Actualizado Viernes, 28 agosto 2026 - 09:05
Una extraña relación de amor y odio vincula estos días a los ceutíes más soliviantados por la crisis migratoria con la Policía Nacional que porfía para mantener el orden de una ciudad cada vez más levantisca.
Buena parte de los caballas, instintivos defensores de los cuerpos de seguridad, han llegado a la misma conclusión: la única forma de acabar con su pesadilla es acosar a los recién llegados hasta que decidan irse por su propio pie. Si eso incluye rodear sus asentamientos, quemar sus chabolas y boicotear el reparto diario de alimentos, parecen más que dispuestos a hacerlo.
Enfrente, en cambio, se encuentran con cientos de agentes de la Policía Nacional, a quienes se les ha encargado una misión endiablada. Sí, deben proteger la integridad de los recién llegados, pero sin incendiar aún más los ánimos de una ciudadanía quemada tras casi un mes de imposible convivencia. Y con la que, según admiten en privado los mandos del dispositivo, están más de acuerdo de lo que pueden mostrar vestidos de uniforme.
Este choque de intereses lleva a situaciones berlanguianas. Por ejemplo, que los mismos manifestantes que corean «¡Orgullosos de nuestra Policía!» hasta quedarse afónicos pasen, en cuestión de minutos, a estar a milímetros de liarse a palos con un grupo de agentes que les bloquea el paso con la mirada clavada en el asfalto.
Así ocurrió ayer, al caer la tarde, en la carretera que une el centro de la ciudad con la playa del Trampolín, donde se agolpan cientos de inmigrantes sin techo. Tras un frustrado intento de boicotear el trabajo de avituallamiento de la Cruz Roja con una sentada improvisada, una quincena de vecinos se saltó los controles policiales y prendió fuego a varias chabolas recién construidas en la arena, entre los aplausos de cientos de ciudadanos.
Hubo minutos de una extraña coreografía entre policías y manifestantes. Los antidisturbios amagaban con cargar, pero claramente era lo último que deseaban. Los vecinos tiraban mochilas y toallas a las improvisadas hogueras, pero miraban permanentemente hacia atrás, como pidiendo el beneplácito de los agentes policiales. «Ellos pueden hacer fogatas, pues nosotros también», justificaba uno de los jóvenes en un vídeo que difundió en redes sociales.
Así siguieron, envueltos en una espesa humareda grisácea, hasta que alguien dio la instrucción a los policías de que progresaran unos metros. Bastó ese pequeño gesto para que la avanzadilla regresara de inmediato al abrazo del grupo, que los recibió como héroes urbanos. «¡Invasores, expulsión! ¡Los caballas nunca se rinden!», coreaba la multitud, empleando el orgulloso calificativo con el que se identifican los moradores de la Ciudad Autónoma española.
Una pareja de treintañeros debatía la jugada justo después. «Mira cómo se ríen de nosotros los moros, ¡somos unos pringados!», decía el chico mientras señalaba la playa. «Te entiendo, pero lo último que podemos hacer es enfrentarnos a la Policía: son ellos los que nos protegen», le replicaba su pareja.
Fue el momento más tenso de la tercera jornada de protestas de los ceutíes tras cuatro semanas de crisis migratoria. Al menos dos millares de vecinos, según fuentes policiales, formaron columnas desde las distintas barriadas y convergieron al atardecer en la Playa del Trampolín, teatro diario de una de las escenas que más les soliviantan: el reparto de comida gratuita a los recién llegados. «¡La Cruz Roja es una mafia!», se desgañitaban durante una sentada que no consiguió evitar el auxilio a los inmigrantes.
El mismo dilema entre acosar a los «invasores» y cumplir las órdenes de la Policía se reprodujo minutos después. Un petardo cayó desde una callejuela sobre la comitiva cuando ya se dirigía de la playa a la Delegación del Gobierno, otro de los focos de su cólera. Medio centenar de manifestantes, apenas adolescentes, no lo dudó: treparon escaleras arriba a la caza de los culpables, entre los lamentos de los más veteranos: «¡Violencia noooooo!».
Los antidisturbios les siguieron por las callejuelas y parecían dispuestos, está vez sí, a cargar contra los manifestantes. Falsa alarma: la escisión decidió volver sobre sus pasos y unirse a la mayoría sin dar explicaciones. El gesto de alivio de los agentes demostraba su consuelo ante la precaria paz que volvía a estar vigente.
La comitiva siguió su paso hacia el centro de la ciudad, ya más alejada de los inmigrantes y, por tanto, con un humor menos inflamable. Pero una muchedumbre así, sin liderazgo claro ni más programa que desfogarse, resulta una pesadilla para los cuerpos de seguridad. No hay interlocutores con quienes negociar ante cualquier incendio sobrevenido: sólo cabe confiar en que el instinto de orden de los caballas sea más fuerte que su afán de venganza.
Ya frente a la Delegación del Gobierno, entre una marea de banderas rojigualdas y cánticos de «Yo soy español», un chaval pegó una sonora patada a una papelera. Fue visto y no visto: dos señoras que caminaban justo detrás se apresuraron a colocarla en su sitio.
Un grupo de manifestantes en Ceuta increpó e insultó a periodistas de canales de televisión nacionales durante la concentración de este jueves en la playa de Benítez.
Varias personas que participaban en la protesta arrinconaron a un reportero de La Sexta, a quien escupieron, obligándole a ser protegido por agentes de la Policía Nacional, como pudo comprobar sobre el terreno Europa Press.
Una vez seguro tras el cordón policial, siguieron increpándole y profiriéndole insultos como "hijo de puta". Le amenazaron con seguirle hasta que se vaya de la ciudad.
No es el primer incidente que sufre la prensa en la ciudad desde la entrada masiva. Los episodios de violencia verbal se han ido incrementando en la última semana.