de las emociones: “Ves a tu gente como festeja que es imposible que no te toque el corazón. Jugamos por ellos. Hemos recuperado algo, la gente ahora se sienta delante de la televisión para ver los partidos de Argentina y se abraza uno de River con otro de Boca. Es bueno sacar las emociones, es parte de la vida, te hace más humano”. Y cuando le comentan al entrenador el último abrazo de Leo tras ganar a Inglaterra cuando en los labios se lee que le dice a su entrenador “eres historia pura”, gesticula Scaloni sintiéndose extraño “porque la leyenda es Leo, me llena de orgullo que el mejor futbolista haga lo que hace. Ojalá ganemos la final”. Y su única preocupación es que “salga el autobús del hotel”. Con Messi en el equipo ya no tiene ni supersticiones. Antes tenía unas zapatillas pero después de perder contra Arabia en Qatar “ciau a las zapatillas”. Ni cábalas, ni nada. No las necesita. Quizá vuelva a llorar en la charla previa a la final como le pasó en Qatar. Seguro que antes de la final se vuelve a abrazar a Luis de la Fuente. Les une la forma de entender la vida.