Unas elecciones cruciales para Trump, por Editorial

2026/10/24

Estados Unidos votará el 3 de noviembre. El país renueva cada dos años todos los escaños (435) de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado (35 en esta ocasión). Así, a mitad de mandato (midterm) de un presidente, los votantes tienen la oportunidad de juzgarlo en las urnas y ponerle límites. Ese juicio no suele ser positivo. El sistema está pensado para votar a la contra, y los estadounidenses históricamente así lo usan.

Empieza la recta final para unos comicios que llegan en un mal momento para el presidente Donald Trump, con solo un 31% de popularidad, el lastre de la inacabada guerra de Irán y sus calamitosas consecuencias económicas, traducidas en una subida del precio del combustible y un aumento de la inflación en el país. Las encuestas reflejan una gran frustración ciudadana por las políticas de un presidente que ha tratado por todos los medios de condicionar estas elecciones, manipulando los distritos electorales, intentando –sin éxito– controlar el voto por correo y poniendo trabas para registrarse como votante. Trump, desatado, está subiendo el tono de sus discursos en su gira por una veintena de estados en un intento desesperado para recuperar esa desventaja.

Todas las proyecciones indican que los demócratas obtendrán la mayoría de la Cámara de Representantes y, con ella, la presidencia y un enorme poder fiscalizador. Sería un modo de frenar la demolición de la separación de poderes que está llevando a cabo Trump y que podría ser irreversible con mayoría republicana en el Congreso en los dos años que le restan en el poder. Y se podrían bloquear la mayoría de sus políticas, muchas de las cuales se han demostrado dañinas para su país y para el mundo.

Pero solo una mayoría demócrata en el Senado –órgano que confirma nombramientos presidenciales y ejecuta juicios políticos– garantizaría poder controlar a una Casa Blanca que ha perdido toda institucionalidad y se comporta como una empresa al servicio de la familia Trump. Es en la Cámara Alta donde realmente se decidirá la capacidad del presidente para hacer avanzar su agenda ultraderechista e imperialista. Una batalla que se librará en nueve estados que acabarán siendo decisivos, entre ellos Michigan, Texas, Florida y Georgia.

El presidente llega en su peor momento a la recta final de los comicios de medio mandato

Los candidatos republicanos moderados temen verse arrastrados por la impopularidad de Trump, del que se han desmarcado durante la campaña pese al control total del presidente en el proceso de primarias, en el que intentó imponer a políticos trumpistas.

Por su parte, el Partido Demócrata se presenta dividido entre el giro progresista y a la izquierda de muchos de sus candidatos y la vía moderada tradicional de esta formación. Ganar estas elecciones es vital para que recuperen la fuerza, la autoestima y la influencia política. Los progresistas –que han ganado muchas nominaciones en las primarias– creen que hay que vencer al populismo trumpista de derechas con populismo de izquierdas, mientras que los centristas interpelan al votante hastiado de la polarización y llaman a unir al país frente al extremismo.

Los republicanos mantienen en la actualidad una estrecha mayoría en la Cámara de Representantes (218 a 215) y en el Senado (53 a 47). Para vencer en la cámara alta, los demócratas deben tener una ganancia neta de cuatro senadores, y para ello deben retener sus 13 escaños en juego y arrebatar cuatro a los republicanos. No les será fácil porque deberán ganarlos en estados de tendencia conservadora.

Los demócratas pueden retomar el control del Congreso impulsados por el descontento social

El 3-N están en juego también miles de cargos federales, estatales y locales, además de cientos de referéndums en los 50 estados. Pero las decisiones que el votante va a tomar en Idaho, Ohio o Maine pensando en el estado de las carreteras de su condado o en su próximo sheriff acabarán impactando también en Ucrania, en Irán, en Gaza, en los precios de la energía en todo el mundo o en el comercio global.

Trump ha convertido estos comicios en una batalla personal y, para ganarlos, ha llegado a ofrecer 5.000 dólares a todos los votantes estadounidenses si permiten a los republicanos retener el control de las dos cámaras. Él se considera el principal activo del Partido Republicano y pide a sus bases que salgan a votar como si su nombre figurara en las papeletas.

Un Trump que, en su concepción de la política y por su enorme ego, nunca pierde. Si sufre una derrota, no la aceptará democráticamente y afirmará que ha habido fraude, aunque no tenga pruebas. Si gana, dirá que lo ha hecho precisamente pese al fraude electoral y porque es el mejor presidente de la historia, aunque no le hayan votado a él. Se juega mucho en estas elecciones, pero el mundo también pues, según el resultado, tendrá barra libre para implementar su agenda nacionalista e imperialista los dos próximos años o verá seriamente limitada su capacidad de maniobra.