11/07/2026 a las 10:36h.
Neira tiembla desde hace un día. Más aún cuando acude a los miembros de Cruz Roja que hay en cada uno de los pabellones de Almería en los que pasan las horas las personas desalojadas por el incendio de Los Gallardos. Busca un nombre, el de su vecina Carmen. «No sé nada de ella desde la noche del jueves. La llamo y la vuelvo a llamar y no responde», dice. Se le quiebra la voz y rompe a llorar. Su amiga, vecina de Bédar, no figura en la lista improvisada a mano en la que en el polideportivo de Garrucha anotan el nombre y apellido de las personas que muchos buscan, pero que Neira todavía no encuentra.
Sin noticias de su vecina Neira.
(S. M.)
La incertidumbre de algunos es inocencia y desasosiego para otros. «¡Que hemos ganado. Aquí también lo hemos visto. Ahora contra Francia!», se escucha. Sobre el rostro de Cristian hay una bandera amarilla y roja. El partido de la selección.
En una esquina de la cancha de baloncesto, Ramón se refugia de la luz. Busca oscuridad y descanso en un pabellón que no duerme. Sus ojos se entreabren una vez tras otra para ver si la máquina que conecta con su pecho le ayuda a respirar. No es capaz de hablar. Por el cansancio y el esfuerzo. Porque aún no sabe cuando acabará todo esto.
A sus espaldas, las lenguas de fuego arrojan humo a las carreteras, pizcas de ceniza, pero también luz. Es lo único que se distingue entre la oscuridad. «Nos fuimos de casa porque era imposible respirar», expresan.
Desde dentro
La humedad se cuela en el pabellón de Garrucha, que huele a café a pesar de que el reloj marca las 1.40. «Es para acompañar la noche», relatan. Pero desde el jueves no distinguen las horas. La luz es tenue. El silencio, absoluto. Lo rompen los ventiladores, que arrojan calma a la madrugada. Hay quien concilia el sueño y duerme, pero también quien deambula sin hacer ruido. Pedro va descalzo por la tarima de madera. «Mis sandalias se rompieron al salir de casa y no me dio tiempo a coger nada más», esgrime. No siente dolor en los pies. Lo lleva en el pecho. «Tuvimos que dejarlo todo, ni una bolsa pudimos hacer», cuenta.
Después se recuesta sobre una hamaca y sigue en vela. A pocos metros, se apilan los productos de higiene, la comida, la ropa que a muchos les falta. También los cargadores para el móvil. «Mucha gente llega sin haber podido avisar a sus familiares», detallan desde Cruz Roja.
Alrededor de 40 personas han pasado esta noche en el pabellón de Garrucha. Escaparon de Bédar o Alfair. Ahora esperan en un asentamiento improvisado el momento de poder volver a sus casas, de encontrar a quien les falta. Como Neira, que no cesa en su empeño. Espera nerviosa pero prudente cualquier noticia. Las ojeras marcan su rostro, pero también su sonrisa. Al otro lado del teléfono, Carmen llama desde un número de teléfono desconocido. «Dice que no le dio tiempo a coger el móvil, tuvo que salir corriendo». Ahora vuelve a llorar y también tiembla, pero de alegría.
Buenas noticias, su vecina está viva.
(S. M.)
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